miércoles, 2 de abril de 2008

La Prehistoria de la “Banda Bonnot”

La Prehistoria de la “Banda Bonnot”

(Fragmento De Memorias de mundos desaparecidos por Victor Serge, donde bosqueja su temporal adhesión al Anarquismo, haciendo una pequeña semblanza de algunos de los que a la postre serían conocidos como “Los Bandidos Trágicos”: Raymond Callemin “La Ciencia”, Edouard Carouy y Jean De Boe)

Mi primera amistad pertenece al año siguiente. Vestido con una camisa rusa a cuadros blancos y malva que mi madre acababa de terminar, subía por una calle provincial de Ixelles trayendo una col roja. Contento de mi camisa y sintiéndome un poco ridículo por llevar la col. Un chico de mi edad, chaparrito con gafas, me guiñaba irónicamente el ojo desde la otra acera. Dejé la col bajo una puerta y caminé hacia él para buscarle pelea llamándole miope, «cuatro ojos», cegato. ¿Quieres que te parta la cara? Nos medimos como gallitos que éramos, empujándonos un poco con el hombro, ¡atrévete! ¡empieza!, sin golpearnos sin embargo, pero anudando en realidad una amistad que debía, a través de entusiasmos y de tragedias, ir siempre acompañada de un conflicto. Y seguíamos siendo, cuando murió en el cadalso a los 20 años, amigos y adversarios. Fue él quien vino después del altercado a preguntarme: «¿Quieres jugar conmigo?», y así se estableció de él a mí una subordinación contra la cual, a pesar de nuestro afecto, se rebeló constantemente en su fuero interior. Raymond se criaba en la calle el mayor tiempo posible, para huir de la trastienda asfixiante en la que se entraba por el puesto de zapatero donde su padre, desde la mañana hasta la noche cerrada, remendaba los zapatos del barrio. Su padre era un borracho resignado, viejo socialista asqueado del socialismo. Desde los 13 años, yo viví solo, a consecuencia de los viajes y de los mal entendimientos de mis padres; Raymond venía a menudo a refugiarse en mi casa. Juntos, aprendimos a preferir a las novelas de Fenimore Cooper la gran Historia de la Revolución francesa de Louis Blanc, cuyas ilustraciones nos mostraban unas calles en todo semejantes a las que frecuentábamos, recorridas por los sans-culottes armados de picas… Nuestra felicidad era compartir dos centavos de chocolate leyendo esas narraciones conmovedoras. Me conmovían sobre todo porque realizaban en la leyenda del pasado la espera de los hombres que había conocido desde el primer despertar de mi inteligencia. Juntos, debíamos descubrir más tarde el aplastante París de Zola, y queriendo revivir la desesperación y la rabia de Salvat, acosado en el bosque de Bolonia, después de su atentado, erramos mucho tiempo bajo la lluvia de otoño a través del bosque de la Cambre.

Los tejados del palacio de justicia de Bruselas se convirtieron en nuestro lugar de predilección. Nos colábamos por oscuras escaleras defendidas por letreros: «Prohibido el Paso», dejábamos atrás, llenos de un alegre desprecio, las salas de los tribunales, los polvorientos dédalos vacíos de los pisos y llegábamos al aire libre, a la luz, en un país de hierro, de zinc y de piedras, geométricamente accidentado, de pendientes peligrosas, desde donde se veía toda la ciudad y todo el cielo. Abajo, en la plaza incrustada de minúsculas losas cuadradas, algún coche de caballos liliputiense traía a un minúsculo abogado penetrado de su importancia, portador de un minúsculo portafolios lleno de papeles que significaban leyes y crímenes. Soltábamos, pensando en él, una gran carcajada: «¡Ah, qué miseria, qué miseria esta existencia! ¿Te das cuenta? ¡Vendrá aquí todos los días de su vida y nunca, nunca se le ocurrirá trepar a los tejados para respirar ampliamente! Todos los “pasos prohibidos” se los sabe de memoria, se deleita en ellos, le hacen ganar dinero.» Pero lo que más nos conmovía, lo que era para nosotros una enseñanza irrefutable, era la arquitectura misma de la ciudad. El enorme palacio de Justicia, que comparábamos con las construcciones asirias, se levanta en una altura, justo encima de los barrios indigentes del centro a los que domina con toda su orgullosa masa de piedras talladas. Ciudad en dos partes, la ciudad superior en el mismo plano que el palacio, ricachona, aérea, extranjera, con las hermosas residencias de la avenida Louise, y abajo, la Marolle, esa exhibición de miseria…

Un folleto de Kropotkin, entre tanto, me habló en un lenguaje de una claridad inaudita. No he vuelto a abrirlo después, y hace de esto 35 años por lo menos, pero su tesis sigue estando presente en mi espíritu. «¿Qué queréis llegar a ser? —pregunta el anarquista a los jóvenes que hacen estudio—. ¿Abogados, para invocar la ley de los ricos que es inicua por definición? ¿Médicos, para cuidar a los ricos y aconsejar la buena alimentación, el buen aire, el reposo a los tuberculosos de los barrios pobres? ¿Arquitectos, para alojar confortablemente a los propietarios? Mirad pues a vuestro derredor e interrogad después a vuestra conciencia. ¿No comprendéis que vuestro deber es bien diferente, que consiste en poneros del lado de los explotados y en trabajar por la destrucción de un régimen inaceptable?» Si yo hubiese sido hijo de un universitario burgués, esos razonamientos me habrían parecido un poco estrechos y demasiado severos para con un régimen que de todas formas… La teoría del progreso cumpliéndose suavemente de siglo en siglo me hubiese seducido probablemente… Pero yo encontré esos razonamientos tan luminosos que aquellos que no los seguían me parecían culpables. Informé a mi padre de mi resolución de no hacer estudios. La cosa caía de perlas: era un fin de mes pavoroso. «¿Qué quieres hacer, pues? —Trabajar. Estudiaré sin hacer estudios.» En verdad no me atreví, por temor al énfasis y al gran debate ideológico, a contestarle: «Quiero luchar toda la vida. Tú estás vencido, ya lo veo. Trataré de tener más fuerza o más suerte. No hay otra cosa que hacer.» Esto era más o menos lo que pensaba.

Tenía un poco más de quince años. Me hice aprendiz de fotógrafo (luego mozo de oficina, dibujante, casi técnico en calefacción central…). La jornada de trabajo era entonces de diez horas. Teniendo en cuenta la hora y media concedida para el almuerzo y la hora necesaria para ir y volver, el resultado era una jornada de doce horas y media. Y el trabajo de los jóvenes se pagaba ridículamente, si es que se pagaba. Muchos patrones proponían dos años de aprendizaje sin sueldo para enseñar un oficio. Mi mejor empleo en estos principios fue de 40 francos —ocho dólares— por mes, con un viejo hombre de negocios que poseía minas en Noruega y en Argelia… Si no hubiera habido la amistad en aquellos momentos de la adolescencia, ¿qué habría habido?

Éramos unos cuantos adolescentes más unidos que hermanos. Raymond Callemin, pequeño, fortachón y miope y de espíritu cáustico, se reunía todas las noches con su viejo padre alcohólico cuyo cuello y rostro no eran sino tendones furiosamente anudados. Su hermana, joven y bella lectora, vivía tímidamente delante de una ventana con geranios, en medio del olor a sórdidas chanclas, esperando sin duda llegar a ser un día una mantenida. Jean De Boe, huérfano, semiobrero tipógrafo, vivía en Anderlecht, más allá de las aguas fétidas del Senne, con una abuela que lavaba ropa sin cesar desde hacía medio siglo. El tercero de los cuatro, Luce, muchacho alto, pálido y tímido, provisto de un «buen empleo» en los almacenes de La Innovación, estaba aplastado por él. Disciplina, marrullería y estupidez, estupidez, estupidez. Le parecía que todo el mundo alrededor de él era idiota en el vasto bazar admirablemente organizado, y tal vez tenía razón desde cierto punto de vista. Al cabo de diez años de aplicación, podría llegar a primer vendedor y terminar su vida como jefe de sección, habiendo totalizado cien mil pequeñas bajezas como la historia de la linda vendedora que fue puesta en la calle por indelicadeza porque no había querido acostarse con un inspector. En resumen, la existencia se ofrecía a nosotros bajo el aspecto de un cautiverio bastante horrible. Los domingos eran evasiones bienhechoras, pero sólo había uno por semana y no teníamos un centavo. Errábamos a veces a través de las calles animadas del centro, alegres, sarcásticos, cabezas llenas de ideas y todas las tentaciones transformadas en desprecio. Jóvenes lobos de flancos ahuecados, que tuviesen orgullo, pensamientos. Peligrosos. Teníamos un poco de miedo de convertirnos en arribistas cuando considerábamos a varios de los mayores que habían adoptado actitudes revolucionarias y ahora… «En qué nos habremos convertido dentro de veinte años?», nos preguntábamos una noche. Han pasado treinta años. Raymond fue guillotinado: «bandido anarquista» (los periódicos). Él fue el que caminó hacia la sucia máquina del buen doctor Guillotin lanzando a los reporteros un último sarcasmo: «Es hermoso ¿verdad? ver morir a un hombre.» Volví a ver a Jean en Bruselas, obrero, organizador sindical, libertario después de diez años de trabajos forzados. Luce murió de tuberculosis, naturalmente. Por mi parte, sufrí un poco más de diez años de cautiverios diversos, milité en siete países, escribí veinte libros. No poseo nada. [Varias veces he sido cubierto de lodo por una prensa de gran tirada porque digo la verdad.] Detrás de nosotros una revolución victoriosa que dio mal resultado. Varias revoluciones fracasadas, un número tan grande de matanzas que da un poco de vértigo. Y decir que no ha terminado… Cerremos este paréntesis. Tales son los únicos caminos que se nos ofrecen. Tengo más confianza en el hombre y en el porvenir que la que tenía entonces.

Éramos socialistas: de la joven guardia. Salvados por la idea. No había ninguna necesidad de demostrarnos, con el apoyo de textos, la existencia de las luchas sociales. El socialismo daba un sentido a la vida: militar. Las manifestaciones eran embriagadoras, bajo las pesadas banderas rojas, incómodas de llevar cuando se ha dormido mal, desayunado mal. Después subían al balcón de la Casa del Pueblo el copete ligeramente satánico, la frente abombada, la boca torcida de Camille Huysmans. Había los encabezados combativos de La Guerre Sociale. Gustave Hervé, líder de la tendencia insurreccional del P. S. francés, organizaba un plebiscito entre sus lectores: «¿Se le debe matar?» (estábamos bajo un ministerio de Clemenceau). Unos desertores franceses nos traían, poco después de los grandes procesos de antimilitaristas, el soplo del sindicalismo ofensivo de Pataud, Pouget, Broutchoux, Ivetot, Griffuelhes, Lagardelle. (De estos hombres, la mayoría han muerto; Lagardelle vive todavía convertido en consejero de Mussolini y de Pétain…) Los escapados de Rusia nos hablaban del motín de Sveaborg, de una cárcel dinamitada en Odessa, de las ejecuciones, de la huelga general de octubre de 1905, de los días de libertad. Di sobre estos temas mi primera conferencia en la Joven Guardia de Ixelles.

Los jóvenes de nuestra edad hablaban de bicicletas o de mujeres en términos odiosos. Nosotros éramos castos, esperábamos algo mejor de nosotros mismos y de la suerte. Sin teoría, la adolescencia nos revelaba un nuevo aspecto del problema… En una callejuela sospechosa, al fondo de un corredor húmedo donde colgaban ropas de colores, vivía una familia que conocíamos. La madre enorme y de aspecto dudoso conservaba rastros de belleza, una hija mayor desvergonzada de dientes enfermos, una menor asombrosa, pura belleza española, gracia, blancura y aterciopelado de los ojos, flores de los labios. Apenas podía, al pasar, chaperonada por su matrona, lanzarnos un sonriente saludo. «Está claro —decía Raymond—, le hacen tomar clases de danza y la guardan para algún viejo cerdo ricachón…» Discutíamos estos problemas. Hubo que leer a Bebel, La mujer y el socialismo.

Poco a poco entrábamos en conflictos no con el socialismo, sino con todos los intereses nada socialistas que pululan alrededor del movimiento obrero. Pululan alrededor y lo penetran y lo conquistan y lo empuercan. Se establecían los itinerarios de los cortejos locales de manera que quedasen contentos tales o cuales dueños de cantinas afiliados a las Ligas Obreras. Y no había manera de contentarlos a todos. La política electoral nos indignó más que nada porque tocaba a la esencia misma del socialismo. Éramos a la vez, me parece, muy justos y muy injustos por ignorancia de la vida, que es siempre complicaciones, compromisos. El descuento comercial de dos por ciento otorgado por las cooperativas a los cooperativistas nos hacía reír amargamente porque nos era imposible apreciar lo que representaba como conquista. Juventud presuntuosa, dicen. Hambrienta de absoluto, ésta es la verdad. La trácala existe siempre y en todas partes, porque no se evade uno del tiempo, y estamos en el tiempo del dinero. La he encontrado floreciente, a veces salvadora, en la edad del trueque, en las revoluciones. Hubiéramos querido un socialismo ardiente y puro. Nos hubiéramos contentado con un socialismo combativo. Y era la gran época del reformismo. En un congreso extraordinario del partido obrero belga, Vandervelde, todavía joven, flaco, negro, lleno de fogosidad, preconizaba la anexión del Congo. Nos levantábamos protestando, abandonábamos la sala con gestos vehementes. ¿Adónde ir, qué hacer de esa necesidad de absoluto, ese deseo de combatir, esa sorda voluntad de evadirse a pesar de todo de la ciudad y de la vida sin evasión posible?

Necesitábamos una regla. Realizar y darnos: ser. Comprendo, a la luz de esta introspección, el fácil éxito de los charlatanes que ofrecen a los jóvenes sus reglas de pacotilla: «Avanzar llevando el paso en filas de cuatro en fondo y creer en Mí.» A falta de otra cosa… Es la carencia de los otros lo que hace la fuerza de los Fuehrers. A falta de una bandera digna, se pone uno en marcha detrás de las banderas indignas. A falta de metal puro, se vive con moneda falsa. Los gerentes de las cooperativas nos trataban mal. Uno de ellos, en su iracundia, nos llamó «vagabundos», porque distribuíamos a la puerta de su establecimiento volantes revolucionarios. Me acuerdo todavía de nuestra risa loca (amarga, amarga). ¡Socialista, ése, para quien «vagabundo» era un insulto! ¡Habría expulsado a Máximo Gorki! No sé bien por qué un tal M. B., consejero comunal, me había parecido «alguien». Me las arreglé para verlo más o menos de cerca. Encontré a un señor muy gordo que se estaba haciendo construir en un buen terreno una casa encantadora cuyos planos me mostró amablemente. Traté en vano de llevarlo al terreno de las ideas: imposibilidad total. ¡Y pensar que habría habido que pasar de eso al terreno de la acción! Eran demasiados terrenos, y aquel señor tenía el suyo, debidamente registrado en los libros de la propiedad. Se enriquecía pacientemente. Sin embargo tal vez lo juzgué mal. Si contribuyó a sanear un barrio obrero, su camino en la vida no habrá sido del todo vano. Pero esto él no podía explicármelo, yo no podía todavía comprenderlo.

El socialismo era reformismo, parlamentarismo, doctrinarismo aburrido. Su intransigencia se encarnaba en Jules Guesde, que hacía pensar en una ciudad futura donde todas las casas se parecerían, con un Estado todopoderoso, duro para con los heréticos. El correctivo de esa sequedad doctrinal era que no creíamos en ella. Necesitábamos un absoluto, pero de libertad (sin metafísica superflua); una regla de vida, pero desinteresada, ardiente; una regla de acción, pero no para instalarse en ese mundo asfixiante, lo cual sigue siendo un buen truco, sino para intentar, aunque fuese desesperadamente, salir de él puesto que no podíamos destruirlo. La lucha de las clases se habría apoderado de nosotros si nos la hubiesen hecho comprender, si hubiese sido, un poco más, una verdadera lucha. En realidad, la revolución no parecía posible a nadie en esa gran calma de la preguerra. Los que hablaban de ella hablaban tan pobremente que todo se reducía a un comercio de folletos. El señor Bergeret disertaba sobre la piedra blanca.

La regla nos la ofreció el anarquista. Aquel en quien pienso murió hace algunos años. Su sombra está aquí, más grande que él mismo. Minero del Borinage, salido recientemente de la cárcel, Émile Chapelier acababa de fundar una colonia comunista —sería mejor decir comunitaria— en el bosque de Soignes en Stockel.

En Aiglemont, en las Ardenas, Fortuné Henry, hermano del terrorista guillotinado Émile Henry, dirigía otra Arcadia… Vivir en libertad, trabajar en comunidad, desde hoy mismo… Llegamos por senderos soleados ante un seto, después a un portón… ¡Zumbido de las abejas, calor dorado, 18 años, umbral de la anarquía! Había una mesa al aire libre cargada de volantas y de folletos. El manual del soldado de la CGT, La inmoralidad del matrimonio, La sociedad nueva, Procreación consciente, El crimen de obedecer, Discurso del ciudadano Aristide Briand sobre la huelga general. Esas voces vivían… Un platito, dentro de él calderilla, un papel: «Toma lo que quieras, pon lo que puedas.» ¡Impresionante hallazgo! Toda la ciudad, toda la tierra contaba sus centavos, la gente se regalaba alcancías en las grandes fiestas, el crédito es la muerte, no se fíen, cierren bien las puertas, lo que es mío es mío, ¿verdad? El señor Th., mi patrón, propietario de minas, entregaba personalmente los sellos de correo, no había modo de estafarlo en diez céntimos, a ese millonario. Los centavos abandonados por la anarquía ante la faz del cielo nos maravillaron. Siguiendo un pedacito de camino se llegaba a una casita blanca, bajo los ramajes. «Haz lo que quieras», encima de la puerta, abierta a todo el mundo. En el patio de granja, un gran tipo negro con perfil de corsario arengaba a un auditorio atento. Mucho estilo, de veras, el tono burlón, las réplicas desarmantes. Tema: el amor libre. ¿Pero puede el amor no ser libre?

Tipógrafos, jardineros, un zapatero, un pintor trabajaban aquí en plena camaradería con sus compañeras… Hubiera sido un idilio si… Habían empezado con nada, entre hermanos, todavía se apretaban el cinturón. Esas colonias se marchitaban generalmente bastante pronto, por falta de recursos. Aunque los celos no estuviesen formalmente proscritos, las historias de mujeres, incluso terminadas con asaltos de generosidad, les hacían mucho daño. La colonia libertaria de Stockel, transferida a Boitsfort vegetó durante varios años. Aprendimos allí a redactar, componer, corregir, imprimir nosotros mismos nuestro Comunista en cuatro pequeñas páginas. Trotamundos, un pequeño albañil romando prodigiosamente inteligente, un oficial ruso, anarquista tolstoiano, de noble rostro rubio, escapado de una insurrección vencida y que, al año siguiente, habría de morir de hambre en el bosque de Fontainebleau —León de Guerassimov— y luego un temible químico llegado de Odesa vía Buenos Aires, nos ayudaron a buscar la solución de los grandes problemas. El tipógrafo individualista: «Mira, viejo, no hay nadie más que tú en el mundo, trata de no ser un cerdo ni un baboso.» El tolstoiano: «Seamos hombres nuevos, la salvación está en nosotros.» El albañil romando, discípulo de Luigi Bertoni: «De acuerdo, pero sin descuidar las botas con clavos, en las construcciones…» El químico, después de haber escuchado largamente, decía con su acento ruso-español: «Todo eso es pura palabrería, camaradas; en la guerra social, se necesitan buenos laboratorios.» Sokoloff era un hombre de voluntad fría, formado en Rusia por luchas inhumanas fuera de las cuales ya no podía vivir. Salía de la tormenta, la tormenta estaba en él. Combatió, mató, murió en la cárcel.

La idea de los buenos laboratorios era una idea rusa. De Rusia se esparcían por el mundo hombres y mujeres moldeados por los combates sin merced, que no tenían más que una meta en la vida, que respiraban el peligro; y la comodidad, la paz, la campechanería de Occidente les parecían sosas, los indignaban tanto más cuanto que habían aprendido a ver, funcionando al desnudo, los engranajes de la máquina social en los que nadie pensaba en esos países privilegiados… Tatiana Leontieva liquidaba en Suiza a un señor al que confundía con un ministro del zar; Rips disparaba sobre la guardia republicana desde lo alto de la imperial de un ómnibus, en la plaza de la República; un revolucionario, confidente de la policía, ejecutaba en un cuarto de hotel de Belleville al jefe del servicio secreto de la Ojrana de Petersburgo. En un barrio mísero de Londres, llamado Houndsditch, la Fosa-de-los-perros, qué nombre adecuado para unos dramas sórdidos, unos anarquistas rusos sostenían un cerco en el sótano de una joyería y los fotógrafos sacaban una placa del señor Winston Churchill, joven ministro, dirigiendo el cerco. En París, en el Bosque de Bolonia, Swoboda, probando sus bombas, era despedazado por ellas. «Alexandre Sokolov», en realidad Vladimir Hartenstein, pertenecía al mismo grupo que Swoboda. En su cuartucho, arriba de una tienda de la calle del Museo, había instalado un laboratorio perfecto, a dos pasos de la Biblioteca Real, donde pasaba una parte de sus días escribiendo para sus amigos de Rusia y de Argentina, en caracteres griegos, pero en español. Eran tiempos de paz pletórica, extrañamente electrizados, en la víspera de la tormenta (la tormenta de 1914…). El primer ministro Clemenceau acababa de derramar la sangre obrera en Draveil, donde unos gendarmes habían entrado en una reunión de huelguistas para descargar sus revólveres y matar a varios inocentes, luego en la manifestación de las exequias de esas víctimas, en Vigneux, donde la tropa abrió fuego… (Esa manifestación había sido organizada por el secretario de la Federación de la Alimentación, Métivier, militante de extrema izquierda y agente provocador que poco antes había recibido instrucciones personales del ministro del Interior, Georges Clemenceau.) Recuerdo nuestra exasperación cuando nos enteramos de esos tiroteos. Esa misma noche, un centenar de jóvenes desplegamos una bandera roja en la zona de los edificios gubernamentales, contentos de pelear con la policía. Nos sentíamos parientes de todas las víctimas, de todos los sublevados del mundo, habríamos peleado con alegría por los ejecutados de las prisiones de Montjuich y de Alcalá del Valle, cuyos sufrimientos recordábamos todos los días. Sentíamos crecer en nosotros una magnífica y temible sensibilidad colectiva. Sokolov se burló de nuestra manifestación, ese juego de niños. Él preparaba en silencio la verdadera respuesta a los asesinos de obreros. Habiendo sido descubierto su laboratorio a consecuencia de incidentes lamentables, se vio acosado, sin salida. Su rostro de ojos intensos, reconocible entre todos porque la parte superior de la nariz había quedado aplastada como por un golpe de barra de hierro, hacía que le fuera imposible huir. Se encerró en un cuarto amueblado, en Gante, preparó sus revólveres y esperó; y cuando vino la policía, disparó como hubiese disparado sobre los agentes del zar. Los pacíficos gendarmes ganteses pagaban por los cosacos, autores de progroms —y Sokolov daba su vida, «aquí o allá, poco importa con tal de darla en plena luz, para despertar a los oprimidos». Que nadie, en aquella Bélgica floreciente donde la clase obrera se convertía en un poder, con sus cooperativas, sus sindicatos ricos, sus mandatarios elocuentes, pudiese comprender el lenguaje y los actos de los idealistas exasperados formados por el despotismo ruso, ¿cómo se habría dado cuenta de ello un Sokolov? Nuestro grupo se daba cuenta un poco mejor que él, de todos modos no a fondo. Decidimos tomar su defensa ante la opinión, ante el jurado, y yo lo dije en el proceso de Gante: «testigo de descargo». Ese combate y muchos otros incidentes, pues nuestro grupo revolucionario era en su propaganda extremadamente agresivo, pues había en nosotros una voluntad de desafío casi mortal, hicieron insostenible para nosotros la plaza. Se me hizo imposible encontrar trabajo, incluso como semiobrero tipógrafo; no era el único que estaba en este caso; nos sentíamos en el vacío. No sabíamos a quién hablar. Nos negábamos a comprender a esa ciudad a la que llamábamos «ese pantano», donde no hubiéramos podido cambiar nada, ni siquiera dejándonos matar todos en las plazas...

En la casa de un librero-abarrotero de la calle de Ruysbroek, sospechoso de ser un soplón, había conocido a Édouard Carouy, un tornero de metales, rechoncho, con un cuerpo de Hércules de feria, de cara espesa, fuertemente musculosa, iluminada por pequeños ojos tímidos y astutos. Venía de las fábricas de Lieja, leía a Haeckel, Los enigmas del universo, decía de sí mismo: «Estaba en el camino de llegar a ser una buena bestia. ¡Qué suerte he tenido de comprender!» Y contaba cómo, en los chalanes de la Mosa, había vivido como una bestia, «como los otros, pero más fuerte, por supuesto», ejerciendo un poco el terror sobre las mujeres, trabajando duro, sisando un poco en las obras de construcción, «sin saber lo que es un hombre y lo que es la vida». Una hermosa mujer joven y ajada, con los cabellos llenos de liendres, con un niño de pecho en sus brazos, y el viejo soplón de barba gris le escuchaban hacerme su confesión de inconsciente «convertido en consciente». Pedía ser admitido en nuestro grupo. Y: «¿Qué debo leer, según tú? —Élisée Reclus», respondí. «¿No es demasiado difícil? —No», contesté. Pero empezaba ya a entrever que era inmensamente difícil… Lo admitimos, fue buen camarada. Ninguna presciencia ensombreció nuestros encuentros. Más tarde, pronto, habría de morir —de muerte voluntaria— muy cerca de mí...

París nos llamaba, el París de Zola, de la Comuna, de la CGT, de los pequeños periódicos impresos con brasa ardiente, el París de nuestros autores preferidos, Anatole France y Jehan Rictus, el París donde Lenin, a ratos, redactaba el Iskra y hablaba en las reuniones de emigrados de las pequeñas cooperativas, el París donde tenía su sede el Comité Central del Partido Socialista-Revolucionario Ruso, donde vivía Burtsev, que acababa de desenmascarar, en la organización terrorista de ese partido, al ingeniero Evno Azev, ejecutor del ministro von Plehve y del gran duque Sergio, agente provocador. Me despedí de Raymond con una ironía amarga. Sin trabajo, lo vi en una esquina, distribuyendo prospectos para un comerciante de ropa. «¡Salud, hombre libre! ¿Por qué no hombre-sandwich? —Ya llegará, es posible —dijo riendo—, pero las ciudades se acabaron, para mí. Lo aplastan a uno. Quiero reventar o trotar por los caminos, por lo menos tendré aire y paisaje. Estoy hasta la coronilla de todos esos hocicos. Sólo espero poderme comprar un par de zapatos…» Se fue por los caminos de las Ardenas, con un camarada, hacia Suiza, hacia el espacio, haciendo la siega, meneando la cal con los albañiles, cortando leña con los leñadores, con un viejo sombrero blando echado sobre los ojos y un tomo de Verhaeren en su bolsillo:

Nous apportons, ivres du monde et de nous-mêmes, Des cæurs d’hommes nouveaux dans le vieil univers…

He pensado a menudo desde entonces que la poesía sustituía para nosotros a la oración, hasta tal punto nos exaltaba, hasta tal punto respondía en nosotros a una constante necesidad de elevación. Verhaeren lanzaba para nosotros sobre la ciudad moderna, sus estaciones, sus comercios de mujeres, sus remolinos de muchedumbres, un fulgor de pensamiento ardiente, doloroso y generoso; y tenía gritos de violencia que eran ciertamente los nuestros: “¡Abrir o romperse los puños contra la puerta!” Nos romperemos los puños, ¿por qué no?, vale más que pudrirse… Jehan Rictus lamentaba la miseria del intelectual sin un centavo que arrastra sus noches por los bancos de los bulevares exteriores y no había rimas más ricas que las suyas: soñar-engañar, esperanza-desesperanza. En primavera, “huele a mierda y a lilas…”

…El anarquismo se ha apoderado de nosotros por completo, porque nos exige todo, nos ofrece todo. No hay rincón de la vida que no ilumine, o por lo menos así lo creemos. Se puede ser católico, liberal, radical, marxista, socialista, aun sindicalista, sin cambiar ningún aspecto de la vida propia, sin alterar, en consecuencia, la vida... El anarquismo, en cambio, antes que nada, exige una total concordancia entre los actos y las palabras, un cambio total en la manera de ser.