miércoles, 12 de marzo de 2008

La casa de muñecas


La Casa de Muñecas


PERSONAJES
HELMER, abogado.
NORA, esposa de Helmer.
IVAR ... BOB ... Hijos de Helmer y de Nora.
EMMY.
El doctor RANK.
CRISTINA, amiga de Nora.
KROGSTAD, abogado.
MARIANA, aya de los hijos de Helmer.
ELENA, doncella de los Helmer.
Mozo de cuerda.
La acción en Noruega, en casa de los Helmer. Época actual.








ACTO PRIMERO
Sala decentemente amueblada, pero sin lujo. Al foro, dos puertas practicables que conducen, la de la derecha, a la antecámara, y la de la izquierda, al despacho de Helmer. Entre ambas, un piano. A la izquierda, otra puerta, y más allá, una ventana. Cerca de la ventana, un velador, un sillón y un pequeño diván. A la derecha, junto al foro, otra puerta, y en primer término, una chimenea. Entre ambas, una mesa pequeña, y, a ambos lados de la chimenea, varias butacas. Un mueble con vajilla, un armario lleno de libros lujosamente encuadernados, grabados y algunos objetos de arte convenientemente distribuidos, completan el decorado de la escena, que debe estar alfombrada. Es un día frío de invierno, y en la chimenea arde un buen fuego
(Al levantarse el telón, suena un campanillazo en la antecámara. ELENA, que se encuentra sola, poniendo en orden los muebles, se apresura a abrir la puerta derecha del foro, por donde entra NORA, en traje de calle, con varios paquetes, seguida de un Mozo con un árbol de Navidad y una cesta. NORA tararea mientras coloca los paquetes sobre la mesa de la derecha. EL MOZO entrega a ELENA el árbol de Navidad y la cesta.)
NORA.- Esconde bien el árbol de Navidad, Elena. Los niños no deben verlo hasta la noche, cuando esté arreglado. (Al Mozo sacando el portamonedas). ¿Cuánto le debo?
EL Mozo.- Cincuenta céntimos.
NORA.- Tome una corona. Lo que sobre, para usted.
(EL MOZO saluda y se va. Nora cierra la puerta. Continúa sonriendo alegremente mientras se despoja del sombrero y del abrigo. Después saca del bolsillo un cucurucho de almendras y come dos o tres, se acerca de puntillas a la puerta izquierda del foro y escucha).
Nora.- ¡Ah! Está en el despacho. (Vuelve a tararear, y se dirige a la mesa de la derecha).
HELMER.- (Dentro) ¿Es mi alondra la que gorjea?
NORA.- (Abriendo paquetes.) Sí.
HELMER.- ¿Es mi ardilla la que enreda?
NORA.- ¡Sí!
HELMER.- ¿Hace mucho tiempo que ha venido la ardilla?
NORA.- Acabo de llegar. (Guarda el cucurucho de confites en el bolsillo y se limpia la boca). Ven aquí, Torvaldo; mira las compras que he hecho.
HELMER.- No me interrumpas. (Poco después abre la puerta y aparece con la pluma en la mano, mirando en todas direcciones). ¿Comprando, dices? ¿Todo eso? ¿Otra vez ha encontrado la niñita la manera de gastar dinero?
NORA.- Pero, ¡Torvaldo! Este año podemos hacer algunos gastos más. Es la primera Navidad en que no nos vemos obligados a andar con escaseces.
HELMER.- Sí ..., pero tampoco podemos derrochar ...
NORA.- Un poco, Torvaldo, un poquitín, ¿no? Ahora que vas a cobrar un sueldo crecido, y que ganarás mucho, mucho dinero ...
HELMER.- Sí, a partir de año nuevo; pero pasará un trimestre antes de percibir nada.
NORA.- ¿Y eso qué importa? Mientras tanto se pide prestado.
HELMER.- ¡Nora! (Se acerca a Nora, a quien de bromas agarra de una oreja). ¡Siempre esa ligereza! Suponte que pido prestadas hoy mil coronas, que tú las gastas durante las Pascuas, que la víspera de año nuevo me cae una teja en la cabeza, y que ...
NORA.- (Poniéndose la mano en la boca.) Cállate, y no digas esas cosas.
HELMER.- Pero figúrate que ocurriese. ¿Y entonces?
NORA.- Si sucediera tal cosa ..., me daría lo mismo tener deudas que no tenerlas.
HELMER.- ¿Y las personas que me hubieran prestado el dinero?
NORA.- ¿Quién piensa en ellas? Son personas extrañas.
HELMER.- Nora, Nora, eres una verdadera mujer. En serio, ya sabes mis ideas respecto a este punto. Nada de deudas; nada de préstamos. En la casa que depende de deudas y de préstamos se introduce una especie de esclavitud, cierta cosa de mal cariz que previene. Hasta ahora nos hemos hecho firmes, y seguiremos haciendo otro tanto durante el poco tiempo de prueba que nos queda.
NORA.- (Acercándose a la chimenea). Bien, como tú quieras, Torvaldo.
HELMER.- (La sigue). Vamos, vamos, la alondra no debe andar triste. ¿Qué? ¿Ahora salimos con que la ardilla tuerce el gesto? (Abre su portamonedas). Nora, ¿qué dirás que tengo aquí?
NORA.- (Volviéndose con rapidez). Dinero.
HELMER.- Mira. (Le entrega algunos billetes). ¡Dios mío! Hay muchos gastos en una casa cuando se acerca Navidad.
NORA.- (Contando). Diez, veinte, treinta, cuarenta; ¡gracias, Torvaldo! Con esto ya tengo para ir tirando.
HELMER.- No habrá más remedio.
NORA.- Se hará así, descuida. Pero ven aquí. Voy a enseñarte todo lo que he comprado, y ¡tan barato! Mira: un traje nuevo para Ivar y un sable; un caballo con una trompeta para Bob, y una muñeca con una cama para Emmy -de lo más ordinario, porque en seguida lo rompe-. Y aquí, delantales y telas para las muchachas. La buena Mariana merecía mucho más que esto, pero ...
HELMER.- Y en ese paquete, ¿qué hay?
NORA.- (Profiriendo un ligero grito). No, Torvaldo, eso no lo verás hasta la noche.
HELMER.- Bien, bien. Pero dime, manirrotita, ¿qué te gustaría a ti?
NORA.- ¿Para mí? ¡Qué importa! Yo no quiero nada.
HELMER.- ¡No faltaba más! Vamos, dime algo que te tiente, una cosa razonable.
NORA.- Realmente ... no sé. Y eso que ... Oye, Torvaldo ...
HELMER.- Veamos.
NORA.- (Mientras juguetea con los botones de la americana de Helmer; pero sin mirarle). Si estás decidido a regalarme algo, podrías ..., podrías ...
HELMER.- Vamos, acaba.
NORA.- (De un tirón). Podrías darme dinero, Torvaldo. ¡Oh!, poca cosa, aquello de que puedas disponer, con eso me compraría algo.
HELMER.- Pero, Nora ...
NORA.- ¡Vaya, que sí! Lo vas a hacer, Torvaldo. Te lo ruego. Colgaré el dinero del árbol envuelto en un papel dorado muy bonito. ¿No hará buen efecto?
HELMER.- ¿Cómo se llama el pájaro que no cesa en su despilfarro?
NORA.- Sí, sí, el estomino, ya lo sé. Pero haz lo que te digo. Torvaldo; así tendré tiempo para pensar en algo útil. ¿No es lo más razonable, di?
HELMER.- (Sonriendo). Si supieras emplear el dinero que te doy y comprar efectivamente alguna cosa, sí; pero desaparece en la casa, se evapora en mil pequeñeces, y luego tengo que aflojar de nuevo la bolsa.
NORA.- ¡Qué cosas dices. Torvaldo! ...
HELMER.- Es la pura verdad. Norita mía. (Le rodea la cintura con un brazo). El estomino es una belleza pero necesita tanto dinero ... ¡Es increíble lo que cuesta a un hombre poseer un estomino!
NORA.- ¡Anda! ¿Cómo te atreves a decir eso? Si yo ahorro todo lo que puedo.
HELMER.- ¡Oh!, eso es indudable. Todo lo que puedes, sólo que no puedes nada.
NORA.- (Tarareando y sonriendo alegremente). ¡Si supieras tú cuántos gastos tenemos las alondras y las ardillas!
HELMER.- Eres una criatura original. Igual a tu padre. Con la mejor buena voluntad del mundo se mataba trabajando para ganar dinero. Y se le escurría de entre los dedos cuando lo tenía. En fin, hay que tomarte como eres. Sí, sí, Nora, esas cosas son hereditarias, indudablemente.
NORA.- Bien quisiera haber heredado muchas cualidades de papá.
HELMER.- Yo te quiero como eres, querida alondra. (Pausa). Pero oye; te encuentro hoy no sé cómo ... Tienes una cara así ... un poco sospechosa.
NORA.- ¿Yo?
HELMER.- Sí, tú. Mírame bien a los ojos. (Nora mira a Helmer). ¿Habrá hecho esta locuela alguna escapatoria a la ciudad?
NORA.- No. ¿Por qué dices eso?
HELMER.- ¿De veras no ha metido su nariz de golosa en la confitería?
NORA.- No, te lo aseguro, Torvaldo.
HELMER.- ¿No ha olido siquiera los dulces?
NORA.- Ni pensarlo.
HELMER.- ¿No ha masticado dos o tres almendras?
NORA.- ¡Que no!, Torvaldo, te digo que no.
HELMER.- Bien, mujer, bien; te lo digo en broma.
NORA.- (Acercándose a la mesa de la derecha). Ni en sueños podría ocurrírseme hacer nada que te desagrade. Puedes estar bien seguro.
HELMER.- No, si lo sé. ¿No me lo has prometido? ... (Se aproxima a Nora). Vamos, guárdate tus secretos de Navidad, que nosotros ya los sabremos esta noche cuando se descubra el árbol.
NORA.- ¿Has pensado en invitar a comer al doctor Rank?
HELMER.- No, ni hace falta; puesto que ya lo sabe. Sin embargo, le invitaré cuando venga. He encargado un buen vino, Nora; no puedes figurarte la alegría y los deseos que tengo de que llegue la noche.
NORA.- Lo mismo me pasa a mí. ¡Y qué alegría la que van a tener los niños, Torvaldo!
HELMER.- ¡Ah! Es una delicia pensar que se ha llegado a una situación estable, asegurada, y se dispone con holgura de cuanto se necesita. ¿No es verdad? Es una dicha inmensa pensarlo.
NORA.- ¡Oh! Es maravilloso. Parece un sueño.
HELMER.- ¿Te acuerdas de la última Navidad? Tres semanas antes, te encerrabas todas las noches hasta más de las doce, a hacer flores para el árbol de Navidad y a prepararnos otras mil sorpresas ... ¡Uf! Es la época más aburrida que he pasado en mi vida.
NORA.- Yo no me aburría.
HELMER.- (Sonríe). Sin embargo, el resultado fue bastante deplorable, Nora.
NORA.- ¡Bueno! ¿Todavía me harás rabiar con eso? ¿Tengo yo la culpa de que entrara el gato y lo hiciese trizas todo?
HELMER.- ¡Claro que no, Norita!, ¿cómo habías tú de tener la culpa? Tenías los mejores deseos de que nos divirtiéramos todos, y eso es lo esencial. Pero bueno es que hayan pasado aquellos malos tiempos.
NORA.- Es verdad; todavía no me lo creo; ¡parece un sueño!
HELMER.- Ahora ya no me aburriré encerrado a solas, ni tú tendrás que atormentar tus hermosos ojos y tus lindas manitas.
NORA.- (Batiendo palmas). No, ¿verdad que no, Torvaldo? ¡Qué gusto, Dios mío! (Agarra del brazo a Helmer). Ahora voy a decirte cómo he pensado que nos arreglaremos, después de que pasen las Navidades ... (Se oye llamar). Llaman. (Arregla las butacas). Vendrá alguien. ¡Qué fastidio!
HELMER.- (Disponiéndose a entrar en el despacho). Si es una visita, acuérdate de que no estoy para nadie.
ELENA.- (Desde la puerta de entrada). Señorita, una señora desea verla.
NORA.- Que pase.
ELENA.- (A Helmer). También ha venido el señor doctor.
HELMER.- ¿Ha pasado a mi despacho?
ELENA.- Sí, señor.
(Helmer entra en el despacho. La doncella hace pasar a Cristina y después cierra la puerta).
CRISTINA.- (En traje de viaje. Tímidamente, con alguna perplejidad). ¡Buenos días, Nora!
NORA.- (Indecisa). Buenos días ...
CRlSTINA.- ¿No me reconoces?
NORA.- Efectivamente ..., no sé ... ¡Ah!, sí, me parece ... (Lanzando una exclamación). ¡Cristina! ¿Eres tú?
Cristina.- Sí, la misma.
NORA.- ¡Cristina! ¡Y no te conocía! ¿Quién había de ...? (Más bajo). ¡Has cambiado tanto!
CRISTINA.- Es verdad. Como ya hace nueve ... diez años cumplidos ...
NORA.- ¿De veras hace tanto tiempo que no nos hemos visto? Sí ..., sí, eso es. ¡Oh! Estos ocho años últimos, ¡qué época tan feliz! ¡Si supieses! ... ¿Conque te tenemos aquí? ¿Has hecho un viaje tan largo en pleno invierno? Se necesita tener valor.
CRISTINA.- Pues ya lo ves; he llegado en el vapor esta mañana.
NORA.- Para pasar las Pascuas, naturalmente. ¡Qué alegría! ¡Cómo nos vamos a divertir! Pero quítate el abrigo. No tendrás frío, ¿eh? (Ayuda a Cristina a quitarse el abrigo). ¡Ajajá! Ahora nos sentaremos, junto a la chimenea, cómodamente. Pero no, siéntate en esa butaca; yo en la mecedora; en mi sitio. (Le estrecha las manos). Pues sí, ahora ya veo tu simpática cara ... pero, al pronto ..., sabes ... Sin embargo, estás un poco más pálida, Cristina ..., y quizá ... algo más delgada también.
CRISTlNA.- He envejecido mucho, mucho.
NORA.- Sí, un poquito, un poquitín quizá ..., pero no mucho. (Se detiene de repente, y añade en tono serio). ¡Oh, qué loca soy! Estoy aquí cotorreando mientras que ... Mi querida y buena Cristina, ¿me perdonas?
CRISTINA.- ¿Qué quieres decir, Nora?
NORA.- (Con mirada de incredulidad). A ver, a ver, ¿has quedado viuda?
CRISTlNA.- Sí, hace tres años.
NORA.- Lo sabía; lo leí en los periódicos. ¡Oh! Cristina, puedes creerme, pensé muchas veces escribirte entonces ..., pero lo iba dejando de un día para otro y luego siempre había algo que me obligaba a atrasarlo.
CRISTINA.- Eso no me sorprende.
NORA.- Está muy mal hecho. ¡Pobre amiga! ¡Por qué trances has debido pasar! ¿No te ha quedado con qué vivir?
CRISTlNA.- No.
NORA.- ¿E hijos?
CRISTINA.- Tampoco.
NORA.- ¿Nada, entonces?
CRISTINA.- Nada; ni siquiera dolor en el corazón, ni una de esas penas que absorben.
NORA.- (Con mirada de incredulidad). A ver, a ver, Cristina. ¿Cómo puede ser eso?
CRISTlNA.- (Sonríe amargamente y se alisa el cabello con la mano). Eso ocurre con frecuencia, Nora.
NORA.- Sola en el mundo. ¡Qué pena debe de ser para ti! Yo tengo tres chicos hermosos. Ahora no puedes verlos, porque han salido con la muchacha. Vamos, cuéntamelo todo.
CRISTlNA.- Después; primero tú.
NORA.- No, a ti te toca hablar. Hoy no quiero ser egoísta ..., no quiero pensar más que en ti. Sólo una cosa deseo decirte en seguida. ¿Sabes la buena suerte que nos ha tocado estos días?
CRISTINA.- No, ¿de qué se trata?
NORA.- Calcula: que han nombrado a mi marido director del Banco.
CRISTINA.- ¿A tu marido? ¡Oh, qué suerte!
NORA.- ¿Verdad? ¡Es una situación tan precaria la de un abogado, sobre todo cuando no quiere encargarse más que de causas buenas! Y eso era, naturalmente, lo que hacía Torvaldo, y con lo que estoy absolutamente de acuerdo. ¡Figúrate si estaremos contentos! Empezará a desempeñar el cargo el año nuevo, y entonces tendrá un buen sueldecito con multitud de utilidades, lo que nos permitirá vivir de otra manera que hasta aquí ... Completamente a nuestro gusto. ¡Oh Cristina, qué dicha y qué placer! Cree que es una delicia tener mucho dinero y estar libre de preocupaciones. ¿No te parece?
CRISTINA.- Indudablemente. Por lo menos, debe de ser algo excelente tener lo necesario.
NORA.- No, lo necesario nada más no, sino mucho, muchísimo dinero.
CRISTINA.- (Sonriendo). Nora, Nora, ¿todavía no has aprendido a ser juiciosa a estas alturas? En el colegio eras una derrochadora.
NORA.- (Sonríe dulcemente). Torvaldo supone que lo soy todavía. Pero (amenaza con el dedo) Nora, Nora no es tan loca como creéis. ¡Ah! La verdad es que hasta aquí no he tenido mucho que derrochar. Hemos necesitado trabajar los dos.
CRISTINA.- ¿Tú también?
NORA.- Sí; menudencias: labores de mano, de ganchillo, bordados, etc. (Cambiando de tono). Y, además, otra cosa. Sabes que Torvaldo dejó el Ministerio cuando nos casamos, porque no esperaba ascender, y necesitaba ganar más dinero que antes. El primer año tuvo un trabajo terrible. Figúrate; tenía que buscarse toda clase de ocupaciones y no cesaba de trabajar de la mañana a la noche. Como abusó de sus fuerzas, cayó gravemente enfermo, y los médicos le prescribieron que se marchara al Mediodía.
CRISTINA.- Cierto, pasasteis un año en Italia.
NORA.- Sí. Como comprenderás, no era muy fácil ponerse en camino ... Acababa de nacer Ivar; pero no hubo más remedio. ¡Oh, el viaje fue una maravilla, la cosa más hermosa! ¡Y salvó la vida a Torvaldo! ¡Pero el dinero que nos costó, Cristina!
CRISTINA.- Ya lo supongo.
NORA.- Mil doscientos escudos ..., cuatro mil ochocientas coronas. ¡Es algún dinero, eh!
CRISTINA.- Sí, y no es poca suerte tenerlo cuando hace falta.
NORA.- Nos lo dio papá.
CRISTINA.- ¡Ah, ya! Y, si mal no recuerdo, fue precisamente poco antes de morir.
NORA.- Sí, Cristina, precisamente entonces, y, como comprenderás, no pude ir a asistirlo. Esperaba de un día a otro el nacimiento de Ivar, ¡y el pobre Torvaldo moribundo, y necesitando que lo cuidase! ¡Mi buen papá! No volví a verlo. ¡Oh, es la pena más cruel que he tenido que sufrir desde mi matrimonio!
CRISTINA.- Ya sé que lo querías mucho. ¿De modo que después os fuisteis a Italia?
NORA.- Sí, teníamos el dinero y los médicos recomendaban tanto ... Marchamos al cabo de un mes.
CRISTINA.- ¿Y tu marido volvió completamente repuesto?
NORA.- Sí; fue un milagro.
CRISTINA.- ¿Y ... ese médico?
NORA.- ¿Qué quieres decir?
CRISTINA.- Recuerdo que la doncella anunció a un doctor, dejando pasar a un caballero al mismo tiempo que a mí.
NORA.- En efecto; ése es el doctor Rank. No viene como médico, sino como amigo, y nos visita una vez al día por lo menos. No, Torvaldo no ha tenido la más ligera indisposición desde entonces. Los niños también se encuentran sanos y frescos, y yo lo mismo. (Se levanta de un salto y palmotea). ¡Dios mío, Dios mío, Cristina, qué delicia y qué bendición vivir y estar contentos! ... ¡Ah!, pero es una vergüenza ..., no hablo más que de mí. (Se sienta en un taburete al lado de Cristina, en cuyas rodillas se recuesta). ¿No lo tomarás a mal? Dime: ¿de veras no amabas a tu marido? Entonces, ¿por qué te casaste con él?
CRISTINA.- Mi madre estaba enferma, me encontraba sin apoyo, y además tenía que cuidar a mis dos hermanitos. No me creí con derecho a negarme al matrimonio.
NORA.- Sí, sí, obraste perfectamente. ¿De modo que era rico cuando se casó?
CRISTINA.- Por lo menos vivía muy desahogado; pero su fortuna era poco sólida, y, a su muerte, se perdió por completo.
NORA.- ¿Y entonces?
CRISTINA.- Me vi obligada a buscar una ocupación, dirigí un colegio modesto ... ¿qué sé yo? Los tres años últimos no han sido para mí más que un largo día de trabajo sin reposo. Ahora todo ha concluido. Nora. Mi pobre madre no me necesita ya; la he perdido; mis hermanos tampoco, porque ya pueden atender a sus necesidades por sí mismos.
NORA.- ¡Qué alivio debes de sentir!
CRISTINA.- No, Nora, hago una vida insoportable. ¡No tener a nadie a quien consagrarse! (Se levanta inquieta). Así es que no he podido permanecer allá, en aquel rincón escondido. Aquí debe de ser más fácil absorberse en una ocupación, distraerse de los pensamientos ... Si fuese siquiera lo bastante afortunada para encontrar una colocación, trabajo de oficina ...
NORA.- ¿Piensas en eso? ¡Un trabajo tan fatigoso, y tú que necesitas descanso! Más te valdría ir a un balneario.
CRISTINA.- (Se acerca a la ventana). Yo no tengo un papá que me pague el viaje.
NORA.- (Se levanta). ¡Vamos! No te pongas de mal humor.
CRISTINA.- Tú eres la que no ha de enfadarse conmigo, querida Nora. Lo peor que tiene una situación como la mía es que agria tanto el carácter ... No se tiene a nadie por quien trabajar, y, a pesar de todo, hay que ganarse la subsistencia: ¿no es preciso vivir? Esto la hace a una egoísta. ¿Qué quieres que te diga? Cuando me has contado hace un momento vuestro cambio de fortuna, me he alegrado por mí más que por ti.
NORA.- ¿Cómo ...? ¡Ah!, bueno ... ya comprendo. Te habrás dicho que Torvaldo puede serte útil.
CRISTINA.- Sí, lo he pensado.
NORA.- Ten por cierto que lo será, Cristina. Yo prepararé el terreno con mucha delicadeza, idearé alguna cosa grata que predisponga bien a Torvaldo. ¡Oh, tengo tantos deseos de servirte! ...
CRISTINA.- ¡Cuánto te agradezco esa solicitud, Nora! ... Más meritoria en ti, que no conoces las miserias y sinsabores de la vida.
NORA.- ¿Yo? ... ¿Crees eso?
CRISTINA.- (Sonríe). ¡Por Dios!, laborcitas de mano y monerías por el estilo ... Eres una niña, Nora.
NORA.- (Mueve la cabeza y atraviesa la escena). No hables con esa ligereza.
CRISTINA.- ¿Sí?
NORA.- Eres como los demás. Todos creéis que no valgo para nada serio ...
CRlSTINA.- Vamos, vamos ...
NORA.- Que no conozco las dificultades de la vida.
CRISTINA.- Pero, querida Nora, acabas de contarme tus dificultades ...
NORA.- ¡Bah! ... ¡Esas bagatelas! ... (En voz baja). No te he contado lo principal.
CRISTINA.- ¿Qué dices?
NORA.- Me miras desde la cumbre de tu grandeza, Cristina, y no deberías hacerlo. Tú estás orgullosa de haber trabajado mucho por tu madre.
CRISTINA.- No miro a nadie desde la cumbre de mi grandeza, aunque es verdad que me satisface y me enorgullece el haber contribuido a que mi madre pasara tranquilamente los últimos días de su vida.
NORA.- Y te enorgullece también el pensar lo que has hecho por tus hermanos.
CRISTINA.- Tengo derecho.
NORA.- Así lo creo; pero voy a decirte una cosa. Yo también tengo un motivo de alegría y de orgullo.
CRISTINA.- No lo pongo en duda. Explícate.
NORA.- Habla más bajo, no sea que Torvaldo nos oiga. Por nada del mundo querría que él ... No debe saberlo nadie, Cristina; nadie más que tú.
CRISTINA.- Nadie lo sabrá por mí.
NORA.- Acércate más. (La atrae a su lado). Sí ..., escucha ..., yo también puedo estar orgullosa y satisfecha. Yo fui quien salvó la vida de Torvaldo.
CRISTINA.- ¿Salvar? ... ¿Cómo salvar?
NORA.- ¿Te he hablado del viaje a Italia, no es verdad? Torvaldo no viviría a estas horas si no hubiera podido ir al Mediodía ...
CRISTINA.- Bien, pero tú padre os dio el dinero necesario.
NORA.- (Sonríe). Sí, eso es lo que cree Torvaldo y todo el mundo; pero ...
CRISTINA.- ¿Pero? ...
NORA.- Papá no nos dio un céntimo. Yo fui la que me procuré el dinero.
CRISTINA.- ¿Tú? ¿Una cantidad tan importante?
NORA.- Mil doscientos escudos. Cuatro mil ochocientas coronas.
CRISTINA.- ¿Cómo te arreglaste? ... ¿Ganaste la lotería?
NORA.- (Desdeñosa). ¿La lotería? (Con un ademán de desdén). ¿Qué mérito tendría eso?
CRISTINA.- Entonces, ¿de dónde lo sacaste?
NORA.- (Sonríe con aire de misterio y tararea). ¡Jem! ¡Ta-ra-ra-la!
CRISTINA.- Prestado no era fácil que lo tuvieras nunca.
NORA.- ¿Por qué no?
CRISTINA.- Porque una mujer casada no puede tomar dinero a préstamo sin el consentimiento del marido.
NORA.- (Mueve la cabeza). ¡Oh! Cuando se trata de una mujer algo práctica ..., de una mujer que sabe manejarse con destreza ...
CRISTINA.- Nora, por más que me devano los sesos, no se me ocurre cómo.
NORA.- No es necesario que te tomes esa molestia. Nadie dice que me prestaron el dinero; pero pude adquirido de otro modo. (Se deja caer en el sofá). He podido recibido de un admirador. ¿Qué? ... Con mi encanto ...
CRlSTINA.- ¡Qué loca eres!
NORA.- Confiesa que tienes una curiosidad terrible.
CRlSTINA.- Dime, querida Nora, ¿no habrás obrado a la ligera?
NORA.- (Se levanta). ¿Es una ligereza salvar la vida al marido?
CRISTINA.- Lo que me parece una ligereza es que a sus espaldas ...
NORA.- La cuestión era que no supiera nada. ¡Por Dios! ¿No comprendes? Se trataba de que no conociera la gravedad de su estado. A mí es a quien dijeron los médicos que estaba en peligro, y que no podía salvarse más que pasando una temporada en el Mediodía. ¿Crees que podía ser muy escrupulosa? Le ponderaba lo que me gustaría ir a viajar por el extranjero como las demás mujeres; lloraba, suplicaba y le decía que era preciso que se hiciera cargo de mi estado y que cediera a mi deseo; en fin, le insinué que podía tomar dinero en préstamo. Entonces, Cristina, le faltó muy poco para irritarse, contestándome que era una loca, y que su deber de marido era no someterse a mis caprichos. Bueno, bueno -dije para mí misma-, se le salvará, cueste lo que cueste. Entonces fue cuando se me ocurrió la manera de tener el dinero.
CRISTINA.- ¿Y a tu marido no le dijo tu padre que el dinero no procedía de él?
NORA.- Jamás. Papá murió a los pocos días. Yo había pensado confesárselo todo y rogarle que no me hiciera traición; pero ¡estaba tan enfermo! ¡Ay, no tuve que dar ese paso!
CRISTINA.- ¿Y después no has revelado nada a tu marido?
NORA.- ¡No, santo Dios! ¡Qué desatino! ¡A él, tan severo respecto a ese punto! Y luego que, con su amor propio de hombre se le haría muy cuesta arriba. ¡Qué humillación! ¡Saber que me debía algo! Eso hubiera transformado todas nuestras relaciones; nuestra vida doméstica, tan venturosa, no sería ya lo que es.
CRISTINA.- ¿Y no le hablarás de eso nunca?
NORA.- (Reflexiona y sonríe a medias). Quizá ... con el tiempo, después que pasen muchos, muchos años, cuando ya no sea yo tan bonita como ahora. ¡No te rías! Quiero decir, cuando Torvaldo no me ame ya tanto, cuando ya no disfrute viéndome bailar, disfrazarme y declamar. Bueno será, quizá, tener entonces algo a qué agarrarse ... (Se detiene). ¡Bah, ese día no llegará nunca! ... Conque, Cristina, ¿qué te parece mi gran secreto? También yo sirvo para algo ... Puedes creer que este asunto me ha preocupado mucho. ¡Caramba! No era fácil cumplir a plazo fijo, porque has de saber que en estos negocios hay una cosa llamada los vencimientos y otra la amortización; y todo es endiabladamente difícil de arreglar. He tenido que rebañar en todas partes. De los gastos de la casa no podía recortar mucho, pues Torvaldo tenía que vivir cómodamente. Los niños tampoco podían andar mal vestidos, y todo lo que recibía para ellos me parecía intocable. ¡Angelitos míos!
CRISTINA.- ¡De manera que todo, pobre Nora, lo has tenido que sacar de tus gastos particulares!
NORA.- Naturalmente. Después de todo, no era más que hacer justicia. Siempre que Torvaldo me daba dinero para mis gastos, sólo invertía la mitad, compraba siempre de lo barato. Es una suerte que todo me esté bien, porque así Torvaldo no ha advertido nada. Pero a veces me resulta duro, Cristina: ¡halaga tanto ir elegante! ¿No es verdad?
CRISTINA.- ¡Ya lo creo!
NORA.- Cuento aún con otros ingresos. El invierno último tuve la suerte de encontrar trabajo: escritos para copiar. Entonces me encerraba y escribía hasta horas muy avanzadas de la noche. ¡Oh! Me fatigaba muchísimo; pero era un gusto trabajar para ganar dinero. Casi me parecía que era hombre.
CRISTINA.- ¿Cuánto has podido pagar de ese modo?
NORA.- No lo sé a punto fijo. Hija, es muy difícil desenredarse en esta clase de asuntos. Lo único que puedo decirte es que he pagado cuanto me ha sido posible. Muchas veces no sabía ya a dónde volver los ojos. (Sonríe). Y entonces se me ocurría pensar que un viejo muy rico se había enamorado de mí ...
CRISTINA.- ¡Qué! ¿Qué viejo?
NORA.- ¡Tonterías! ... Que se moría, y que, al abrir el testamento, se leía en letras muy gordas: Lego toda mi fortuna a la encantadora señora de Helmer, a quien le será entregada al punto.
CRISTINA.- Pero, querida Nora, ¿qué viejo es ése?
NORA.- ¡Dios mío!, ¿no comprendes, mujer? No hay tal viejo; es una idea que se me ocurría siempre que no veía manera de conseguir dinero. En fin, ahora todo eso es completamente indiferente. El viejo puede estar donde se le antoje, porque me tiene sin cuidado él y su testamento. (Se levanta con viveza). ¡Dios mío, qué gozo pensarlo! ¡Poder estar tranquila, completamente tranquila, jugar con los niños, arreglar bien la casa, como a Torvaldo le gusta tenerla! ¡Luego vendrá la primavera y el hermoso cielo azul! Quizá podamos viajar entonces. ¡Volver a ver el mar! ¡Oh, qué felicidad vivir y estar contentos!
(Llaman).
CRISTINA.- (Se levanta). Llaman. ¿Debo irme?
NORA.- No, quédate, no espero a nadie; probablemente preguntarán por Torvaldo ...
ELENA.- Perdone usted, señora ..., hay un caballero que desea hablar al abogado ...
NORA.- Querrás decir al director del Banco.
ELENA.- Sí, señora, al director; pero, como está el doctor ahí dentro ..., no sabía ...
KROGSTAD.- (Se presenta). Soy yo, señora.
Elena sale, Cristina se estremece, se turba y se vuelve hacia la ventana).
NORA.- (Se adelanta hacia él, turbada y a media voz). ¿Usted? ¿Qué sucede? ¿Qué tiene usted que decir a mi marido?
KROGSTAD.- Deseo hablarle de asuntos relativos al Banco. Tengo allí un empleo, y he oído decir que su esposo va a ser nuestro jefe ...
NORA.- Es cierto.
KROGSTAD.- Asuntos enojosos, señora, nada más que eso.
NORA.- Entonces tómese la molestia de entrar por el despacho. (Le saluda con indiferencia, cierra la puerta de la antecámara y después se acerca a la chimenea).
CRISTINA.- Nora ... ¿Quién es ese hombre?
NORA.- Es un abogado que se llama Krogstad.
CRISTINA.- ¡Ah! Él es ...
NORA.- ¿Le conoces?
CRISTINA.- Le conocí hace muchos años. Fue procurador en casa durante algún tiempo.
NORA.- Precisamente.
CRISTINA.- ¡Ha cambiado mucho!
NORA.- Creo que fue muy desgraciado en su matrimonio.
CRISTINA.- Ahora es viudo, ¿verdad?
NORA.- Sí, con muchos hijos. ¡Eh!, me estoy achicharrando. (Cierra la estufa y separa la mecedora).
CRISTINA.- Dicen que se ocupa de toda clase de negocios.
NORA.- ¿Sí? Es posible: no sé ... Pero no hablemos de negocios; es muy aburrido ...
(El doctor Rank sale del despacho de Helmer).
RANK.- (Todavía desde la puerta del despacho). No, no; no quiero estorbarte; voy a ver a tu esposa un momento. (Cierra la puerta y repara en Cristina). ¡Ah, perdón! También aquí estorbo.
NORA.- Nada de eso ... (Hace las presentaciones). El doctor Rank; la señora viuda de Linde.
RANK.- Ese nombre se pronuncia con frecuencia en esta casa. Creo haber pasado delante de usted al subir la escalera.
CRISTINA.- Sí, yo tardo en subir, porque me fatigo.
RANK.- ¿Está usted indispuesta?
CRISTINA.- Sólo me encuentro fatigada.
RANK.- ¿Nada más? ¿Entonces viene usted a descansar aquí, probablemente, corriendo de fiesta en fiesta?
CRISTINA.- He venido a buscar trabajo.
RANK.- ¿Será ése un remedio eficaz contra el exceso de fatiga?
CRISTINA.- No; pero es necesario vivir, doctor.
RANK.- Sí, es una opinión general: se cree que la vida es una cosa necesaria.
NORA.- ¡Oh doctor! Tengo la seguridad de que usted también tiene mucho apego a la vida.
RANK.- ¡Vaya si lo tengo! Mísero y todo como soy, tengo decidido empeño en sufrir el mayor tiempo posible. A mis clientes les ocurre lo propio. Y lo mismo opinan los que padecen achaques morales. En este momento acabo de dejar a uno en el despacho de Helmer, un hombre en tratamiento; hay hospitales para enfermos de esa índole.
CRISTINA.- (Con voz sorda). ¡Ah!
NORA.- ¿Qué quiere usted decir?
RANK.- ¡Oh! Hablo del abogado Krogstad, a quien usted no conoce. Está podrido hasta los huesos, y, sin embargo, afirma como cosa de la mayor importancia que es necesario vivir.
NORA.- ¿De veras? ¿De qué hablaba con Helmer?
RANK.- A ciencia cierta, no lo sé. Lo único que he oído es que se trataba del Banco.
NORA.- Yo no sabía que Krog ..., que el señor Krogstad tuviera que ver con el Banco.
RANK.- Sí; se le ha dado una especie de empleo. (A Cristina). No sé si también allá, entre ustedes, existe esa clase de hombres que se afanan en desenterrar podredumbres morales, y, en cuanto encuentran un enfermo, lo ponen en observación proporcionándole una buena plaza, mientras los sanos se quedan fuera.
CRISTINA.- Hay que confesar que los enfermos son los que más cuidados necesitan.
RANK.- (Se encoge de hombros). Bien dicho. Es una manera de ver que convierte la sociedad en hospital. (Nora, que ha permanecido abstraída, rompe a reír batiendo palmas). ¿Por qué se ríe usted? ¿Sabe siquiera lo que es la sociedad?
NORA.- ¿Y quién habla de la inaguantable sociedad de usted? Me reía de otra cosa ..., una cosa tan graciosa ... Dígame usted, doctor ..., ¿todos los que tienen empleos en el Banco serán, en lo sucesivo, subordinados de mi esposo?
RANK.- ¿Es eso lo que la divierte a usted?
NORA.- (Sonríe y tararea). No haga usted caso. (Da vueltas a la habitación). ¡Pensar que nosotros ..., que Torvaldo tiene ahora influencia sobre tanta gente! Realmente, es muy divertido y me parece increíble. (Saca del bolsillo el cucurucho de almendras). ¿Quiere usted almendras, doctor?
RANK.- ¡Cómo!, ¿almendritas? Creía que eso era contrabando aquí.
NORA.- Sí, pero éstas me las ha dado Cristina.
CRISTINA.- ¿Yo?
NORA.- Vamos, vamos, no te asustes. ¿Qué sabías tú que Torvaldo me había prohibido comer dulces? ¡Bah! ..., ¡por una vez! ...; ¿verdad, doctor? ... ¡Tenga usted! (Le pone una almendra en la boca). Y tú también, Cristina. Yo comeré una muy pequeñita ..., dos a lo sumo. (Empieza a dar vueltas por la habitación otra vez). Pues, señor, soy inmensamente feliz. Sólo una cosa deseo todavía ardientemente.
RANK.- Sepamos. ¿De qué se trata?
NORA.- Una cosa que me entran ganas irresistibles de decir delante de Torvaldo.
RANK.- ¿Y quién le prohíbe a usted decirla?
NORA.- No me atrevo: es demasiado fea.
CRISTINA.- ¿Fea?
RANK.- Entonces es preferible que se calle, pero a nosotros ... ¿Qué es lo que tiene usted tanto deseo de decir delante de Torvaldo?
NORA.- Tengo unos deseos atroces de gritar: ¡Rayos, truenos, huracanes! ...
RANK.- ¡Qué loca es usted!
CRISTINA.- Vamos, Nora.
NORA.- (Escondiendo las almendras). ¡Chitón!
(Sale Helmer del despacho, con un abrigo en el brazo y el sombrero en la mano).
RANK.- Pues grite usted; aquí está.
NORA.- (Se adelanta hacia él). ¿Qué? ¿Has logrado echar a la calle a ese señor?
HELMER.- Sí, acaba de marcharse.
NORA.- ¿Permites que te presente? ... Es Cristina, que ha venido de fuera ...
HELMER.- ¿Cristina? ... Usted perdone, pero no sé ...
NORA.- La señora de Linde, querido, la señora Cristina Linde.
HELMER.- ¡Ah, sí! ¿Una amiga de la infancia de mi mujer, supongo?
CRISTlNA.- Sí, señor; nos conocimos en otro tiempo.
NORA.- Y ya ves: ha hecho este viaje tan largo para hablar conmigo.
HELMER.- ¿Cómo?
CRISTINA.- No sólo para eso ...
NORA.- Cristina entiende mucho de trabajos de oficina, y, además, tiene grandes deseos de ponerse a las órdenes de un hombre competente y adquirir así más experiencia.
HELMER.- Muy bien pensado, señora.
NORA.- Así es que, cuando supo por los telegramas de los periódicos que te habían nombrado director del Banco, se puso en camino ... ¿Verdad, Torvaldo, que harás algo en favor de Cristina para complacerme? Di.
HELMER.- No es absolutamente imposible. ¿La señora es quizá viuda?
CRISTlNA.- Sí.
HELMER.- ¿Y está acostumbrada a trabajar en oficinas?
CRISTlNA.- Sí, bastante.
HELMER.- Entonces es muy probable que pueda proporcionarle una plaza.
NORA.- (Aplaudiendo). ¡Lo ves!
HELMER.- Llega usted en buen momento, señora.
CRISTlNA.- ¿Cómo agradecer a usted?
HELMER.- ¡Oh! No hablemos de eso. (Se pone el abrigo). Pero hoy tendrá usted que dispensarme.
RANK.- Espera, que yo también voy. (Recoge su cuello de pieles de la antecámara y lo calienta en la chimenea).
NORA.- No tardes mucho, Torvaldo.
HELMER.- Una hora solamente.
NORA.- ¿Te vas tú también, Cristina?
CRISTINA.- (Se pone el abrigo). Necesito buscar donde hospedarme.
HELMER.- Podemos hacer juntos una parte del camino.
NORA.- (Ayudándola). ¡Qué fastidio que estemos tan estrechos! ... Nos es completamente imposible ...
CRISTINA.- ¿En qué piensas, mujer? Hasta la vista, querida Nora, y gracias.
NORA.- Hasta luego, porque esta noche vendrás, ¿no es cierto? Y usted también, doctor. ¿Cómo? Si está bien ... ¿Va usted a excusarse? Se arropa usted. (Se van hablando por el foro derecho. Se oyen voces de niños en la escalera). ¡Ya están aquí, ya están aquí! (Corre a abrir, y aparece Mariana con los Niños). ¡Entrad, entrad! (Besa a los niños). ¡Oh! ¡Cielos míos! ¡Mira, Cristina! ¿No es verdad que son preciosos?
RANK.- No os quedéis ahí expuestos a la corriente.
HELMER.- Venga, señora Linde. Permanecer ahí es algo que sólo puede soportarlo una madre.
(El doctor Rank, Helmer y Cristina bajan la escalera. Entra Mariana con los niños. Nora lo hace después de cerrar la puerta).
NORA.- ¡Qué caritas tan animadas y tan frescas traéis! ¡Qué carrillos tan encarnados! Parecen manzanas y rosas. (Todos los niños le hablan a la vez hasta el fin de la escena). ¿Os habéis divertido mucho? Muy bien. ¡Anda! ¿Conque tú has tirado del trineo llevando a Emmy y a Bob? ¿Es posible? ¡A los dos! ¡Ah! Eres un valiente, Ivar ... ¡Oh! Déjamela un momento, Mariana. ¡Muñequita mía! (Agarra a la niña menor y baila con ella). Sí, sí, mamá va a bailar con Bob también. ¿Cómo? ¿Habéis hecho bolas de nieve?¡Oh! ¡Lo que hubiera dado por estar a vuestro lado! No, déjame, Mariana. Voy a desnudarles yo. Déjame, mujer. ¡Si es tan divertido! Entra ahí entretanto. Tienes cara de frío. En la cocina hay café caliente para ti. (Se va Mariana por la puerta de la izquierda; Nora despoja a los niños de los abrigos y de los sombreros, que va dejando desparramados. Los niños siguen hablando). ¡Imposible! ¿Qué, ha corrido detrás de vosotros un perrazo? Pero no mordía. No, los perros no muerden a los monigotillos preciosos como vosotros. ¡Eh! ¡Ivar, cuidado con mirar los paquetes! No, no, que tienen dentro una cosa mala. ¿Qué? ¿Queréis jugar? ¿A qué? ¿Al escondite? Sí, vamos a jugar al escondite. Que se esconda primero Bob. ¿Yo? ¡Bueno, pues yo!
(Nora Y los niños se ponen a jugar, gritando y riendo. Al fin Nora se esconde debajo de la mesa. Llegan los niños a todo correr y la buscan sin poder encontrarla; pero oyen su risa ahogada, se precipitan hacia el velador, levantan el tapete y la descubren. Gritos de alegría. Nora sale a gatas, como para asustarlos. Nueva explosión de júbilo. Mientras tanto han llamado sin que nadie responda. Se entreabre la puerta y aparece Krogstad. Espera un momento. El juego continúa).
KROGSTAD.- Dispense usted, señora ...
NORA.- (Lanza un grito y se levanta a medias). ¿Qué se le ofrece a usted?
KROGSTAD.- Estaba entornada la puerta. Sin duda, habrán olvidado cerrarla.
NORA.- (Se levanta). Mi esposo no está en casa, señor Krogstad.
KROGSTAD.- Ya lo sé.
NORA.- Entonces ..., ¿qué desea usted?
KROGSTAD.- Decirle unas palabras.
NORA.- ¿A mí? ... (Aparte, a los niños). Id con Mariana. ¿Qué? ... No, el hombre de fuera no hará daño a mamá. Cuando se marche, seguiremos jugando. (Acompaña a los niños al aposento de la izquierda y cierra la puerta).
NORA.- (Inquieta y agitada). ¿Usted quiere hablarme?
KROGSTAD.- Sí, lo deseo.
NORA.- ¿Hoy? ... No estamos todavía a principios de mes.
KROGSTAD.- No, estamos en vísperas de Navidad, y de usted depende que estas Navidades le traigan alegría o penas.
NORA.- ¿Qué desea? Hoy me es realmente imposible ...
KROGSTAD.- Por ahora no hablaremos de eso. Se trata de algo distinto. ¿Puede usted concederme un instante?
NORA.- Sí, sí ..., aunque ...
KROGSTAD.- Bien. Estando yo sentado en la fonda 01sen, vi pasar a su marido ...
NORA.- ¡Ah!
KROGSTAD.- Con una señora.
NORA.- Bueno. ¿Y ...?
KROGSTAD.- ¿Puedo preguntarle a usted algo? Esa señora era la viuda de Linde, ¿no es cierto?
NORA.- Sí.
KROGSTAD.- ¿Acaba de llegar de fuera?
NORA.- Ha llegado hoy.
KROGSTAD.- ¿Es amiga de usted?
NORA.- Sí ..., pero no comprendo ...
KROGSTAD.- Yo también la traté en otra época.
NORA.- Lo sé.
KROGSTAD.- Vamos, está usted enterada. Lo suponía. ¿Entonces me permitirá usted que le pregunte si la señora de Linde espera trabajar en el Banco?
NORA.- ¿Cómo se atreve usted a preguntarme eso, señor Krogstad? ¿Usted, que es un subordinado de mi marido? Pero, ya que me lo pregunta, se lo diré. Sí, la señora de Linde tendrá un empleo en el Banco, y lo tendrá gracias a mí, señor Krogstad. Ahora ya lo sabe usted.
KROGSTAD.- Acerté, pues.
NORA.- (Paseando.) ¡Eh! Una tiene alguna influencia, y el ser mujer no quiere decir que ... Cuando se ocupa una situación subalterna, señor Krogstad, habría que mirarse para no herir a una persona que ... ¡jem! ...
KROGSTAD.- ¿Que tiene influencia?
NORA.- Sí, señor.
KROGSTAD.- (Cambia de tono.) Señora, ¿tendría usted la bondad de usar su influencia en mi favor?
NORA.- ¿Cómo? ¿Qué quiere decir? ¿Quién piensa en quitarle el empleo?
KROGSTAD.- ¡Oh! Es inútil el disimulo. Comprendo muy bien que a su amiga no le agrade encontrarse conmigo, y ahora sé a quién debo mi cese.
NORA.- Le aseguro a usted ...
KROGSTAD.- En fin, en dos palabras: Todavía es tiempo, y le aconsejo que use de su influencia para impedirlo.
NORA.- Yo no tengo ninguna influencia, señor Krogstad.
KROGSTAD.- ¿Cómo? Hace un momento decía usted lo contrario.
NORA.- ¿Cómo puede creer que yo tenga ese poder sobre mi marido?
KROGSTAD.- ¡Oh! Conozco a su marido desde que estudiamos juntos, y no creo que el señor director del Banco sea más enérgico que otros hombres casados.
NORA.- Si habla usted despectivamente de mi marido, lo pongo a usted en la puerta.
KROGSTAD.- La señora es valiente.
NORA.- No le temo. Después de año nuevo me veré libre de usted.
KROGSTAD.- (Dominándose). Oiga bien, señora. Si es necesario, lucharé para conservar mi humilde empleo como si se tratase de una cuestión de vida o muerte.
NORA.- Y lo es, evidentemente.
KROGSTAD.- No es sólo por el sueldo; lo importante es otra cosa ... que, en fin, voy a decirlo todo. Usted sabe, naturalmente, como todo el mundo, que yo cometí una imprudencia hace ya muchos años.
NORA.- Creo haber oído hablar del asunto.
KROGSTAD.- La cuestión no pasó a los tribunales; pero me cerró todos los caminos. Entonces emprendí la clase de negocios que usted sabe porque era forzoso buscar alguna cosa, y me atrevo a decir que no he sido peor que otros. Ahora quiero abandonar estos negocios, porque mis hijos crecen y necesito recobrar la mayor consideración posible. El empleo del Banco era para mí el primer escalón, y ahora me encuentro con que su esposo pretende hacerme bajar de él para sepultarme nuevamente en el lodo.
NORA.- Pero, por Dios, señor Krogstad; no puedo ayudarle.
KROGSTAD.- Lo que le falta a usted es voluntad, pero tengo la manera de obligarla.
NORA.- ¿Va usted a decir a mi marido que le debo dinero?
KROGSTAD.- ¡Caramba! ¿Y si lo hiciera?
NORA.- Sería una infamia. (Con voz llorosa). Ese secreto que es mi alegría y mi orgullo ... Saberlo él de una manera tan vil ... por usted. Me expondría a los mayores disgustos ...
KROGSTAD.- ¿Disgustos nada más?
NORA.- (Con viveza). 0, si no, hágalo; perderá más, porque así sabrá mi marido qué clase de hombre es usted, y seguramente le dejará cesante.
KROGSTAD.- Acabo de preguntar si no son más que disgustos domésticos lo que usted teme.
NORA.- Si mi marido lo sabe, pagará, naturalmente, en seguida, y nos veremos libres de usted.
KROGSTAD.- (Da un paso hacia ella). Oiga usted, señora ..., o no tiene memoria, o apenas conoce los negocios, y será necesario que la ponga al corriente.
NORA.- ¿Sí? ...
KROGSTAD.- Cuando su esposo se encontraba enfermo, me pidió usted un préstamo de mil doscientos escudos.
NORA.- No conocía a nadie más.
KROGSTAD.- Yo le prometí proporcionarle el dinero.
NORA.- Y me lo proporcionó.
KROGSTAD.- Prometí proporcionárselo con ciertas condiciones; pero entonces estaba usted tan preocupada por la enfermedad de su esposo, y tan impaciente por tener el dinero del viaje, que creo no se fijó mucho en los pormenores, y no debe extrañarle que se los recuerde. Pues bien: yo prometí proporcionarle a usted el dinero mediante un recibo que escribí.
NORA.- Sí, y que firmé.
KROGSTAD.- Bien; pero más abajo añadí algunas líneas según las cuales su padre se hacía responsable de la deuda. Esas líneas debía firmarlas él.
NORA.- ¿Debía, dice? Lo hizo.
KROGSTAD.- Yo dejé la fecha en blanco, lo cual significaba que el padre de usted debía poner la fecha de la firma. ¿Se acuerda de eso?
NORA.- Sí, creo, efectivamente ...
KROGSTAD.- Después entregué a usted el recibo para que lo enviara a su padre por correo. ¿No fue así?
NORA.- Así fue.
KROGSTAD.- Como es de suponer, lo hizo usted en seguida, porque a los cinco o seis días me devolvió el pagaré con la firma de su padre, y entonces recibió usted el préstamo ...
NORA.- ¡Bueno, sí! ¿No he ido pagando puntualmente?
KROGSTAD.- Más o menos. Pero volviendo a lo que decíamos ..., aquéllos eran seguramente malos tiempos para usted, señora.
NORA.- Sí, es verdad.
KROGSTAD.- Su padre creo que estaba muy enfermo.
NORA.- Moribundo.
KROGSTAD.- ¿Murió poco después?
NORA.- Sí, señor.
KROGSTAD.- Dígame, señora, ¿se acuerda usted por casualidad de la fecha de la muerte de su padre?
NORA.- Papá murió el veintinueve de septiembre.
KROGSTAD.- Cierto. Procuré enterarme. Y por eso no me explico (Saca un papel del bolsillo) ... cierta particularidad.
NORA.- ¿Qué particularidad?
KROGSTAD.- Lo que hay de particular, señora, es que su padre firmó el recibo tres días después de morir. (Nora guarda silencio). ¿Puede usted explicarme esto? (Nora sigue callando). Es también evidente que las palabras dos de octubre y el año no son de letra de su padre, sino de una letra que creo conocer. En fin, eso puede explicarse. Su padre se olvidaría de fechar y lo haría cualquiera antes de saber su muerte. La cosa no es muy grave, porque lo esencial es la firma. ¿Es auténtica realmente, señora? ¿Su padre fue el que escribió allí su propio nombre?
NORA.- (Después de un corto silencio levanta la cabeza y mira provocativamente). No, no fue él. Fui yo la que escribió el nombre de papá.
KROGSTAD.- ¿Usted comprende bien toda la gravedad de esa confesión?
NORA.- ¿Por qué? Dentro de poco tendrá usted su dinero.
KROGSTAD.- Permítame una pregunta. ¿Por qué no envió usted el recibo a su padre?
NORA.- Era imposible: ¡estaba tan enfermo! Para pedirle la firma, hubiera tenido que contarle para qué yo quería el dinero, y en la situación en que se encontraba no podía decirle que estaba amenazada la vida de mi esposo. ¡Era imposible!
KROGSTAD.- En ese caso hubiera sido preferible desistir del viaje.
NORA.- ¡Imposible! El viaje era la salvación de mi marido, y no podía renunciar a él.
KROGSTAD.- Pero ¿usted no comprende el fraude que cometió conmigo?
NORA.- No podía detenerme a reflexionar. ¡Bastante me cuidaba yo de usted, que me era insoportable por la frialdad con que razonaba a pesar de saber que mi marido estaba en peligro!
KROGSTAD.- Señora, evidentemente usted no tiene una idea muy clara de la gravedad del asunto. Para que lo comprenda, sólo le diré que el hecho que ha acarreado la pérdida de mi posición social no era más grave que éste.
NORA.- ¿Usted? ¿Usted quiere hacerme creer que ha sido capaz de hacer algo para salvar la vida de su esposa?
KROGSTAD.- Las leyes no se preocupan de los motivos.
NORA.- Entonces son bien malas las leyes.
KROGSTAD.- Malas o no ..., si presento este papel a la justicia, será usted juzgada según ellas.
NORA.- Lo dudo mucho. ¿No iba a tener una hija el derecho de ahorrar inquietudes y angustias a su anciano padre moribundo? ¿No iba a tener una esposa el derecho a salvar la vida de su marido? Puede que no conozca a fondo las leyes, pero tengo seguridad de que en alguna parte se consignará que esas cosas son lícitas en determinadas circunstancias. ¿Y usted, que es abogado, no sabe nada de eso? Me parece usted poco inteligente como abogado, señor Krogstad.
KROGSTAD.- Es posible; pero asuntos como los que tratamos reconocerá usted que los entiendo, ¿eh?, perfectamente. Y ahora haga usted lo que guste; pero, si yo la pago por segunda vez, usted me hará compañía. (Saluda y se va).
NORA.- (Reflexiona un momento; después mueve la cabeza). ¡Bah! ¡Pretendía asustarme! Pero no soy tan tonta. (Empieza a recoger las prendas de los niños, pero se detiene al cabo de un rato). ¡Sin embargo! ... ¡No es posible! Habiéndolo hecho por amor ...
LOS NIÑOS.- (En la puerta de la izquierda). Mamá, se ha ido ese señor.
NORA.- Sí, sí, ya lo sé. Pero no habléis a nadie de ese señor. ¿Lo oís? ¡Ni a papá!
LOS NIÑOS.- No, mamá. ¿Quieres jugar ahora?
NORA.- No, ahora no.
LOS NIÑOS.- ¡Ah! Nos lo habías prometido, mamá.
NORA.- No puedo. Marchaos; estoy muy ocupada. Andad, hermosos. (Los acompaña con cariño y cierra la puerta. Se sienta en el sofá, toma un bordado y da algunas puntadas, pero se detiene en seguida). ¡No! (Deja el bordado, se levanta, va a la puerta de entrada y llama). Elena, tráeme el árbol. (Se acerca a la mesa de la izquierda y abre el cajón). ¡No; es completamente imposible!
ELENA.- (Con el árbol de Navidad). ¿Dónde se ha de poner, señora?
NORA.- Ahí, en el medio.
ELENA.- ¿Necesita algo más?
NORA.- No, gracias; tengo lo que necesito. (Se va la doncella, después de dejar el árbol. Nora empieza a arreglarlo). Aquí hacen falta bujías y aquí flores ... ¡Qué hombre tan infamé! ¡Tonterías! Todo eso no significa nada. Ha de estar bonito el árbol de Navidad. Yo quiero hacer todo lo que tú quieres, Torvaldo; bailaré para ti, cantaré ...
(Entra Helmer con un rollo de papeles debajo del brazo).
NORA.- ¡Ah! ... ¿estás ahí?
HELMER.- Sí. ¿Ha venido alguien?
NORA.- ¿Aquí? No.
HELMER.- ¡Es raro! He visto salir de casa a Krogstad.
NORA.- ¡Ah! Sí; Krogstad ha estado aquí un momento.
HELMER.- Lo adivino; ¿ha venido para suplicarte que hables en su favor?
NORA.- Sí.
HELMER.- Y que lo hagas como cosa tuya, ocultándome que había venido. ¿No te ha pedido eso?
NORA.- Sí, Torvaldo, pero ...
HELMER.- ¡Nora, Nora! ¿Y has podido obrar así? ¡Entablar conversación con semejante persona y hacerle una promesa! ¡Y, para colmo, mentirme!
NORA.- ¿Mentir? ...
HELMER.- ¿No me has dicho que no había venido nadie? (La amenaza con el dedo). Eso no lo volverá a hacer mi pajarito cantor, ¿verdad? Las aves canoras deben tener el pico puro y limpio para gorjear bien ... sin desafinar. (La agarra de la cintura). ¿No es verdad? ... Sí, ya lo sabía yo. (La suelta). Y ni una palabra más sobre este asunto. (Se sienta delante de la chimenea). ¡Qué bien se está aquí! (Ojea los papeles. Nora sigue adornando el árbol. Pausa).
NORA.- ¡Torvaldo!
HELMER.- Di.
NORA.- Me alegro muchísimo de ir pasado mañana al baile de disfraces de los Stenborg.
HELMER.- Y yo estoy deseando saber qué sorpresa nos preparas.
NORA.- ¡Oh, qué fastidio!
HELMER.- ¿El qué?
NORA.- No encuentro un traje que valga la pena, todo es insignificante y absurdo.
HELMER.- ¡Estamos frescos! ¿Ahora sale con eso Norita?
NORA.- (Detrás de la butaca, apoyando los codos en el respaldo). ¿Tienes mucha prisa, Torvaldo?
HELMER.- ¡Oh! ...
NORA.- ¿Qué papeles son ésos?
HELMER.- Cosas del Banco.
NORA.- ¡Ya!
HELMER.- He conseguido que los directores salientes me den plenos poderes para hacer todos los cambios necesarios en el personal y en la organización de las oficinas, y pienso dedicar la semana de Navidad a ese trabajo, pues deseo que todo quede arreglado para año nuevo.
NORA.- Entonces, ¿por eso es por lo que el pobre Krogstad? ...
HELMER.- ¡Jem! ...
NORA.- (Le pasa la mano por la cabeza). Si no estuvieses tan ocupado, te pediría un favor muy grande.
HELMER.- Sepamos. ¿Qué deseas?
NORA.- No hay quien tenga tanto gusto como tú. ¡Deseo tanto presentarme bien en ese baile! ... Torvaldo, ¿no podrías decidir el traje que he de llevar?
HELMER.- ¡Vaya, vaya! La testarudita se declara vencida.
NORA.- Sí, Torvaldo, no puedo decidir nada sin ti.
HELMER.- Bien, bien, pensaré, idearé algo.
NORA.- ¡Ah, qué bueno eres! (Vuelve al árbol de Navidad. Pausa). Pero di, ¿es realmente grave lo que ha hecho Krogstad?
HELMER.- Ha cometido fraudes. ¿Sabes lo que quiere decir eso?
NORA.- ¿No ha podido hacerlos impulsado por la miseria?
HELMER.- Sí, se obra muchas veces por ligereza, y no soy tan cruel que condene sin piedad a una persona por un solo hecho de esa índole.
NORA.- No, ¿verdad, Torvaldo?
HELMER.- Más de uno puede regenerarse, a condición de confesar su crimen y de sufrir la pena.
NORA.- ¿La pena? ...
HELMER.- Pero Krogstad no ha seguido ese camino. Ha procurado salir del paso con astucias y habilidades, y eso es lo que le ha perdido moralmente.
NORA.- ¿Crees que? ...
HELMER.- Una persona así, con la conciencia de su crimen, tiene que mentir, disimular a todas horas y enmascararse hasta en el seno de la familia; sí, delante de la esposa y de los hijos. Y eso, cuando se piensa en los hijos, es espantoso.
NORA.- ¿Por qué?
HELMER.- Porque semejante atmósfera de mentira contagia con principios malsanos a toda la familia. Cada vez que respiran, los hijos absorben los gérmenes de ese mal.
NORA.- (Se acerca a él). ¿Eso es cierto?
HELMER.- ¿No ha de serlo, querida? He tenido mil ocasiones de comprobarlo como abogado. Casi todas las personas depravadas tuvieron madres mentirosas.
NORA.- ¿Por qué madres, precisamente?
HELMER.- Se debe a las madres con más frecuencia, aunque el padre, como es natural, haya obrado lo mismo. Todos los abogados lo saben perfectamente. A pesar de eso, Krogstad ha envenenado a sus hijos, durante muchos años, con su atmósfera de mentira y de disimulo, y por eso lo creo moralmente perdido. (Le tiende las manos). Y de ahí por qué mi graciosa Norita ha de prometerme no hablar en favor suyo. Prométemelo, ¿qué es eso? La mano. Así. Convenido. Te aseguro que me sería imposible trabajar con él, porque semejantes personas me producen verdadero malestar físico.
NORA.- (Retira la mano y se coloca en la parte opuesta del árbol). ¡Qué calor hace aquí! Y yo que tengo tanto que hacer ...
HELMER.- (Se levanta y recoge los papeles). Necesito repasar parte de esto antes de comer. Después pensaré en tu traje. Es posible que tenga que colgar también alguna cosa en el árbol de Navidad, envuelta en papel dorado. (Pone la mano sobre su cabeza). ¡Oh, mi lindo pajarito cantor! (Entra en su despacho y cierra la puerta).
NORA.- (En voz baja, después de una pausa). ¡No, no hay tal cosa! ¡Es imposible! ¡Tiene que ser imposible!
MARIANA.- (En la parte de la izquierda). Los niños se empeñan en venir.
NORA.- No, no, no, no les deje usted venir aquí. Vaya con ellos.
MARIANA.- Está bien, señora. (Se va).
NORA.- (Pálida de terror). ¡Pervertir a mis niños! ... ¡Envenenar el hogar! (Levanta la cabeza.) No es cierto. ¡Es falso! ¡No puede ser cierto!

TELÓN

ACTO SEGUNDO
La misma decoración. Al foro, junto al piano, está el árbol de Navidad, despojado ya de todos los objetos. Sobre el sofá, el sombrero, los guantes y el abrigo de Nora.
(Nora va de un lado a otro con inquietud; al fin, se detiene junto al sofá, toma el abrigo, medita y vuelve a dejarlo).
NORA.- ¡Alguien viene! ... (Se dirige a la puerta y escucha). No, no hay nadie. No, no, no es para hoy, día de Navidad, ni mañana tampoco ... Aunque es posible que ... (Abre la puerta y mira hacia afuera). En el buzón tampoco hay nada; está vacío. ¡Qué locura! No era seria la amenaza. No puede ocurrir semejante cosa. Tengo tres hijos.
(Mariana entra por la izquierda con una caja grande de cartón).
MARIANA.- Al fin encontré la caja del traje.
NORA.- Está bien. Póngala sobre la mesa.
MARIANA.- (Lo hace). El traje quizá no sirva tal como está.
NORA.- ¡Ah! De buena gana lo haría mil pedazos.
MARIANA.- ¡Ay, eso no! Puede arreglarse fácilmente; sólo se necesita un poco de paciencia.
NORA.- Sí, iré a rogar a la señora de Linde que me ayude.
MARIANA.- ¿Salir otra vez? ¿Con este tiempo tan malo? Va usted a resfriarse.
NORA.- No sería lo peor que pudiera ocurrirme. ¿Qué hacen los niños?
MARIANA.- Los pobrecillos están jugando con los regalos de Navidad, pero ...
NORA.- ¿Hablan mucho de mí?
MARIANA.- Están tan acostumbrados a no separarse de su mamá ...
NORA.- Sí, Mariana, pero, ya ve usted, en el futuro no podré estar con ellos.
MARlANA.- Los niños se acostumbran a todo.
NORA.- ¿Lo cree usted así? ¿Cree usted que si su mamá se marchara para siempre, la olvidarían?
MARIANA.- ¡Dios me valga! ... ¡Para siempre! ...
NORA.- Dígame, Mariana ..., yo me he preguntado muchas veces una cosa. ¿Cómo tuvo usted valor para confiar su hija a manos extrañas?
MARIANA.- ¿Qué remedio me quedaba, teniendo que criar a Norita?
NORA.- Sí, pero ¿cómo pudo usted decidirse?
MARlANA.- ¡COmo se trataba de una colocación tan buena! ¡No era poca suerte para una muchacha que había tenido una desgracia! Porque el bribón no quería hacer nada a favor mío.
NORA.- Seguramente su hija la habrá olvidado.
MARIANA.- Ni pensado. Me escribió cuando tomó la primera comunión, y luego, otra vez, cuando contrajo matrimonio.
NORA.- (Echándole los brazos al cuello). Mariana mía, usted fue una buena madre para mí, cuando era pequeña.
MARlANA.- La pobre Norita no tenía más madre que yo.
NORA.- Y si los niños llegaran a no tenerla tampoco, sé bien que usted ... ¡Todo esto es hablar por hablar! (Abre la caja). ¡Ea! Vaya usted a su lado. Yo tengo que ... Ya verá usted qué guapa me pongo mañana.
MARIANA.- En todo el baile no habrá otra más guapa que la señora; eso es indudable. (Se va por la puerta de la izquierda).
NORA.- (Abre la caja pero la rechaza en seguida). Si me atreviera a salir ... Si tuviera la seguridad de que no vendrá nadie ... Si supiera que no habría de ocurrir nada en la casa mientras tanto ... ¡Qué locura! No vendrá nadie. ¡Fuera cavilaciones! ¡A peinar el manguito! ¡A ponerse los guantes majos, los guantes majos! ¡A desechar estas ideas! Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis ... (Lanza un grito). ¡Ah!, están ahí ...
(Intenta dirigirse a la puerta, y se queda indecisa. Entra Cristina, después de dejar el sombrero y el abrigo en la antecámara).
NORA.- ¡Ah! ¿Eres tú, Cristina? ¿No viene nadie más, verdad? ¡Qué oportunamente llegas!
CRlSTINA.- He sabido que fuiste a buscarme.
NORA.- Sí, pasaba precisamente por tu casa. Quería rogarte que me ayudases. Sentémonos en el sofá, y te diré de qué se trata. Mañana hay baile de máscaras en el piso que está encima del nuestro en casa del cónsul Stenborg. Torvaldo desea que me disfrace de pescadora napolitana, y que baile la tarantela que aprendí en Capri.
CRISTINA.- ¡Vaya, vaya! Vas a dar una función completa.
NORA.- Sí, es deseo de Torvaldo. Aquí tienes el traje. Me lo mandó hacer Torvaldo; pero está tan estropeado, que realmente no sé ...
CRISTINA.- (Después de examinar el traje). Pronto se arregla. Sólo tiene descosido el adorno por algunos sitios. ¡Volando!: hilo y aguja. ¡Ah! Aquí hay de todo.
NORA.- ¡Qué buena eres!
CRISTINA.- (Cosiendo). ¿De modo que te disfrazas mañana? Oye, vendré un momento a verte. ¡También yo! ... Olvidé darte las gracias por la buena velada de ayer.
NORA.- (Se levanta y atraviesa la habitación). Me parece que ayer no se estaba aquí tan bien como de costumbre. Debías haber llegado en años anteriores, Cristina ... Torvaldo tiene la habilidad de hacer agradable la casa.
CRISTINA.- Y tú también ...; no negarás que eres hija de tu padre. Pero, dime, ¿el doctor Rank continúa tan abatido como ayer?
NORA.- No, ayer lo estaba más que de costumbre. El infeliz padece una afección terrible de la médula espina. Su padre era un hombre repugnante, que tenía queridas y ... todavía podría decirse algo más. Por eso está el hijo enfermo desde la infancia, como comprenderás.
CRISTINA.- (Deja caer la labor). Pero ¿quién te cuenta semejantes cosas, Nora?
NORA.- ¡Bah! ... Cuando una ha tenido tres hijos, recibe visitas de ciertas señoras que son medio médicos y que cuentan muchas cosas.
CRISTINA.- (Reanuda la costura. Pausa). ¿Viene todos los días el doctor Rank?
NORA.- Todos los días. Es nuestro mejor amigo. El doctor Rank es, por decirlo así, de la casa.
CRISTINA.- ¿Es completamente sincero? Quiero decir ..., si es amigo de lisonjas.
NORA.- Es todo lo contrario. ¿Por qué se te ocurre esa idea?
CRISTINA.- Ayer, cuando me lo presentaste, aseguró que había oído aquí con frecuencia mi nombre, y, sin embargo, advertí luego que tu marido no tenía la menor noticia de mí. ¿Cómo se explica entonces que el doctor Rank haya podido ...?
NORA.- Tienes razón, Cristina. Torvaldo me ama extraordinariamente y quiere que yo sea sólo de él, como dice. Al principio le daba celos el oírme hablar de las personas queridas que me rodeaban antes, y, naturalmente, me abstuve de hacerlo desde entonces, pero con el doctor Rank hablo a menudo de ellas. Le distrae oírme.
CRISTINA.- Escúchame bien, Nora. Tú eres una niña en más de un concepto; yo tengo más edad que tú y algo más de experiencia, y voy a darte un consejo a propósito del doctor Rank: te convendría poner fin a todo esto.
NORA.- ¿Poner fin a qué?
CRlSTINA.- A muchas cosas. Ayer me hablabas de un admirador rico que debía proporcionarte dinero.
NORA.- Es verdad; pero ese admirador no existe ... por desgracia. ¿Qué otra cosa?
CRISTINA.- ¿Es rico el doctor Rank?
NORA.- Sí, tiene fortuna.
CRlSTINA.- ¿Y familia?
NORA.- Ninguna; ¿pero ...?
CRISTINA.- ¿Y viene aquí diariamente?
NORA.- Ya sabes que sí.
CRISTINA.- ¿Y cómo comete esa indelicadeza un hombre caballeroso?
NORA.- No te comprendo poco ni mucho.
CRISTINA.- No disimules, Nora. ¿Crees que no adivino a quién pediste los mil doscientos escudos?
NORA.- ¿Has perdido el juicio? ¿Puedes creer de veras semejante cosa? ¡A un amigo, que viene aquí todos los días! ¡Pues no sería violenta la situación!
CRISTINA.- Entonces, ¿de veras no es él?
NORA.- ¡Claro que no! Ni un solo instante se me ha ocurrido semejante idea. Además, él no podía prestar dinero en aquella época; lo ha heredado después.
CRISTINA.- Ha sido una suerte para ti, querida Nora.
NORA.- No, mujer; jamás se me ocurrió la idea de pedir al doctor ... Y eso que estoy segura de que si le pidiera ...
CRISTINA.- Pero, naturalmente, no lo harás.
NORA.- Por supuesto. Tampoco creo que sea necesario; pero estoy segurísima de que si yo le hablase al doctor Rank ...
CRISTINA.- ¿Sin saberlo tu esposo?
NORA.- Es menester salir de esta situación. También lo pedí sin que él lo supiera. Es preciso que esto concluya.
CRISTINA.- Ya te lo decía ayer; pero ...
NORA.- (Va de un lado para otro). Un hombre puede resolver más fácilmente esta clase de asuntos que una mujer ...
CRlSTINA.- Si hablas del marido, sí.
NORA.- ¡Tonterías! (Se detiene). Cuando se ha pagado todo, ¿se devuelve el recibo, no es eso?
CRISTINA.- Naturalmente.
NORA.- Y puede romperse en mil pedazos y quemarse ... ¡el inmundo papel!
CRISTINA.- (La mira con fijeza; abandona la labor y se levanta lentamente). Nora, tú me ocultas algo.
NORA.- ¿Me lo conoces en la cara?
CRISTINA.- Desde ayer por la mañana ha ocurrido alguna cosa. Nora, dime de qué se trata.
NORA.- (Se vuelve hacia ella). ¡Cristina! (Escuchando). ¡Silencio! Torvaldo está ahí. Ve al cuarto de los niños. Torvaldo no puede verte coser. Di a Mariana que te ayude.
CRISTINA.- (Recoge parte de la labor). Bueno; pero no me iré hasta que me lo hayas contado todo con franqueza.
(Mutis por la izquierda; al mismo tiempo entra Helmer por la puerta de la antecámara).
NORA.- (Va al encuentro de Helmer). ¡Con qué impaciencia te esperaba, querido Torvaldo!
HELMER.- ¿Era la costurera?
NORA.- No, era Cristina, que me está ayudando a arreglar el traje ... ¡Ya verás qué golpe doy!
HELMER.- Sí, he tenido una buena idea.
NORA.- ¡Soberbia! Pero yo también tengo el mérito de tratar de complacerte.
HELMER.- (Acariciándose la barba). ¿Mérito? ... ¿Por complacer a tu marido? Vamos, vamos loquilla, ya sé que no es eso lo que querías decir. Pero no quiero interrumpirte; tendrás que probarte el vestido, supongo.
NORA.- ¿Y tú? ¿Vas a trabajar?
HELMER.- Sí. (Enseña papeles). Mira; he ido al Banco. (Va a entrar en el despacho).
NORA.- Torvaldo.
HELMER.-(Se detiene). ¿Decías? ...
NORA.- ¿Si la ardillita te suplicara encarecidamente una cosa? ...
HELMER.- ¿Qué?
NORA.- ¿La harías?, di.
HELMER.- Ante todo necesito saber de qué se trata.
NORA.- Si tú quisieras ser complaciente y amable, la ardillita brincaría y haría todo lo que tú quisieras.
HELMER.- Habla de una vez.
NORA.- La alondra gorjearía en todos los tonos.
HELMER.- La alondra no hace más que eso.
NORA.- Bailaría para distraerte como las sílfides a la luz de la luna.
HELMER.- Nora ... ¿no será aquello de que hablaste esta mañana?
NORA.- (Acercándose). Sí, Torvaldo ... ¡Hazme este favor!
HELMER.- ¿Y tienes valor para volver a hablar de ese asunto?
NORA.- Sí, sí, tienes que acceder; deseo que Krogstad conserve su puesto en el Banco.
HELMER.- Mi querida Nora, he destinado esa plaza a la señora de Linde.
NORA.- Te lo agradezco mucho; pero, bueno, no tienes más que dejar cesante a otro en vez de Krogstad.
HELMER.- ¡Eso es una terquedad que pasa de la raya! Porque ayer hiciste irreflexivamente una promesa, quieres que ...
NORA.- No es por eso, Torvaldo. Es por ti. Me has dicho que ese hombre escribe en los peores periódicos ... ¡Podrá hacerte daño! ¡Me inspira un miedo espantoso!
HELMER.- ¡Oh! Ya comprendo ... Te acuerdas de otras épocas y te asustas.
NORA.- ¿A qué aludes?
HELMER.- Piensas evidentemente en tu padre.
NORA.- Eso; sí. Acuérdate de todo lo que escribieron en los periódicos contra papá personas viles ... y de todas las calumnias que lanzaron contra él. Creo que lo habrían destituido, de no haberte enviado el Ministerio para hacer el informe.
HELMER.- Norita mía, existe una gran diferencia entre tu padre y yo. Tu padre no era funcionario inatacable; yo sí, y espero continuar siéndolo mientras conserve mi posición.
NORA.- ¡Oh, quién sabe lo que son capaces de inventar las malas lenguas! ¡Podríamos vivir tan bien, tan tranquilos, tan contentos, en nuestro apacible nido, tú, los niños y yo! Por eso es por lo que te suplico con tanta insistencia.
HELMER.- Pues precisamente por hablarme tú en su favor me es imposible acceder. Ya se sabe en el Banco que va a quedarse cesante, y si ahora se supiera que la mujer del nuevo director le había hecho variar de opinión ...
NORA.- ¿Qué?
HELMER.- No, poco importa, naturalmente, con tal de que tú te salgas con la tuya. ¿Te parece bien que me ponga en ridículo a los ojos de todo el personal? ... Dar a entender que soy susceptible a toda clase de influencias extrañas? Puedes estar segura de que no tardarían en hacerse sentir las consecuencias. Y, además, hay otra razón que hace imposible la permanencia de Krogstad en el Banco mientras yo sea director.
NORA.- ¿Cuál?
HELMER.- En lo que respecta a su mancha moral, yo, en rigor, hubiera podido ser indulgente ...
NORA.- ¿Sí, verdad, Torvaldo?
HELMER.- Sobre todo después de saber que es un buen empleado; pero le conozco hace mucho tiempo. Es una de esas amistades de la juventud, contraída a la ligera y que después nos estorban frecuentemente en la vida. Para decírtelo todo, nos tuteamos. Y ese hombre tiene tan poco tacto, que no disimula en presencia de otras personas, sino que, por el contrario, cree que tiene derecho a usar conmigo de un tono familiar, y siempre está tú por arriba, tú por abajo. Te juro que eso me molesta mucho, y haría intolerable mi situación en el Banco.
NORA.- Torvaldo, tú no piensas una palabra de lo que dices.
HELMER.- ¿Por qué no?
NORA.- Porque sería un motivo mezquino.
HELMER.- ¿Qué dices? ¿Mezquino? ¿Me juzgas mezquino?
NORA.- No, al revés, querido Torvaldo, y por eso ...
HELMER.- Es lo mismo. Tú dices que son mezquinos mis motivos; por consiguiente, debo serio yo. ¿Mezquino? ¿De veras? Es tiempo de que esto concluya. (Llamando). ¡Elena!
NORA.- ¿Qué vas a hacer?
HELMER.- (Buscando entre los papeles). A tomar una resolución.
HELMER.- Tenga usted esta carta. Salga en seguida a buscar un mozo para que la lleve. ¡Inmediatamente! Las señas van puestas. Tome usted el dinero.
ELENA.- Bien, señorito. (Se va con la carta).
HELMER.- (Arrollando los papeles). ¡Ea!, señora terca.
NORA.- (Con voz ahogada.) ¿Qué hay en ese sobre?
HELMER.- El cese de Krogstad.
NORA.- ¡Recógela, Torvaldo! Todavía es tiempo. ¡Oh Torvaldo, recógela! ¡Hazlo por mí, por ti, por los niños! ¡Óyeme, Torvaldo! ..., ¡haz eso! No sabes la desgracia que puede acarreamos a todos.
HELMER.- Es demasiado tarde.
NORA.- Sí, demasiado tarde.
HELMER.- Querida Nora, te perdono esa angustia, aun cuando no sea otra cosa que una injuria a mí. ¡Sí, lo es! ¿No es una injuria creer que yo podría temer la venganza de un abogaducho perdido? Pero te lo perdono de todos modos, porque eso demuestra el gran cariño que me tienes. (La toma en brazos). Es preciso, adorada Nora. Suceda lo que suceda. En los momentos graves, tengo fuerzas y valor, y arrostro todas las responsabilidades.
NORA.- (Asustada). ¿Qué quieres decir?
HELMER.- He dicho todas las responsabilidades.
NORA.- (Con acento firme). ¡Jamás, jamás harás eso!
HELMER.- Bien; pues las compartiremos, Nora, como marido y mujer. Así debe ser. (La acaricia). ¿Estás contenta ahora? Vamos, vamos, nada de miradas de paloma asustada. Todo es pura fantasía. Ahora debes tocar la tarantela y ensayar con la pandereta. Yo me encerraré en mi despacho; y desde allí no oiré nada. Puedes hacer todo el ruido que quieras, y cuando venga Rank le dices dónde estoy. (Le hace una seña con la cabeza, entra en el despacho llevando los papeles, y cierra la puerta).
NORA.- (Sumamente angustiada, permanece inmóvil y dice a media voz). Sería capaz de hacerlo. Lo hará a pesar de todo. ¡Jamás, oh, jamás! ¡Antes cualquier cosa! ... ¡Valor! ... ¡Un pretexto! (Llaman). ¡El doctor Rank! ... ¡Antes cualquier cosa!, ¡cualquiera! (Se pasa la mano por la frente procurando tranquilizarse y va a abrir la puerta de entrada. Se ve al doctor RANK colgando el abrigo. Empieza a anochecer). ¡Buenas tardes, doctor! Le he conocido a usted en el modo de llamar. No entre usted ahora en el despacho de Torvaldo; está ocupado.
RANK.- ¿Y usted?
NORA.- (Mientras, entra el doctor y ella cierra la puerta). ¡Oh!, ya sabe ... para usted siempre tengo un momento.
RANK.- ¡Gracias! Me aprovecharé todo el tiempo que pueda.
NORA.- ¿Cómo todo el tiempo que pueda?
RANK.- Sí. ¿Se asusta usted?
NORA.- La frase es algo extraña. ¿Es que va a ocurrir algo?
RANK.- Lo que he previsto hace mucho tiempo; pero no he creído que fuera tan pronto.
NORA.- (Le agarra de un brazo). ¿Qué sucede? ¿Qué le han dicho a usted? Doctor, tiene usted que contármelo.
RANK.- (Sentándose cerca de la chimenea). Estoy al fin de la pendiente. Ya no hay nada que hacer.
NORA.- (Aliviada). ¿Se trata de usted? ...
RANK.- Pues ¿de quién? ¿A qué engañarme a mí mismo? Soy el más miserable de todos mis pacientes ... Estos días he hecho el examen general de mi estado. ¡Es la bancarrota! Antes de un mes estaré quizá convertido en un puñado de tierra ...
NORA.- ¡Qué disparate! ¡Vaya una manera tan fea de hablar!
RANK.- Es que la cuestión es horriblemente fea. Lo peor, sin embargo, son los horrores que han de preceder. No me queda ya más que hacer un solo examen, y en cuanto lo haga, sabré sobre poco más o menos cuándo empezará el desenlace. Deseo decirle una cosa: Helmer, con su temperamento delicado, tiene horror a todo lo feo. No quiero verlo a mi cabecera.
NORA.- ¡Oh, pero, doctor! ...
RANK.- No quiero. Bajo ningún pretexto. Le cerraría la puerta de mi casa. Tan pronto como tenga la certidumbre de la catástrofe, le enviaré a usted mi tarjeta de visita señalada con una cruz negra, y así sabrá usted que ha empezado el desastre.
NORA.- No; hoy está usted tremendo. Y yo que tenía tanta necesidad de que estuviera usted de buen humor ...
RANK.- ¿Con la muerte ante los ojos? ... (Pausa). ¿Y pagar por otro? ¿Es eso justicia? En cada familia hay de una u otra manera una liquidación de ese género ...
NORA.- (Se tapa los oídos). ¡Silencio! ¡Estamos alegres, estamos alegres!
RANK.- La verdad es que es cosa de risa. Mi espina dorsal, la pobre inocente, debe sufrir aún a causa de la alegre vida que hizo mi padre cuando era teniente.
NORA.- (A la izquierda, cerca del velador). ¿Le gustaban demasiado los espárragos y los pasteles, verdad?
RANK.- Sí, y las trufas.
NORA.- ¡Ah, sí!, las trufas, ¿y también las ostras?
RANK.- Y las ostras, naturalmente.
NORA.- Y tragos de oporto y de champaña ... Es lamentable que todas esas cosas tan buenas ataquen la espina dorsal.
RANK.- Especialmente cuando destruyen a una infeliz espina dorsal que jamás disfrutó de ellas.
NORA.- ¡Ah, sí!, ¡eso es lo más triste!
RANK.- (La mira atentamente). ¡Hum! ...
NORA.- (Después de una pausa). ¿Por qué se sonríe usted?
RANK.- Si es usted la que se ha sonreído ...
NORA.- No, doctor, le juro que ha sido usted.
RANK.- (Se levanta). Es usted más bromista de lo que suponía.
NORA.- Es que hoy me encuentro tan dispuesta a decir locuras ...
RANK.- Ya se advierte.
NORA.- (Poniendo la mano sobre los hombros del doctor). Querido, querido doctor. No hay que morirse y abandonamos a Torvaldo y a mí.
RANK.- ¡Oh! Será una desgracia de la que se consolarán ustedes pronto. ¡Se olvida con tanta facilidad a los que mueren! ...
NORA.- (Mirándolo con inquietud). ¿Cree usted? ...
RANK.- Se adquieren nuevas relaciones, y después ...
NORA.- ¿Que se adquieren nuevas relaciones?
RANK.- Usted y Helmer lo harán así, tan pronto como yo desaparezca. Usted ya me parece que ha empezado. ¿Qué tenía que hacer aquí anoche la señora de Linde?
NORA.- ¡Ah! ... No irá usted a tener celos de la pobre Cristina.
RANK.- Sí, los tengo. Será mi sucesora en la casa. Cuando yo muera, esa señora ...
NORA.- ¡Silencio! No hable tan alto, que está aquí.
RANK.- ¿También hoy? Ya lo ve usted.
NORA.- Ha venido a arreglar mi traje. ¡Dios mío, qué incomprensible está usted hoy! (Se sienta en el sofá). Ahora hay que ser juiciosos, doctor. Mañana verá con qué gracia bailo y podrá usted decir que no lo hago más que por usted ... sí, y por Torvaldo, ¡claro está! (Saca varias cosas de la caja). Doctor, venga a sentarse, para que le enseñe algo ...
RANK.- (Se sienta). ¿Qué va a enseñarme?
NORA.- No tiene usted más que mirar ... ¡Vea usted!
RANK.- Medias de seda.
NORA.- Color carne. ¿No es cosa bonita? Ahora está demasiado oscuro; pero mañana ... No, no, no; usted no verá más que los pies. Sin embargo, si por casualidad viera usted algo más.
RANK.- ¡Hum! ...
NORA.- ¿Por qué pone usted ese gesto de duda? ¿No cree que me sentarán bien?
RANK.- ¿En qué he de fundarme?
NORA.- (Lo mira un momento). ¡Váyase usted a paseo! ¡Qué mala persona! (Sacudiéndole ligeramente una oreja con las medias). Esto es lo que usted merece. (Las vuelve a guardar en la caja).
RANK.- ¿Qué otras maravillas hay que ver?
NORA.- Ninguna; usted no tiene que ver ya nada, por no tener juicio. (Registra la caja tarareando).
RANK.- (Después de una breve pausa). Cuando estoy aquí con usted, en plan de familia, no acierto a comprender ... No, no comprendo qué hubiera sido de mí si no hubiese venido a esta casa nunca.
NORA.- (Sonríe). La verdad es que le va a usted aquí muy ricamente.
RANK.- (Baja la voz y mira confiesa hacia adelante). Y tener que abandonar todo esto ...
NORA.- ¡Tonterías! ¡Qué ha de abandonamos usted! ...
RANK.- (Como antes). Y no dejar tras sí el más leve motivo de gratitud ..., no dejar a lo sumo más que una pena pasajera ..., no dejar más que un puesto vacío, que podrá ocupar el primero que llegue.
NORA.- ¿Y si yo le pidiera a usted ...? No ...
RANK.- ¿Si me pidiera usted qué? ...
NORA.- Una gran prueba de cariño.
RANK.- Sí, ¿qué?
NORA.- Es decir, un servicio inmenso.
RANK.- ¿Me proporcionará alguna vez esa gran alegría?
NORA.- Sí; pero usted no puede suponer siquiera de qué se trata.
RANK.- Vamos a ver. Hable.
NORA.- No, no puedo, doctor; ¡es cosa tan enorme!, un consejo, una ayuda y un servicio a la vez ...
RANK.- Tanto mejor. No sospecho qué pueda ser; pero termine de hablar. ¿No tiene usted confianza en mí?
NORA.- Como en nadie. Ya sé que es usted mi mejor y mi más leal amigo, y por eso voy a decírselo todo. Pues bien, doctor, tiene que ayudarme a evitar una cosa. Usted sabe lo que me quiere Torvaldo, que no vacilaría un instante en dar su vida por mí.
RANK.- (Se inclina hacia ella). Nora ... ¿Cree usted que él es el único?
NORA.- (Haciendo un ligero movimiento). ¿Cómo?
RANK.- ¿El único que daría la vida con alegría por usted?
NORA.- (Tristemente). Pero ¿de veras? ...
RANK.- He jurado que lo sabría usted antes de morir yo. Jamás hubiera encontrado mejor oportunidad. Sí, Nora, ya lo sabe usted, y es tanto como decirle que puede confiarse a mí como a nadie.
NORA.- (Se levanta tranquilamente). Déjeme usted.
RANK.- (Deja paso, pero sin levantarse). ¡Nora!
NORA.- (En la puerta de entrada). Elena, trae la lámpara. (Se dirige hacia la chimenea). ¡Oh, querido doctor! ¡Qué mal hace!
RANK.- ¿Es un mal haberla amado con todo mi corazón?
NORA.- No, sino haberlo confesado. Bastante era ...
RANK.- ¿Qué quiere usted decir? ¿Que lo sabía? (Entra la doncella con la lámpara, la deja en la mesa y se va). Nora ..., señora ..., le pregunto a usted si lo sabía.
NORA.- ¿Sé yo acaso ...? No puedo decírselo a usted ... ¡Cómo ha podido usted cometer tal torpeza, doctor! Iba todo tan bien ...
RANK.- En fin, ahora tiene usted la certidumbre de que estoy a su disposición en cuerpo y alma. ¿Quiere usted hablar?
NORA.- (Lo mira). ¿Después de lo que acaba de declararme?
RANK.- Por favor, dígame de qué se trata.
NORA.- Asunto concluido. No sabrá usted nada.
RANK.- ¡Sí, sí! No me castigue de ese modo. Déjeme ayudarla hasta donde sea humanamente posible.
NORA.- Ahora ya no puede usted hacer nada por mi ... Además, no necesito de nadie. Como usted comprenderá, son simples caprichos, y no otra cosa. ¡Eso es evidente! (Se sienta en la mecedora y le mira sonriendo). Realmente, es usted lo que se llama un pícaro redomado, doctor Rank. ¿No le da a usted vergüenza ahora que está encendida la lámpara y nos vemos las caras?
RANK.- A decir verdad, no. Pero ¿es cosa de que me marche ... para siempre?
NORA.- Ni soñarlo. Vendrá usted, naturalmente, como antes, porque sabe bien que Torvaldo no puede pasarse sin usted.
RANK.- Sí, pero ¿y usted?
NORA.- ¿Yo? Veo todo con tan buenos ojos cuando está usted aquí ...
RANK.- Eso es precisamente lo que me ha inducido a error. ¡Es usted tan enigmática! Me ha parecido muchas veces que usted se complacía en estar conmigo tanto como con Helmer.
NORA.- Y es cierto, porque hay personas amadas y personas agradables.
RANK.- Es verdad.
NORA.- Cuando estaba en mi casa quería a papá sobre todo, naturalmente, pero mi mayor placer era bajar a escondidas al cuarto de las criadas, porque no me sermoneaban nunca, y andaban siempre contándose unas a otras cosas tan divertidas ...
RANK.- ¡Ah, divinamente! ¿De modo que he sustituido a las criadas?
NORA.- (Se levanta con viveza y corre hacia él). No, por Dios, querido doctor, no es eso lo que he querido decir; pero usted puede suponer que ahora me pasa con Torvaldo lo mismo que con papá.
ELENA.- (Saliendo de la antecámara). ¡Señora! (Le habla al oído y le entrega una tarjeta).
NORA.- (Mira la tarjeta). ¡Ah! (La guarda en el bolsillo).
RANK.- ¿Alguna cosa enojosa?
NORA.- No, nada de eso; es ... es mi nuevo traje ...
RANK.- ¿Cómo? ¡Pues si está ahí!
NORA.- Bien, sí, ése; pero es otro. Lo he encargado yo ... Torvaldo no sabe nada ...
RANK.- ¡Ah! Era ése el gran secreto.
NORA.- ¡Claro! Vaya usted corriendo al lado de Torvaldo y no le deje venir ...
RANK.- Esté usted tranquila; no se me escapará. (Pasa a las habitaciones de Helmer).
NORA.- (A la doncella). ¿Y espera en la cocina?
ELENA.- Sí, señora; ha subido por la escalera de servicio ...
NORA.- ¿No le has dicho que tenía visita?
ELENA.- Sí; pero ha sido inútil.
NORA.- ¿No ha querido marcharse?
ELENA.- No; dice que no se irá hasta después de hablar con la señora.
NORA.- Bien. Pues que pase; pero sin hacer ruido, y no se lo digas a nadie, Elena; es una sorpresa para el señor.
ELENA.- Sí, sí, comprendo ... (Se va).
NORA.- ¡Va a estallar el trueno gordo! Aquí lo tenemos. ¡No, no, no, no puede, no debe ocurrir semejante cosa!
(Cierra con llave la puerta del despacho de Helmer. Después entran la doncella y Krogstad. Éste en traje de viaje, con botas recias y gorra de pieles).
NORA.- (Se adelanta hacia Krogtad). Hable bajo, que está ahí mi marido.
KROGSTAD.- No hay inconveniente.
NORA.- ¿Qué quiere usted?
KROGSTAD.- Decirle una cosa.
NORA.- ¡Hable pronto! ¿Qué desea decirme?
KROGSTAD.- ¿Usted sabe que he recibido el cese?
NORA.- No he podido evitarlo, señor Krogstad. He defendido su causa cuanto me ha sido posible, pero todos mis esfuerzos han resultado inútiles.
KROGSTAD.- ¿Tan poco la ama a usted su marido? Sabe lo que puede ocurrir, y, a pesar de eso, se atreve ...
NORA.- ¿Cómo puede usted suponer que lo sepa?
KROGSTAD.- Realmente no lo he creído nunca, porque no es persona que tenga tanto valor mi buen Torvaldo Helmer.
NORA.- Señor Krogstad, exijo que se respete a mi marido.
KROGSTAD.- Se supone. Se le respeta cuanto es debido. Pero puesto que usted pone tanto empeño en ocultar este asunto, me permito suponer que está usted mejor informada que ayer respecto a la gravedad de lo que hizo.
NORA.- Mejor informada de lo que hubiera podido estarlo por usted.
KROGSTAD.- Efectivamente, un jurista tan malo ...
NORA.- ¿Qué quiere usted?
KROGSTAD.- Nada. Ver sólo cómo se encuentra, señora, he pasado todo el día pensando en usted. Por más que uno sea un abogaducho, un ..., en fin, un sujeto como yo, no deja de tener algo que se llama corazón, después de todo.
NORA.- Demuéstremelo usted; piense en mis hijos.
KROGSTAD.- ¿Ha pensado en los míos su marido? Pero importa poco. Yo sólo quería decirle que no tomara la cosa muy por lo trágico, pues por el momento, no he de presentar ninguna acusación contra usted.
NORA.- ¿No, verdad? Estaba segura.
KROGSTAD.- Se puede terminar este asunto amistosamente, sin que se enteren otras personas. Todo puede quedar entre nosotros tres.
NORA.- Mi marido no debe saber nada nunca ...
KROGSTAD.- ¿Cómo va usted a impedirlo? ¿Acaso puede pagar el resto de la deuda?
NORA.- Inmediatamente, no.
KROGSTAD.- ¿Ha encontrado quizá manera de adquirir dinero estos días?
NORA.- No. Medio que me avenga a emplear, ninguno.
KROGSTAD.- Además, no le serviría a usted de nada; no he de devolverle el pagaré por todo el dinero del mundo.
NORA.- Explíqueme entonces cómo quiere utilizarlo.
KROGSTAD.- Deseo conservarlo, simplemente; tenerlo en mi poder; pero ningún extraño sabrá nada. De manera que si había pensado usted en alguna resolución desesperada ...
NORA.- Sí que he pensado.
KROGSTAD.- ... en abandonarlo todo y huir ...
NORA.- Lo he pensado, sí.
KROGSTAD.- ... o en algo peor todavía ...
NORA.- ¿Cómo?
KROGSTAD.- ... renuncie a esas ideas.
NORA.- Pero ¿cómo sabe usted que las tengo?
KROGSTAD.- Casi todos las tenemos al principio. Yo las tuve como los demás; pero confieso que me faltó valor.
NORA.- (Con voz sorda). ¡A mí también!
KROGSTAD.- (La tranquiliza). ¿No es verdad? A usted también le falta valor.
NORA.- Sí.
KROGSTAD.- Además, sería una solemne tontería, porque, pasada la primera tempestad conyugal ... Aquí, en el bolsillo, traigo una carta para su esposo ...
NORA.- ¿Se lo cuenta usted todo?
KROGSTAD.- Con las mayores atenuaciones posibles.
NORA.- (Con precipitación). No verá esa carta. Rómpala y yo buscaré el dinero para pagarle.
KROGSTAD.- Dispénseme, señora, pero creo haberle dicho hace un momento ...
NORA.- ¡Oh! No hablo del dinero que le debo a usted. Dígame cuánto piensa pedir a mi marido y se lo entregaré yo.
KROGSTAD.- No pido dinero a su marido.
NORA.- ¿Qué pide entonces?
KROGSTAD.- Se lo diré. Quiero prosperar, señora, quiero hacer fortuna; y ha de ayudarme su marido. Durante año y medio no he cometido ningún acto deshonroso; durante todo ese tiempo he luchado con las más duras dificultades. Estaba satisfecho con volver a subir paso a paso. Ahora me dejan cesante y no me basta ya que me repongan por favor. Quiero prosperar, digo. Quiero entrar en el Banco ... en mejores condiciones que antes; su marido tiene que crear una plaza para mí ...
NORA.- ¡Eso no lo hará nunca!
KROGSTAD.- Lo hará; le conozco ... no se atreverá a pestañear, y, conseguido esto, ya verá usted. Antes de un año seré la mano derecha del director. Quien dirigirá el Banco será Enrique Krogstad y no Torvaldo Helmer.
NORA.- Jamás ocurrirá semejante cosa.
KROGSTAD.- ¿Querría usted acaso ...?
NORA.- Tengo valor para arrostrar ...
KROGSTAD.- ¡Oh! No me asusta usted. Una dama distinguida y delicada como usted ...
NORA.- ¡Ya lo verá usted, ya lo verá!
KROGSTAD.- ¿Bajo el hielo acaso? ¿En el abismo húmedo, frío y sombrío? Y volver a la superficie en la primavera, desfigurada, desconocida, sin cabello ...
NORA.- No me asusta usted.
KROGSTAD.- Ni usted a mí. No se hacen esas cosas, señora. ¿Ya qué conducirán, además? De todos modos, lo tengo en el bolsillo.
NORA.- Cuando yo no exista ...
KROGSTAD.- Si usted se suicida, estará en mis manos su memoria. (Nora lo mira perpleja). Conque ya está usted advertida. ¡Nada de bobadas! Cuando Helmer reciba mi carta, se apresurará a contestarme. Y acuérdese usted bien de que su marido es quien me obliga a dar este paso. Esto no se lo perdonaré nunca. ¡Adiós señora! (Se va).
NORA.- (Entreabre con preocupación la puerta del vestíbulo y escucha). Se ha marchado. No le enviará la carta. ¡No, no es posible! (Abre la puerta más cada vez). ¿Qué es esto? Se ha detenido. Reflexiona. ¿Irá a ...? (Se oye caer una carta en el buzón, y después los pasos de Krogstad, cuyo ruido va extinguiéndose conforme baja la escalera. Nora reprime un grito y vuelve corriendo hasta el velador. Un momento de silencio). ¡Está en el buzón! (Vuelve sigilosamente a la puerta de la antecámara). ¡Está ahí! ¡Torvaldo. Torvaldo ... nos hemos perdido!
CRISTINA.- (Entra con el traje por la puerta de la izquierda). No he podido hacer más. ¿Quieres probártelo?
NORA.- (Bajo, con voz ahogada). Cristina, ven aquí.
CRISTINA.- (Dejando el vestido sobre el sofá). ¿Qué tienes? Pareces completamente trastornada.
NORA.- Ven aquí. ¿Ves esa carta? ¿Ahí, al través de la abertura del buzón?
CRISTINA.- Sí, la veo perfectamente.
NORA.- Esa carta es de Krogstad.
CRISTINA.- ¡Nora! ... ¿Fue Krogstad quien te prestó el dinero?
NORA.- Sí. Lo sabrá todo Torvaldo.
CRISTINA.- Créeme, Nora, es lo mejor para vosotros dos.
NORA.- Es que no lo sabes todo; he puesto una firma falsa.
CRISTINA.- ¡Gran Dios! ¿Qué dices?
NORA.- ¡Ahora oye, Cristina! Oye lo que voy a decirte; necesito que me sirvas de testigo.
CRISTINA.- ¿De qué? ¡Di!
NORA.- Si yo me volviese loca ..., y bien puede llegar el caso ...
CRISTINA.- ¡Nora!
NORA.- O si me ocurriera alguna desgracia ... y no estuviese aquí para ...
CRISTINA.- ¡Nora, Nora, has perdido el juicio!
NORA.- Si hubiera entonces alguien que quisiera atribuirse toda la culpa ... ¿comprendes?
CRISTINA.- Sí, pero ¿cómo puedes creer? ...
NORA.- En ese caso debes declarar que es falso, Cristina. No estoy loca; estoy en mi sano juicio, y te digo: ninguna otra persona lo supo; obré sola, absolutamente sola. Acuérdate de esto.
CRISTINA.- Bien, lo recordaré; pero no comprendo ...
NORA.- ¡Ah! ¿Cómo vas a comprender? Es que va a realizarse un prodigio.
CRISTINA.- ¿Un prodigio?
NORA.- Sí, un prodigio. ¡Pero es tan terrible! ... Cristina, es preciso que no ocurra tal cosa; no quiero, a ningún precio.
CRISTINA.- Voy a hablar con Krogstad ahora mismo.
NORA.- No vayas a verle; lo pasarías mal.
CRISTINA.- Hubo un momento en que hubiera hecho el mayor sacrificio del mundo por complacerme.
NORA.- ¿Él?
CRISTINA.- ¿Dónde vive?
NORA.- ¿Qué sé yo? ... Digo, sí. (Se registra el bolsillo). Aquí está su tarjeta. ¡Pero la carta! ...
HELMER.- (Llamando a la puerta que comunica con sus habitaciones). ¡Nora!
NORA.- (Grita angustiada). ¿Qué ocurre? ¿Qué quieres?
HELMER.- ¡Vamos, vamos! No te asustes, es que no podemos entrar: has cerrado la puerta. ¿Te estás probando el vestido?
NORA.- Sí, sí, estoy probándomelo. Voy a estar muy guapa, Torvaldo ...
CRISTINA.- (Después de mirar la tarjeta). Vive muy cerca de aquí, en la esquina de esta calle.
NORA.- Sí, pero ¿de qué sirve? Estamos perdidos. La carta está en el buzón.
CRISTINA.- ¿Tiene la llave tu marido?
NORA.- Siempre.
CRISTINA.- Krogstad puede reclamar la carta antes de que sea leída, inventando un pretexto cualquiera.
NORA.- Pero es precisamente la hora en que Torvaldo acostumbra ...
CRISTINA.- Entretanto, ve a su habitación. Yo volveré lo antes posible. (Se va precipitadamente por la puerta del vestíbulo).
NORA.- (Se acerca a la puerta de Helmer, la abre y mira). ¡Torvaldo!
HELMER.- (Desde dentro). Vaya, al fin se puede entrar. Ven, Rank, vamos a ver ... (Apareciendo). Pero ¿en qué quedamos?
NORA.- ¿Qué, querido Torvaldo?
HELMER.- Rank me había preparado para asistir a una gran exhibición del traje.
RANK.- (Se presenta). Así lo había comprendido; pero, por lo visto, me he engañado.
NORA.- De medio a medio. Hasta mañana nadie me verá con todas mis galas.
HELMER.- ¡Qué mala cara tienes, Nora! ¿Es que te has fatigado ensayando el baile?
NORA.- No, no he ensayado todavía.
HELMER.- Pues no habrá más remedio.
NORA.- Sí, Torvaldo, es indispensable; pero no puedo dar un paso sin ti. Lo he olvidado por completo.
HELMER.- Bien, te ayudaremos.
NORA.- ¿Sí, verdad? Al fin vas a ocuparte de mí, Torvaldo. ¿Me lo prometes? ¡Estoy tan intranquila! Esa reunión ... ¡Nada de negocios esta noche, nada de letras! ¿Eh, quieres?
HELMER.- Te lo prometo. Esta noche estoy completamente a tu disposición ... atolondradilla. ¡Ah, es verdad! Primero tengo que ver una cosa. (Se dirige hacia la puerta del vestíbulo).
NORA.- ¿Qué vas a hacer?
HELMER.- A ver si han venido cartas.
NORA.- No, Torvaldo, no vayas.
HELMER.- ¿Por qué?
NORA.- Te lo suplico, Torvaldo ..., no hay.
HELMER.- Déjame que lo vea.
(Da un paso hacia la puerta. Nora se sienta al piano y empieza a tocar la tarantela).
HELMER.- (Se acerca para escuchar a Nora). ¡Ah!
NORA.- No podré bailar mañana, si no ensayo hoy contigo.
HELMER.- (Se acerca a Nora). ¿De veras tienes tanto miedo, Norita?
NORA.- ¡Ay, sí!, ¡un miedo terrible! Vamos a ensayar ahora mismo; todavía tenemos tiempo antes de sentamos a la mesa. Ponte ahí, querido Torvaldo, y toca. Corrígeme, dame consejos como acostumbras.
HELMER.- Puesto que lo deseas, vamos allá. (Se sienta al piano).
NORA.- (Abre una caja; saca una pandereta y un chal de varios colores; da un brinco y se sitúa en el centro de la escena). ¡Ea, toca! Voy a bailar.
(Helmer toca; Nora baila; Rank permanece detrás de Helmer, contemplando a Nora).
HELMER.- (Tocando). Despacio, despacio.
NORA.- Imposible.
HELMER.- Menos precipitación.
NORA.- Es precisamente lo que hace falta.
HELMER.- ¡Eso no va bien!
NORA.- (Riendo y agitando la pandereta). ¿Qué te decía yo?
RANK.- Permíteme que me siente al piano.
HELMER.- (Se levanta). Con mucho gusto, así podré dirigirla mejor.
(Rank se sienta al piano y toca. Nora baila de una manera más desatenta cada vez. Helmer, colocado cerca de la chimenea, le dirige de vez en cuando una observación que ella parece no oír. Se le suelta el cabello, cayéndole por la espalda; no lo advierte y sigue bailando. Entra Cristina).
CRISTINA.- (Se detiene confusa). ¡Oh!
NORA.- Me sorprendes en plena locura, Cristina.
HELMER.- Pero, querida Nora, estás bailando como si te fuera en ello la vida.
NORA.- Y así es.
HELMER.- Para, Rank. Es un furor. Que pares, te digo.
(Rank deja de tocar el piano y Nora se detiene de repente).
HELMER.-(A Nora). No lo hubiera creído nunca; has olvidado todo lo que te enseñé.
NORA.- (Arroja la pandereta). Ya lo ves.
HELMER.- Vamos, necesitas mucha dirección.
NORA.- ¡Ya ves si la necesito! Tú me guiarás hasta el fin. ¿Me lo prometes, Torvaldo?
HELMER.- Puedes tener confianza.
NORA.- Ni hoy ni mañana debes pensar más que en mí; no has de abrir ninguna carta, ninguna ..., ni ... el buzón.
HELMER.- ¡Bueno! Otra vez el temor a aquel hombre.
NORA.- ¡Pues bien: sí! Algo de eso hay también.
HELMER.- Nora, te lo conozco en la cara; allí hay seguramente una carta suya.
NORA.- No sé ..., es posible; pero ahora no hay que leer cartas. Que no se interponga ninguna sombra entre nosotros hasta que todo haya concluido.
RANK.- (Aparte, a Helmer). No conviene contrariarla.
HELMER.- (Pasándole el brazo por la cintura). Vaya, niña, se hará lo que quieres; pero mañana, después de que bailes ...
NORA.- Quedarás en libertad.
ELENA.- (Desde la puerta de la derecha). La señora está servida.
NORA.- Trae champaña, Elena.
ELENA.- Muy bien, señora. (Se va).
HELMER.- ¡Vaya! Va a haber festín, según parece.
NORA.- Fiesta y festín hasta mañana. (Gritando a la doncella). Y unas pocas almendras, Elena, o, mejor dicho, muchas. (A Torvaldo). Una vez no es todos los días.
HELMER.- (Le toma las manos). Vamos, vamos, así me gusta. No hay que ponerse loca de terror. Hay que ser la de siempre, mi alondra que canta.
NORA.- Sí, Torvaldo, sí. Pero sal un momento; y usted también, doctor. Tú, Cristina, me ayudarás a arreglarme el cabello.
RANK.- (Aparte a Helmer, dirigiéndose al comedor). ¿Y qué? ... Todo esto ... ¿Presagia ... algo de particular?
HELMER.- De ningún modo, amigo mío. No es más que esa pueril angustia de que te he hablado. (Se van por la derecha).
NORA.- ¿Y qué?
CRISTINA.- Se ha marchado al campo.
NORA.- Te lo he leído en la cara.
CRISTINA.- Vuelve mañana por la noche; pero le he dejado cuatro letras.
NORA.- No has debido hacerlo. No hay que tratar de impedir nada. En el fondo, es un goce esperar el terror.
CRISTINA.- ¿Qué esperas?
NORA.- ¡Oh!, tú no comprenderías. Ve con ellos. En seguida iré a reunirme con vosotros.
(Se va Cristina).
NORA.- (Permanece inmóvil un momento como para recogerse; luego mira el reloj). Las cinco. Faltan siete horas para la medianoche, y otras veinticuatro horas para la medianoche siguiente. Entonces se habrá bailado la tarantela. ¿Veinticuatro y siete? Tengo treinta y una horas de vida.
HELMER.- (En la puerta de la derecha). Pero ¿qué hace la alondra?
NORA.- (Arrojándose en sus brazos). ¡Aquí la tienes!

TELÓN



ACTO TERCERO
La misma decoración. Los muebles -mesa, asientos y sofá- han sido trasladados al centro de la escena. La puerta de la antecámara está abierta. Se oye música, que se supone procedente del piso superior.
(Cristina y luego Krogstad. La primera, sentada cerca de la mesa, hojea distraídamente un libro. De vez en cuando mira con inquietud hacia la puerta y escucha atentamente).
CRISTINA.- (Mirando su reloj). No viene, y, sin embargo, ha pasado ya la hora. Con tal que... (Vuelve a escuchar). ¡Ah, es él! (Va a la antecámara y abre suavemente la puerta exterior. En voz baja). Entre usted, estoy sola.
KROGSTAD.- (En la puerta). He recibido una carta suya. ¿Qué desea?
CRlSTINA.- Tengo necesidad absoluta de hablarle.
KROGSTAD.- ¿Sí? ¿Y la entrevista ha de ser aquí precisamente?
CRISTINA.- Donde vivo es imposible: mi habitación no tiene entrada independiente. Venga usted; estaremos solos. Los Helmer están de baile en el segundo piso.
KROGSTAD.- (Entrando). ¡Cómo! ¿Los Helmer están de baile esta noche? ¿De veras?
CRISTINA.- ¿Qué tiene eso de particular?
KROGSTAD.- Nada.
CRISTINA.- Krogstad, tenemos que hablar.
KROGSTAD.- ¿Nosotros dos? ¿Qué podremos decimos a estas alturas?
CRISTINA.- Muchas cosas.
KROGSTAD.- No lo hubiera creído jamás.
CRISTINA.- Es que usted no ha comprendido nunca.
KROGSTAD.- No había demasiado que comprender; esas cosas ocurren diariamente. La mujer sin corazón despide al hombre con quien está en relaciones cuando encuentra otro partido más ventajoso.
CRISTINA.- ¿Me cree usted, pues, falta de corazón? ¿Supone que no me costó nada la ruptura?
KROGSTAD.- Sin duda.
CRISTINA.- ¿Ha creído eso realmente, Krogstad?
KROGSTAD.- Si no era así, ¿por qué me escribió usted como lo hizo?
CRISTINA.- No podía obrar de otro modo. Decidida a romper, debía arrancar de su corazón todo lo que sintiera por mí.
KROGSTAD.- (Se frota las manos). ¡Ah! ¡Eso es! ... Y todo por el vil interés.
CRISTINA.- No debe usted olvidar que yo tenía entonces que mantener a mi madre y a dos hermanos pequeños. No le podíamos esperar a usted, que sólo tenía entonces esperanzas remotas...
KROGSTAD.- Aun suponiendo que fuera así, usted no tenía derecho a rechazarme por otro.
CRISTINA.- No lo sé. Muchas veces me lo he preguntado.
KROGSTAD.- (Bajando la voz). Cuando le perdí a usted, creí que me faltaba el suelo. Míreme, soy como un náufrago asido a una tabla.
CRISTINA.- Quizá esté próxima la salvación.
KROGSTAD.- La tenía ya, y usted ha venido a quitármela.
CRISTINA.- Yo he sido extraña a la cuestión, Krogstad. Hasta hoy no he sabido que la persona a quien iba a sustituir en el Banco era usted.
KROGSTAD.- Lo creo, puesto que lo dice; pero ahora que lo sabe, ¿no renunciará al cargo?
CRISTINA.- No, porque a usted no le serviría de nada.
KROGSTAD.- ¡Ah!, ¡bah! ... Yo, en lugar de usted, lo haría de todos modos.
CRISTINA.- He aprendido a obrar juiciosamente. Me lo han enseñado la vida y la dura necesidad.
KROGSTAD.- Pues a mí la vida me ha enseñado a no dar crédito a las palabras.
CRISTINA.- En eso le he dado a usted una sabia lección; pero ¿cree usted en los hechos?
KROGSTAD.- Tengo buenas razones para hablar así.
CRISTINA.- Yo también soy un náufrago asido a una tabla: no tengo a nadie a quien consagrarme, nadie que necesite de mí.
KROGSTAD.- Usted lo ha querido.
CRISTINA.- No podía elegir.
KROGSTAD.- ¿Adónde quiere ir a parar?
CRISTINA.- ¿Qué le parece a usted si esos dos náufragos se tendieran la mano?
KROGSTAD.- ¿Qué dice usted?
CRISTINA.- ¿No vale más juntarse en la misma tabla?
KROGSTAD.- ¡Cristina!
CRISTINA.- ¿Cuál supone usted que es el motivo que me ha traído a esta ciudad?
KROGSTAD.- ¿Habría usted acaso pensado en mí?
CRISTINA.- Necesito trabajar para poder soportar la existencia. Toda mi vida, hasta donde alcanzan mis recuerdos, la he pasado trabajando. Era mi mayor y mi única alegría. Ahora me encuentro sola en el mundo, y siento un vacío horrible. No pensar más que en sí misma quita todo atractivo al trabajo. Vamos, Krogstad, dígame usted por quién y por qué voy a trabajar.
KROGSTAD.- No la creo; eso no es más que orgullo de mujer que se exalta y desea sacrificarse.
CRISTINA.- ¿Me ha visto usted jamás exaltada?
KROGSTAD.- ¿Sería usted capaz de hacer lo que dice? ¿Conoce todo mi pasado?
CRISTINA.- Sí.
KROGSTAD.- ¿Conoce usted mi reputación, lo que se dice de mí?
CRISTINA.- Sí; he comprendido lo que me dijo. Usted supone que yo lo hubiera podido salvar.
KROGSTAD.- Estoy seguro.
CRISTINA.- ¿No se puede reparar todo?
KROGSTAD.- ¡Cristina! ¿Ha pensado bien lo que dice? Sí, lo veo en su cara. ¿De modo que tendría el valor?
CRISTINA.- Yo necesito alguien a quien servir de madre, y los hijos de usted necesitan madre. Nosotros también nos sentimos inclinados el uno hacia el otro. Tengo fe en lo que hay en el fondo de usted, Krogstad...; con usted nada me asustará.
KROGSTAD.- (Estrechándole las manos). ¡Gracias, Cristina, gracias! ... Ahora es preciso que me levante a los ojos del mundo, y sabré hacerla. ¡Ah! Pero me olvidaba... (La música ejecuta la tarantela).
CRISTINA.- (Escucha). ¡Silencio! ¡La tarantela! ¡Váyase usted, váyase en seguida!
KROGSTAD.- ¿Por qué?
CRISTINA.- ¿Oye usted esa música? Es que concluye el baile, y van a volver.
KROGSTAD.- Bien, me marcho. Tanto más cuanto que de nada sirve... ¿Usted ignora, por supuesto, el paso que he dado contra los Helmer?
CRISTINA.- Por el contrario, Krogstad, lo conozco.
KROGSTAD.- ¿Y tiene usted el valor de...?
CRISTINA.- Sé lo que puede la desesperación en una persona como usted.
KROGSTAD.- ¡Oh! ¡Si pudiera deshacer mi obra!
CRISTINA.- Puede usted: su carta está todavía en el buzón.
KROGSTAD.- ¿Está usted segura?
CRISTINA.- Lo sé, pero...
KROGSTAD.- (Mirándola fijamente). ¿Es ésa la explicación? ¿Desea usted salvar a su amiga a todo precio? Haría usted mejor en confesarlo francamente. ¿Es así?
CRISTINA.- Cuando alguien se ha vendido una vez por salvar a otros, créame Krogstad, que no reincide.
KROGSTAD.- Le pediré que me devuelva la carta.
CRISTINA.- ¡No! ¡No!
KROGSTAD.- ¡Vaya! No faltaba más ... Espero la vuelta de Helmer para decirle que deseo recuperar mi carta ..., que no trata más que de mi cese ..., que no necesita leerla ...
CRISTINA.- No, Krogstad, no pida usted la carta.
KROGSTAD.- Pero, sin embargo..., ¿no es por eso realmente por lo que me ha hecho usted venir aquí?
CRISTINA.- Durante las veinticuatro horas últimas han ocurrido aquí cosas increíbles, y es conveniente que Helmer lo sepa todo; ese misterio debe disiparse. Hace falta que se expliquen: basta de embustes y de subterfugios.
KROGSTAD.- Bien, si usted asume la responsabilidad... Pero hay algo que puedo hacer en todo caso y que es importante hacer en seguida ...
CRISTINA.- (Escuchando). ¡Márchese! ¡Váyase! ... El baile ha terminado, y no estamos ya seguros.
KROGSTAD.- La espero a usted abajo.
CRISTINA.- Conforme. Me acompañará usted hasta la puerta de mi casa.
KROGSTAD.- Jamás he sido tan feliz.
(Se va por la puerta exterior. La de la antecámara sigue abierta hasta el fin).
CRISTINA.- (Arregla un poco la escena y prepara su abrigo y su sombrero). ¡Qué porvenir! ¡Qué nueva perspectiva! Tengo por quien trabajar, tengo por quien vivir, tengo un hogar que cuidar. ¡Ah! Voy a empezar una nueva vida. (Escuchando). Ya vienen. Pronto, el abrigo.
(Toma el sombrero y el abrigo. Se oyen las voces de Helmer y de Nora. Ésta, vestida de napolitana y con chal, entra casi a la fuerza, obligada por Helmer, que viste frac y va cubierto con un dominó).
NORA.- (En la puerta, resistiéndose). No, no, no, no quiero entrar; voy a subir otra vez, no quiero retirarme tan pronto.
HELMER.- Vamos a ver, querida Nora...
NORA.- ¡Ah, por favor, Torvaldo! ¡Te lo suplico! ..., ¡sólo una hora!
HELMER.- Ni un minuto, Norita. Sabes lo convenido. Vamos; entra, te estás enfriando aquí. (La obliga a entrar).
CRISTINA.- ¡Buenas noches!
NORA.- ¡Cristina!
HELMER.- ¡Qué! ¡Es la señora de Linde! ¿Usted aquí tan tarde?
CRISTINA.- Dispénsenme ustedes: ¡tenía tantos deseos de ver a Nora vestida!
NORA.- ¿Me has esperado aquí todo el tiempo?
CRISTINA.- Sí. Vine muy tarde, desgraciadamente; habías subido ya, y no he querido irme sin verte.
HELMER.- (Ayuda a quitar el chal a Nora). Entonces mírela bien. Me parece que vale la pena. ¿Está guapa, no es verdad, señora?
CRlSTINA.- Muy guapa. ¡Ya lo creo!
HELMER.- Maravillosamente linda, ¿no es cierto? Era también la opinión de todo el mundo allá arriba. Pero ¡qué testaruda esta criaturita! ¿Qué hacer contra eso? ¿Quiere usted creer que he tenido que emplear casi la fuerza para sacarIa del baile?
NORA.- ¡Ah, Torvaldo! Te arrepentirás de no haberme concedido media hora siquiera.
HELMER.- Figúrese usted, señora. Baila la tarantela; obtiene un éxito loco y bien merecido, aunque acaso ha hecho alarde de demasiada naturalidad, es decir, de alguna más de las que permiten las exigencias del arte. Pero, en fin, lo principal es que ha obtenido un éxito, un éxito colosal. ¿Debía permitirle permanecer allí después? Hubiera disminuido el efecto. ¡En eso estaba yo pensando! Tomé del brazo a mi linda chiquilla de Capri, a mi niña caprichosa, podría decir; vuelta al salón en seguida; saludos a derecha e izquierda, y, como se dice en las novelas ... se desvaneció la bella sombra. En los desenlaces es indispensable el efecto, señora, y no puedo hacérselo comprender a Nora. ¡Uf, qué calor hace aquí! (Arroja el dominó en una silla y abre la puerta del despacho). Cómo, ¿no hay luz? ¡Ah!, es verdad, usted dispense. (Entra y enciende dos bujías).
NORA.- (Muy bajo; precipitadamente). ¿Qué hay?
CRlSTINA.- He hablado con él.
NORA.- ¿Y? ...
CRlSTINA.- Nora ..., tienes que confesarle todo a tu marido.
NORA.- (Con voz desfallecida). Lo sabía.
CRISTINA.- No tienes nada que temer de Krogstad, pero debes hablar.
NORA.- No hablaré.
CRISTINA.- En ese caso, hablará la carta por ti.
NORA.- Gracias, Cristina. Ya sé ahora lo que tengo que hacer. ¡Silencio! ...
HELMER.- (Entra). ¿Qué, señora, la ha admirado usted bien?
CRISTlNA.- Sí, y ahora ya puedo marcharme.
HELMER.- ¿Ya? ¿Es de usted esta labor?
CRISTlNA.- (Toma un trozo de media que Helmer le entrega). Gracias; lo había olvidado.
HELMER.- ¿Hace usted media?
CRISTlNA.- Sí, señor.
HELMER.- Debería usted bordar.
CRISTlNA.- ¿ Y por qué?
HELMER.- Es más bonito. Mire usted: se tiene el bordado en la mano izquierda, así, y se lleva la aguja con la mano derecha, de este modo ... Usted ve esta curva prolongada y ligera que se hace ... ¿no es cierto?
CRISTlNA.- No digo que no.
HELMER.- Mientras que hacer media ... eso es feo siempre. Vea usted los brazos pegados al cuerpo ... las agujas yendo de abajo arriba y de arriba abajo ... Parece trabajo de chinos ... ¡Ah qué champaña tan retozón han servido!
CRISTINA.- ¡Buenas noches. Nora y no seas terca!
HELMER.- Bien dicho, señora.
CRISTlNA.- Buenas noches, señor director.
HELMER.- (La acompaña hasta la puerta). Buenas noches, buenas noches; supongo que sabrá usted el camino. Yo, con mucho gusto ..., pero está tan cerca. ¡Buenas noches, buenas noches! (Se va Cristina. Helmer cierra la puerta). ¡Gracias a Dios que se ha marchado! Es fastidiosa esta señora.
NORA.- ¿No estás muy cansado, Torvaldo?
HELMER.- No, ni pizca.
NORA.- ¿No tienes sueño tampoco?
HELMER.- Por el contrario, estoy despabilado. Pero ¿y tú? Es verdad: tú tienes cansancio y sueño.
NORA.- Sí, estoy fatigada, y tengo seguridad de que me dormiré en seguida.
HELMER.- ¿Ves cómo tenía razón para no seguir más tiempo en el baile?
NORA.- Tú tienes siempre razón en todo.
HELMER.- (La besa en la frente). Vamos, la alondra empieza a hablar como un libro. Pero, dime, ¿has observado qué alegre estaba Rank esta noche?
NORA.- ¿Sí? No he tenido ocasión de hablarle.
HELMER.- Yo apenas le he hablado tampoco; pero hace mucho tiempo que no le veía de tan buen humor. (La mira un instante y se acerca). Pero ¡qué bueno es volverse a encontrar uno en su casa, estar solo contigo! ... ¡Oh, qué hermosa, qué embriagadora mujercita!
NORA.- No me mires de ese modo, Torvaldo.
HELMER.- ¡No he de mirar mi más caro tesoro!, ¡este esplendor que es mío, nada más que mío, completamente mío!
NORA.- (Se mueve al otro lado de la mesa). No me hables así esta noche.
HELMER.- (La sigue). Aún te retoza la tarantela en la sangre, según veo, y por eso estás más seductora. ¡Oye! Se van los invitados. (Bajando la voz). Nora, pronto quedará la casa en silencio.
NORA.- Sí; así lo espero.
HELMER.- ¿Verdad, adorada Nora? ¡Oh! Cuando estamos en sociedad como esta noche ... ¿sabes por qué te hablo tan poco, por qué permanezco lejos de ti, limitándome a dirigirte alguna que otra mirada a hurtadillas? ¿Sabes por qué? Pues porque me gusta imaginar que eres mi amor secreto, mi joven, mi misteriosa prometida, y que todos lo ignoran.
NORA.- Sí, sí, sí, ya sé que todos tus pensamientos son para mí.
HELMER.- Y, al salir, cuando te coloco el chal sobre los hombros, delicados y juveniles, cuando oculto esa nuca maravillosa, me figuro que eres mi joven desposada, que volvemos de la boda, que te traigo por primera vez a mi casa, y que, al fin, vamos a estar solos ... ¡Voy a estar solo contigo, con mi tierna beldad temblorosa! Toda esta velada no he hecho otra cosa que suspirar por ti. Cuando te vi hacer como que perseguías, cuando vi tus movimientos provocativos bailando la tarantela ..., empezó a hervirme la sangre, no pude resistir más y te saqué precipitadamente ...
NORA.- Vete, Torvaldo. Déjame. No me gusta eso.
HELMER.- ¿Cómo se entiende? Tú te burlas de mí, Norita. ¿Que no quieres, dices? ¿No soy tu marido? ¿No eres mi encantadora mujercita? ... (Llaman a la puerta de fuera).
NORA.- (Se estremece). ¿Has oído?
HELMER.- (Pasando a la antecámara). ¿Quién es?
RANK.- (Desde dentro). Soy yo, ¿puedo entrar un momento?
HELMER.- (Malhumorado). ¿Qué querrá ahora? Espera un poco. (Va a abrir). Vamos, todo un detalle ese de no pasar por nuestra puerta sin llamar.
RANK.- Me pareció oír tu voz y se me ha ocurrido entrar un momento. (Dirige una ojeada en torno suyo). He aquí el hogar familiar y amado. Vosotros disfrutáis en vuestra casa de paz y bienestar. ¡Qué felices sois!
HELMER.- Pues tú también parecía que estabas en el baile muy a gusto.
RANK.- Me divertía extraordinariamente. ¿Y por qué no? ¿Por qué no disfrutar de todo en la vida?, al menos mientras y hasta donde se pueda. El vino era exquisito ...
HELMER.- Sobre todo el champaña.
RANK.- ¿Lo has observado tú también? Es increíble lo que he bebido.
NORA.- Torvaldo ha tomado mucho champaña esta noche.
RANK.- ¿De veras?
NORA.- Sí, y después se pone tan alegre ...
RANK.- ¡Qué caramba! ¿Por qué no ha de pasarse bien la noche, después de un día bien empleado?
HELMER.- ¿Bien empleado? Hoy, por desgracia, no puedo alabarme de ello.
RANK.- (Dándole en el hombro). Pues yo sí ¿lo oyes?
NORA.- Doctor Rank, usted ha debido de hacer hoy alguna investigación científica.
RANK.- Precisamente.
HELMER.- ¡Hombre, hombre!; miren ustedes! ¡Norita hablando de investigaciones científicas!
NORA.- ¿Y se le puede felicitar por el resultado?
RANK.- Sin duda alguna.
NORA.- ¿Un éxito?
RANK.- EI mejor para el médico, lo mismo que para el enfermo: la certidumbre.
NORA.- (Con viveza, le dirige una mirada escudriñadora). ¿La certidumbre?
RANK.- Una certidumbre absoluta. Después de eso, ¿no tenía derecho a pasar alegremente la velada?
NORA.- Sí, doctor.
HELMER.-Opino lo mismo, siempre que no lo pagues mañana.
RANK.- Todo se paga en la vida.
NORA.- Doctor ... a usted le deben gustar mucho las máscaras.
RANK.- Sí, cuando se ven muchos trajes pintorescos.
NORA.- Díganos: ¿de qué vamos a disfrazarnos en el próximo baile usted y yo?
HELMER.- ¡La muy locuela! ¡Pues no está pensando ya en otro baile!
RANK.- ¿Usted y yo? Le diré: usted irá de mascota.
HELMER.- Bien, pero, a ver, que sea un traje bonito de mascota.
RANK.- Tu mujer puede presentarse tal y como la vemos todos los días.
HELMER.- ¡Cierto!, pero ¿y tú?, ¿tienes alguna idea sobre tu disfraz?
RANK.- Eso, amigo mío, es cosa resuelta.
HELMER.- Sepamos.
RANK.- En el próximo baile de máscaras seré invisible.
HELMER.- ¡Vaya unas bromas!
RANK.- Hay un sombrerazo ... ¿Has oído tú hablar de un sombrero que hace invisible a la persona? Se lo pone uno en la cabeza, y nadie lo ve.
HELMER.- (Reprimiendo la risa). Bien, bien, tienes razón.
RANK.- Pero olvidaba por completo a qué he venido. Helmer, dame un cigarro, uno de tus habanos negros.
HELMER.- Con mucho gusto. (Le presenta la cigarrera).
RANK.- (Toma un cigarro y corta la punta). ¡Gracias!
NORA.- (Encendiendo una cerilla). Permítame que se lo encienda.
RANK.- ¡Gracias! (Nora acerca la cerilla y él enciende), y ahora, ¡adiós!
HELMER.- ¡Adiós, adiós, amigo mío!
NORA.- Que descanse usted, doctor.
RANK.- Agradezco a usted el buen deseo.
NORA.- Pues deséeme otro tanto.
RANK.- ¿A usted? ¡Vaya! Puesto que usted lo quiere. ¡Que duerma usted bien! Y gracias por el fuego. (Los saluda con un movimiento de cabeza y se va).
HELMER.- (En voz baja). Ha bebido mucho.
NORA.- (Distraída). Es muy posible. (Helmer saca unas llaves del bolsillo y pasa a la antecámara). ¿Qué vas a hacer, Torvaldo?
HELMER.- Desocupar el buzón; está atestado y no cabrán los periódicos mañana por la mañana ...
NORA.- ¿ Vas a trabajar esta noche?
HELMER.- De ningún modo ... ¿Qué es esto? Han andado en la cerradura.
NORA.- ¿En la cerradura?
HELMER.- Es indudable. ¿Qué significa esto? No puedo creer que las muchachas ... Aquí hay un trozo de aguja del cabello. Nora, es una de las tuyas.
NORA.- (Con viveza). Quizá los niños.
HELMER.- Es preciso que les quites esa costumbre. ¡Hum! Vamos, ya está abierto de todos modos. (Saca el contenido del buzón y llama). ¡Elena! ... ¡Elena! Apague usted la luz de la entrada. (Entra con las cartas en la mano y cierra la puerta de la antecámara). Mira, ¿ves cuántas? (Examina los sobres). ¿Qué es esto?
NORA.- (En la ventana). ¡Esa carta! ¡No, no, Torvaldo!
HELMER.- Dos tarjetas de visita ..., de Rank.
NORA.- ¿Del doctor?
HELMER.- (Las mira). Rank, doctor en medicina. Estaba sobre las cartas ...; las habrá depositado en el buzón al salir.
NORA.- ¿Tiene algo escrito?
HELMER.- Hay una cruz grande encima del nombre. Mira. ¡Qué broma de tan mal gusto! Es como si diera parte de su muerte.
NORA.- Es lo que hace, efectivamente.
HELMER.- ¿Qué sabes? ¿Te ha dicho algo?
NORA.- Sí. Las tarjetas significan que se ha despedido de nosotros para siempre. Va a encerrarse para morir.
HELMER.- ¡Pobre amigo mío! Ya sabía que no había de vivir mucho tiempo; pero de pronto ... Y va a ocultarse como un animal herido.
NORA.- Si ha de ocurrir, vale más que sea en silencio. ¿Verdad, Torvaldo?
HELMER.- (Pasea). Era como de la familia. No puedo aceptar la idea de su pérdida. Con sus padecimientos y su genio retraído, constituía como el fondo de sombra en el cuadro soleado de nuestra felicidad ... En fin, quizá sea preferible. Al menos para él. (Se detiene). Y acaso también para nosotros, Nora. Ahora estamos consagrados exclusivamente el uno al otro. (La abraza). ¡Ah, mujercita adorada! Nunca te estrecharé bastante. Mira, Nora ..., quisiera que te amenazara algún peligro para poder exponer mi vida, para dar mi sangre, para arriesgarlo todo, todo, por protegerte.
NORA.- (Se aparta, con voz firme y resuelta). Lee las cartas, Torvaldo.
HELMER.- No, no, esta noche no ... Deseo quedarme contigo, con mi idolatrada mujercita.
NORA.- ¿Con la idea de la muerte de tu amigo? ...
HELMER.- Tienes razón. A los dos nos ha afectado. Se ha interpuesto entre nosotros la idea de la muerte y de la disolución. Tenemos que hacer por olvidarla. Hasta entonces ... Nos retiraremos cada uno a nuestro aposento.
NORA.- (Se arroja a su cuello). ¡Buenas noches, Torvaldo ..., buenas noches!
HELMER.- (La besa en la frente). ¡Buenas noches, avecilla canora! Duerme en paz. Voy a leer las cartas. (Pasa a su habitación llevándose las cartas, y cierra la puerta).
NORA.- (Tantea alrededor de sí, con ojos extraviados, toma el dominó de Helmer y se cubre con él, diciendo con voz breve, estertorosa y sacudida). ¡No volver a verle jamás! ¡Jamás, jamás, jamás! iY los niños ..., no volver a verles tampoco! ... ¡Oh! Aquel agua helada, negra ..., aquel abismo ..., aquel abismo sin fondo ... ¡Ah! ¡Si siquiera hubiese pasado ya! ... Ahora la toma, la lee. No, no, todavía no. ¡Adiós, Torvaldo! ... ¡Adiós, hijos!
(Se precipita hacia la puerta; pero en el mismo momento Helmer abre violentamente la de su habitación y aparece con una carta en la mano).
HELMER.- ¡Nora!
NORA.- (Lanza un grito penetrante). ¡Ah!
HELMER.- ¿Qué significa? ... ¿Sabes lo que dice esta carta?
NORA.- Sí, lo sé. ¡Deja que me marche! ¡Déjame salir!
HELMER.- (La detiene). ¿Adónde vas?
NORA.- (Tratando de desasirse). No has de salvarme, Torvaldo.
HELMER.- (Retrocede). ¡Luego es cierto! ¿Dice la verdad esta carta? ¡Horror! No, no es posible, no puede ser.
NORA.- Es la verdad. Te he amado sobre todas las cosas del mundo.
HELMER.- ¡Eh, dejémonos de tonterías!
NORA.- (Da un paso hacia él). ¡Torvaldo!
HELMER.- ¡Desgraciada! ¿Qué has hecho?
NORA.- Déjame salir. Tú no has de llevar el peso de mi falta, tú no has de responder por mí.
HELMER.- ¡Basta de comedias! (Cierra la puerta de la antecámara). Te quedarás ahí, y me darás cuenta de tus actos. ¿Comprendes lo que has hecho? Di, ¿lo comprendes?
NORA.- (Le mira con expresión creciente de rigidez y dice con voz opaca). Sí, ahora empiezo a comprender la gravedad de las cosas.
HELMER.- (Se para agitado). ¡Oh, terrible despertar! ¡Durante ocho años ... ella, mi alegría y mi orgullo ..., una hipócrita, una embustera! ... Todavía peor: ¡una criminal! ¡Qué abismo de deformidad! ¡Qué horror! (Se detiene ante Nora, que continúa muda y le mira fijamente). Yo habría debido presentir que iba a ocurrir alguna cosa de esta índole. Habría debido preverlo. Con la ligereza de principios de tu padre ... tú has heredado esos principios. ¡Falta de religión, falta de moral, falta de todo sentimiento del deber! ... ¡Oh, bien castigado estoy por haber tendido un velo sobre su conducta! ¡Lo hice por ti, y éste es el pago que me das!
NORA.- Sí, éste.
HELMER.- Has destruido mi felicidad, aniquilado mi porvenir. No puedo pensarlo sin estremecerme. Te has puesto a merced de un hombre sin escrúpulos, que puede hacer de mí cuanto le plazca, pedirme lo que quiera, disponer y mandar lo que guste sin que me atreva a respirar. Así, quedaré reducido a la impotencia, echado a pique por la ligereza de una mujer.
NORA.- Cuando yo haya abandonado este mundo, estarás libre.
HELMER.- ¡Ah! Déjate de expresiones huecas. Tu padre tenía también buena provisión de ellas. ¿Qué adelantaría yo con que tú abandonaras el mundo, como dices? Nada. A pesar de eso, podría trascender el caso, y quizá se sospechara que yo había sido cómplice de tu criminal acción. Podría creerse que fui el instigador, el que te indujo a hacerlo. Y esto te lo debo a ti, a ti, a quien he llevado en brazos a través de toda nuestra vida conyugal. ¿Comprendes ahora la gravedad de lo que has hecho?
NORA.- (Tranquila y fría). Sí.
HELMER.- Esto es tan increíble, que no vuelvo de mi asombro; pero hay que tomar un partido. (Pausa). Quítate ese dominó. ¡Que te lo quites, digo! (Pausa). Tengo que complacerle de una o de otra manera. Se trata de ahogar el asunto a todo trance. Y en cuanto a nosotros, como si nada hubiese cambiado. Por supuesto, hablo sólo de las apariencias, y, por consiguiente, seguirás viviendo aquí, excusado es decirlo; pero te está prohibido educar a los niños ..., no me atrevo a confiártelos. ¡Ah, tener que hablar de este modo a quien tanto he amado y a quien todavía ...! En fin, todo pasó, no hay más remedio. En lo sucesivo no hay que pensar ya en la felicidad, sino sólo en salvar restos, ruinas, apariencias ... (Llaman a la puerta exterior. Helmer se estremece). ¿Qué es esto? ¡Tan tarde! ¡Condenación! ¿Será ya ...? ¿Habrá ese hombre ...? ¡Escóndete, Nora! Di que estás enferma.
(Nora no se mueve, Helmer va a abrir la puerta).
ELENA.- (A medio vestir, en la antecámara). Una carta para la señora.
HELMER.- Démela usted. (Toma la carta y cierra la puerta). Sí, es de él; pero no la tendrás. Quiero leerla yo.
NORA.- Léela.
HELMER.- (Se aproxima a la lámpara). Apenas me atrevo. Quizá seamos víctimas uno de otro. No, es preciso que yo lo sepa. (Abre apresuradamente la carta, recorre algunas líneas, examina un papel adjunto y lanza una exclamación de alegría). ¡Nora! (Nora interroga con la mirada). ¡Nora ...! ¡No, volvamos a leer ...! ¡Sí, eso! ¡Estoy salvado! ¡Nora, estoy salvado!
NORA.- ¿Y yo?
HELMER.- Tú también, naturalmente. Nos hemos salvado los dos. Mira. Te devuelve el recibo. Dice que lamenta, que se arrepiente ..., un suceso feliz que acaba de cambiar su existencia ... ¡eh! Poco importa lo que escribe. ¡Estamos salvados, Nora! Ya nadie puede inferirte el menor daño. ¡Ah! Nora, Nora ..., no, destruyamos ante todo estas abominaciones. Déjame ver ... (Dirige una mirada al recibo). No, no quiero ya ver nada; supondré que he tenido una pesadilla, y se acabó. (Rompe las dos cartas y el recibo, lo arroja todo a la chimenea y contempla cómo arden los pedazos). ¡Ea!, todo ha desaparecido. Te decía que desde la víspera de Navidad tu ... ¡Oh! ¡Qué tres días de prueba has debido de pasar, Nora!
NORA.- Durante estos tres días he sostenido una lucha violenta.
HELMER.- Y te has desesperado; no veías más camino que ... Olvidaremos por completo todos estos sinsabores. Vamos a celebrar nuestra liberación repitiendo continuamente: Se ha concluido, se ha concluido. Pero óyeme, Nora; parece que no comprendes: se ha concluido. ¡Vamos! ¿Qué significa esta seriedad? ¡Oh, pobrecilla Nora, ya comprendo! ... No aciertas a creer que te perdono. Pues créelo, Nora; te lo juro; estás completamente perdonada. Sé bien que todo lo hiciste por amor a mí.
NORA.- Es verdad.
HELMER.- Me has amado como una buena esposa debe amar a su marido; pero flaqueabas en la elección de los medios. ¿Crees tú que te quiero menos porque no puedas guiarte a ti misma? No, no; confía en mí: no te faltará ayuda y dirección. No sería yo hombre, si tu incapacidad de mujer no te hiciera doblemente seductora a mis ojos. Olvida los reproches que te dirigí en los primeros momentos de terror, cuando creía que todo iba a desplomarse sobre mí. Te he perdonado, Nora; te juro que te he perdonado.
NORA.- ¡Gracias por el perdón! (Se va por la puerta de la derecha).
HELMER.- No, quédate aquí ... (La sigue con los ojos). ¿Por qué te diriges a la alcoba?
NORA.- (Dentro). Voy a quitarme el traje de máscara.
HELMER.- (Cerca de la puerta, que ha quedado abierta). Bien, descansa, procura tranquilizarte, reponerte de esta alarma, pajarillo azorado. Reposa en paz, yo tengo grandes alas para cobijarte. (Andando sin alejarse de la puerta). ¡Oh, qué tranquilo y delicioso hogar el nuestro, Nora. Aquí estás segura; te guardaré como si fueras una paloma recién recogida por mí después de sacarla sana y salva de las garras del buitre. Sabré tranquilizar tu pobre corazón palpitante. Lo conseguiré poco a poco; créeme, Nora. Mañana verás todo de otra manera. Todo seguirá como antes. No necesitaré decirte a cada momento que te he perdonado, porque tú misma lo comprenderás indudablemente. ¿Cómo puedes creer que vaya a rechazarte ni a hacerte cargo siquiera? ¡Ah!, tú no sabes lo que es un corazón que ama, Nora. ¡Es tan dulce, es tan grato para la conciencia de un hombre perdonar sinceramente! No es ya su esposa lo único que ve en el ser perdonado, sino también su hija. Así te trataré en el porvenir, criatura extraviada, sin brújula. No te preocupes de nada, Nora; sé franca conmigo nada más, y yo seré tu voluntad y tu conciencia. ¡Calla! ¿No te has acostado? ¿Te has vuelto a vestir?
NORA.- (Con su ropa de diario). Sí, Torvaldo, he vuelto a vestirme.
HELMER.- ¿Y para qué?
NORA.- No pienso dormir esta noche.
HELMER.- Pero, querida Nora ...
NORA.- (Mira el reloj). No es tarde todavía. Siéntate, Torvaldo; tenemos que hablar. (Se sienta junto a la mesa).
HELMER.- Nora ..., ¿qué significa esto? ¿Por qué estás tan seria?
NORA.- Siéntate. La conversación será larga. Tenemos mucho que decirnos.
HELMER.- (Se sienta frente a ella). Me tienes intranquilo, Nora. No te comprendo.
NORA.- Dices bien: no me comprendes. Ni yo tampoco te he comprendido a ti hasta ... esta noche. No me interrumpas. Oye lo que te digo ... Tenemos que ajustar nuestras cuentas.
HELMER.- ¿En qué sentido?
NORA.- (Después de una pausa). Estamos uno frente al otro. ¿No te llama la atención una cosa?
HELMER.- ¿Qué quieres decir?
NORA.- Hace ocho años que nos casamos. Reflexiona un momento: ¿no es ahora la vez primera que nosotros dos, marido y mujer, hablamos a solas seriamente?
HELMER.- Seriamente, sí ... pero ¿qué?
NORA.- Ocho años han pasado ..., y más todavía, desde que nos conocemos, y jamás se ha cruzado entre nosotros una palabra seria respecto a un asunto grave.
HELMER.- ¿Iba a hacerte partícipe de mis preocupaciones, sabiendo que no podías quitármelas?
NORA.- No hablo de preocupaciones. Lo que quiero decir es que jamás hemos hablado en serio ni hemos intentado tocar juntos el fondo de la realidad ...
HELMER.- Pero, querida Nora, ¿era ésa una ocupación apropiada para ti?
NORA.- ¡Éste es precisamente el caso! Tú no me has comprendido nunca ... Habéis sido muy injustos conmigo, papá primero, y tú después.
HELMER.- ¿Qué? ¡Nosotros dos! ... Pero ¿hay alguien que te haya amado más que nosotros?
NORA.- (Mueve la cabeza). Jamás me amasteis. Os parecía agradable estar en adoración delante de mí, ni más ni menos.
HELMER.- Vamos a ver, Nora, ¿qué significa este lenguaje?
NORA.- Lo que te digo, Torvaldo. Cuando estaba al lado de papá, él me exponía sus ideas, y yo las seguía. Si tenía otras distintas, las ocultaba; porque no le hubiera gustado. Me llamaba su muñequita, y jugaba conmigo como yo con mis muñecas. Después vine a tu casa.
HELMER.- Empleas unas frases singulares para hablar de nuestro matrimonio.
NORA.- (Sin variar de tono). Quiero decir que de manos de papá pasé a las tuyas. Tú lo arreglaste todo a tu gusto, y yo participaba de tu gusto, o lo daba a entender; no puedo asegurarlo, quizá lo uno y lo otro. Ahora, mirando hacia atrás, me parece que he vivido aquí como los pobres ..., al día. He vivido de las piruetas que hacía para recrearte, Torvaldo. Pero entraba eso en lo que te proponías. Tú y papá habéis sido muy culpables conmigo, y tenéis la culpa de que yo no sirva para nada.
HELMER.- Eres injusta, Nora; e ingrata. ¿No has sido feliz a mi lado?
NORA.- ¡No! Creí serio, pero no lo he sido jamás.
HELMER.- ¡Que no ..., que no has sido feliz!
NORA.- No: estaba alegre, y nada más. Eras amable conmigo ...; pero nuestra casa sólo era un salón de recreo. He sido una muñeca grande en tu casa, como fui una muñeca pequeña en casa de papá. Y nuestros hijos, a su vez, han sido mis muñecos. A mí me hacía gracia verte jugar conmigo, como a los niños les divertía verme jugar con ellos. Esto es lo que ha sido nuestra unión, Torvaldo.
HELMER.- Hay algo de cierto en lo que dices ..., aunque exageras mucho. Pero en lo sucesivo cambiará todo. Ha pasado el tiempo del recreo; ahora viene el de la educación.
NORA.- ¿La educación de quién? ¿La mía, o la de los niños?
HELMER.- La tuya y la de los niños, querida Nora.
NORA.- ¡Ay, Torvaldo! No eres capaz de educarme, de hacer de mí la verdadera esposa que necesitas.
HELMER.- ¿Y tú eres quien lo dice?
NORA.- Y en cuanto a mí ... ¿qué preparación tengo para educar a los niños?
HELMER.- ¡Nora!
NORA.- ¿No lo has dicho tú hace poco? .. ¿No has dicho que es una tarea que no te atreves a confiarme?
HELMER.- Lo he dicho en un momento de irritación. ¿Ahora vas a hacer hincapié en eso?
NORA.- ¡Dios mío! Lo dijiste bien claramente. Es una tarea superior a mis fuerzas. Hay otra a la que debo atender desde luego, y quiero pensar, ante todo, en educarme a mí misma. Tú no eres hombre capaz de facilitarme este trabajo, y necesito emprenderlo yo sola. Por eso voy a dejarte.
HELMER.- (Se levanta de un salto). ¡Qué! ¿Qué dices?
NORA.- Necesito estar sola para estudiarme a mí misma y cuanto me rodea; así es que no puedo permanecer a tu lado.
HELMER.- ¡Nora! ¡Nora!
NORA.- Quiero marcharme en seguida. No me faltará albergue para esta noche en casa de Cristina.
HELMER.- ¡Has perdido el juicio! No tienes derecho a marcharte. Te lo prohíbo.
NORA.- Tú no puedes prohibirme nada de aquí en adelante. Me llevo todo lo mío. De ti no quiero recibir nada ni ahora ni nunca.
HELMER.- Pero ¿qué locura es ésa?
NORA.- Mañana salgo para mi país ... Allí podré vivir mejor.
HELMER.- ¡Qué ciega estás, pobre criatura sin experiencia!
NORA.- Ya procuraré adquirir experiencia, Torvaldo.
HELMER.- ¡Abandonar tu hogar, tu esposo, tus hijos! ... ¿No piensas en lo que se dirá?
NORA.- No puedo pensar en esas pequeñeces. Sólo sé que para mí es indispensable.
HELMER.-¡Ah! ¡Es irritante! ¿De modo que faltarás a los deberes más sagrados?
NORA.- ¿A qué llamas tú mis deberes más sagrados?
HELMER.- ¿Necesitas que te lo diga? ¿No son tus deberes para con tu marido y tus hijos?
NORA.- Tengo otros no menos sagrados.
HELMER.- No los tienes. ¿Qué deberes son ésos?
NORA.- Mis deberes para conmigo misma.
HELMER.- Antes que nada, eres esposa y madre.
NORA.- No creo ya en eso. Ante todo soy un ser humano con los mismos títulos que tú ..., o, por lo menos, debo tratar de serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón, Torvaldo, y que esas ideas están impresas en los libros; pero ahora no puedo pensar en lo que dicen los hombres y en lo que se imprime en los libros. Necesito formarme mi idea respecto a esto y procurar darme cuenta de todo.
HELMER.- ¡Qué! ¿No comprendes cuál es tu puesto en el hogar? ¿No tienes un guía infalible en estas cuestiones? ¿No tienes la religión?
NORA.- ¡Ay, Torvaldo! No sé a punto fijo qué es la religión.
HELMER.- ¿Que no sabes qué es?
NORA.- Sólo sé lo que me dijo el pastor Hansen al prepararme para la confirmación. La religión es todo, aquello y lo de más allá. Cuando esté sola y libre, examinaré esa cuestión como una de tantas, y veré si el pastor decía la verdad, o, por lo menos, si lo que me dijo era verdad respecto a mí.
HELMER.- ¡Oh! ¡Es inaudito en una mujer tan joven! Pero si no puede guiarte la religión, déjame al menos sondear tu conciencia. Porque supongo que tendrás al menos sentido moral ... ¿O es que también te falta? Responde.
NORA.- ¿Qué quieres, Torvaldo? Me es difícil contestarte. Lo ignoro. No veo claro nada de eso. No sé más que una cosa, y es que mis ideas son completamente distintas de las tuyas; que las leyes no son las que yo creía; y en cuanto a que esas leyes sean justas, no me cabe en la cabeza. ¡No tener derecho una mujer a evitar una preocupación a su padre anciano y moribundo, ni a salvar la vida a su esposo! ¡Eso no es posible!
HELMER.- Hablas como una chiquilla. No comprendes nada de la sociedad de que formas parte.
NORA.- No, no comprendo nada; pero quiero comprenderlo y averiguar de parte de quién está la razón: si de la sociedad o de mí.
HELMER.- Tú estás enferma, Nora; tienes fiebre, y hasta casi creo que no estás en tu juicio.
NORA.- Por lo contrario, esta noche estoy más despejada y segura de mí que nunca.
HELMER.- ¿Y con esa seguridad y esa lucidez abandonas a tu marido y a tus hijos?
NORA.- Sí.
HELMER.- Eso no tiene más que una explicación.
NORA.- ¿Qué explicación?
HELMER.- ¡Ya no me amas!
NORA.- Así es; en efecto, ésa es la razón de todo.
HELMER.- ¡Nora! ... ¿Y me lo dices?
NORA.- Lo siento, Torvaldo, porque has sido siempre muy bueno conmigo ... Pero ¿qué he de hacer? No te amo ya.
HELMER.- (Se esfuerza por permanecer sereno). De eso, por supuesto, ¿también estás completamente convencida?
NORA.- En absoluto. Y por eso no quiero estar más aquí.
HELMER.- ¿Y puedes explicarme cómo he perdido tu amor?
NORA.- Muy sencillo. Ha sido esta misma noche, al ver que no se realizaba el prodigio esperado. Entonces he comprendido que no eras el hombre que yo creía.
HELMER.- Explícate. No entiendo ...
NORA.- Durante ocho años he esperado con paciencia, porque sabía de sobra, Dios mío, que los prodigios no son cosas que ocurren diariamente. Llegó al fin el momento de angustia, y me dije con certidumbre: ahora va a realizarse el prodigio. Mientras la carta de Krogstad estuvo en el buzón, no creí ni por un momento que pudieras doblegarte a las exigencias de ese hombre, sino que, por lo contrario, le dirías: Vaya usted a pregonarlo todo. Y cuando eso hubiera ocurrido ...
HELMER.- ¡Ah, sí! ... ¿Cuando yo hubiese entregado a mi esposa a la vergüenza y al menosprecio? ...
NORA.- Cuando eso hubiera ocurrido, yo estaba completamente segura de que responderías de todo, diciendo: Yo soy culpable.
HELMER.- ¡Nora!
NORA.- Vas a decir que yo no hubiera aceptado semejante sacrificio. Es cierto. Pero ¿de qué hubiese servido mi afirmación al lado de la tuya? ... ¡Pues bien!: ése era el prodigio que esperaba con terror, y para evitarlo iba a morir.
HELMER.- Nora, con placer hubiese trabajado por ti día y noche, y hubiese soportado toda clase de privaciones y de penalidades; pero no hay nadie que sacrifique su honor por el ser amado.
NORA.- Lo han hecho millares de mujeres.
HELMER.- ¡Eh!, discurres como una niña, y hablas del mismo modo.
NORA.- Es posible; pero tú no piensas ni hablas como el hombre a quien yo puedo seguir. Ya tranquilizado, no en cuanto al peligro que me amenazaba, sino al que corrías tú ... todo lo olvidaste, y vuelvo a ser tu avecilla canora, la muñequita que estabas dispuesto a llevar en brazos como antes, y con más precauciones que nunca al descubrir que soy más frágil. (Se levanta). Escucha, Torvaldo: en aquel momento me pareció que había vivido ocho años en esta casa con un extraño, y que había tenido tres hijos con él ... ¡Ah! ¡No quiero pensarlo siquiera! Tengo tentaciones de desgarrarme a mí misma en mil pedazos.
HELMER.- (Sordamente). Lo comprendo, ¡ay!, el hecho es indudable. Se ha abierto entre nosotros un abismo. Pero di si no puede colmarse, Nora.
NORA.- Como yo soy ahora, no puedo ser tu esposa.
HELMER.- ¿No puedo transformarme?
NORA.- Quizá ... si te quitan tu muñeca.
HELMER.- ¡Separarme ..., separarme de ti! No, no, Nora, no puedo resignarme a la separación.
NORA.- (Se dirige hacia la puerta de la derecha). Razón de más para concluir. (Se va y vuelve con el abrigo, el sombrero y un pequeño saco de viaje, que deja sobre una silla cerca del velador).
HELMER.- Nora, todavía no, todavía no. Espera a mañana.
NORA.- (Se pone el abrigo). No puedo pasar la noche bajo el techo de un extraño.
HELMER.- Pero ¿no podemos seguir viviendo juntos como hermanos?
NORA.- (Se pone el sombrero). Semejante género de vida no duraría mucho. (Se pone el chal sobre los hombros). Adiós, Torvaldo. No quiero ver a los niños. Sé que están en mejores manos que las mías. En mi situación actual ... no puedo ser una madre para ellos.
HELMER.- Pero ¿algún día, Nora ..., un día?
NORA.- Nada puedo decirte, porque ignoro lo que será de mí.
HELMER.- Pero, sea de ti lo que quieras, eres mi esposa.
NORA.- Cuando una mujer abandona el domicilio conyugal, como yo lo abandono, las leyes, según dicen, eximen al marido de toda obligación respecto a ella. De cualquier modo te eximo, porque no es justo que tú quedes encadenado, no estándolo yo. Absoluta libertad por ambas partes. Toma, aquí tienes tu anillo. Devuélveme el mío.
HELMER.- ¿También eso?
NORA.- Sí.
HELMER.- Toma.
NORA.- Gracias. Ahora todo ha concluido. Ahí dejo las llaves. En lo que respecta a la casa, la doncella está enterada de todo ... mejor que yo; mañana, después de mi marcha, vendrá Cristina a guardar en un baúl cuanto traje al venir aquí, pues deseo que se me envíe.
HELMER.- ¡Todo ha concluido! ¿No pensarás en mí jamás, Nora?
NORA.- Seguramente que pensaré con frecuencia en ti, y en los niños, y en la casa.
HELMER.- ¿Puedo escribirte, Nora?
NORA.- ¡No, jamás! Te lo prohíbo.
HELMER.- ¡Oh! Pero puedo enviarte ...
NORA.- Nada, nada.
HELMER.- Ayudarte, si lo necesitas.
NORA.- ¡No! No puedo aceptar nada de un extraño.
HELMER.- Nora ... ¿ya no seré más que un extraño para ti.
NORA.- (Coge el saco de viaje). ¡Ah, Torvaldo! Se tendría que realizar el mayor de los prodigios.
HELMER.- Di cuál.
NORA.- Necesitaríamos transformamos los dos hasta el extremo de ... ¡Ay, Torvaldo! No creo ya en los prodigios.
HELMER.- Pues yo sí quiero creer. Di: ¿deberíamos transformamos los dos hasta el extremo de ...?
NORA.- Hasta el extremo de que nuestra unión fuera un verdadero matrimonio. ¡Adiós!
(Se oye cerrar la puerta de la casa).
HELMER.-(Se deja caer en una silla cerca de la puerta y oculta el rostro con las manos). ¡Nora, Nora! (Levanta la cabeza y mira en derredor suyo). ¡Se ha ido! ¡No verla más! ... (Con vislumbre de esperanza). ¡El mayor de los prodigios! ...
(Se oye abajo la puerta del portal al cerrarse).