martes, 15 de abril de 2008

El Antiteologismo

EL ANTITEOLOGISMO
(por Mijaíl A. Bakunin)

Señores, estamos convencidos que ninguna gran transformación política y social es hecha en el mundo sin que haya sido acompañada, y con frecuencia precedida, por un movimiento análogo en las ideas filosóficas y religiosas que dirigen la conciencia tanto de los individuos como de la sociedad.

No siendo todas las religiones con sus dioses más que la creación de la fantasía creyente y crédula del hombre que no llegó todavía a la altura de la reflexión pura y del pensamiento libre apoyado en la ciencia, el cielo religioso no ha sido más que un milagro en el que el hombre exaltado por la fe halló largo tiempo su propia imagen, pero agrandada y trastornada, es decir, divinizada.

La historia de las religiones, la de la grandeza y decadencia de los dioses que se han sucedido, no es, pues, otra cosa que la historia del desenvolvimiento de la inteligencia y de la conciencia colectiva de los hombres. A medida que descubrían, sea en ellos, sea fuera de sí, una fuerza, una capacidad, una cualidad cualquiera la atribuían a sus dioses, después de haberla engrandecido, ampliado por sobre toda medida, como hacen ordinariamente los niños, por un acto de fantasía religioso. De suerte que gracias a esa modestia y a esa generosidad de los hombres, el cielo se ha enriquecido con los despojos de la Tierra, y por una consecuencia natural, cuanto más rico se hacía el cielo, más miserable se volvía la humanidad. Una vez instalada la divinidad fue naturalmente proclamada dueña, fuente dispensadora de todas las cosas; el mundo real no fue ya nada más que por ella, y el hombre, después de haberla creado a su imagen, se arrodilló ante ella y se declaró su criatura, su esclavo.

El cristianismo es precisamente la religión por excelencia, porque expone y manifiesta la naturaleza misma y la esencia de toda religión, que son: el empobrecimiento, el aniquilamiento, el sometimiento sistemáticos, absolutos de la humanidad en beneficio de la divinidad, principio supremo no sólo de toda religión, sino también de toda metafísica teista o panteista. Siendo dios todo, el mundo real y el hombre no son nada. Siendo dios la verdad, la justicia y la vida infinitas, el hombre es la mentira, la iniquidad y la muerte. Siendo dios el amo, el hombre es el esclavo. Incapaz de encontrar por sí mismo el camino de la justicia y de la verdad, debe recibirlas como una revelación de lo alto, por intermedio de los enviados y de los elegidos de la gracia divina. Quien dice revelación dice reveladores, dice profetas, dice sacerdotes, y una vez reconocidos éstos como los representantes de la divinidad sobre la Tierra, como los instructores y los iniciadores de la humanidad en la vida eterna, reciben por eso mismo la misión de dirigirlo, de gobernarlo y de mandarlo aquí abajo. Todos los hombres le deben una fe y una obediencia absolutas; esclavos de dios, deben serIo también de la Iglesia y del Estado, en tanto que éste es bendecido por la Iglesia. De todas las religiones que existen o que han existido, el cristianismo es la única que ha comprendido perfectamente eso y sólo el catolicismo romano, entre todas las sectas cristianas, lo ha proclamado y realizado con una consecuencia rigurosa.


He aquí por qué el cristianismo es la religión absoluta, la última religión, y por qué la iglesia apostólica y romana es la única consecuente, legítima y divina.

Que no desagrade, pues, a todos los semifilósofos, a todos los llamados pensadores religiosos que: la existencia de dios, implique la abdicación de la razón y de la justicia humanas, es la negación de la humana libertad y termina necesariamente en una esclavitud no sólo teórica, sino práctica.

A menos, pues, de querer la esclavitud, no podemos ni debemos hacer la menor concesión a la teología, porque en ese alfabeto místico y rigurosamente consecuente, el que comienza por A debe llegar fatalmente a Z, y el que quiere adorar a dios debe renunciar a su libertad y a su dignidad de hombre:

Dios existe, por tanto el hombre es esclavo.

El hombre es inteligente, justo, libre, por tanto dios no existe.

Desafiamos al que sea capaz de salir de este círculo.

Por otra parte, la historia nos demuestra que los sacerdotes de todas las religiones, menos los de las iglesias perseguidas, han sido los aliados de la tiranía. Y estos últimos también, aunque combatiesen y maldijesen los poderes que los oprimían, ¿no disciplinaban al mismo tiempo a sus propios creyentes y por eso mismo no han preparado siempre los elementos de una tiranía nueva? La esclavitud intelectual, de cualquier naturaleza que sea, tendrá siempre por consecuencia natural la esclavitud política y social. Hoy el cristianismo, bajo todas sus formas diferentes, y con él la metafísica doctrinaria y deísta, salida de él, y que no es en el fondo más que una teología enmascarada, constituyen sin duda alguna el obstáculo más formidable para la emancipación de la sociedad; y la prueba es que los gobiernos, todos los estadistas de Europa, que no son ni metafísicos, ni teólogos, ni deístas, y que en el fondo de sus corazones no creen ni en dios ni en el diablo, protegen con pasión, con encarnizamiento la metafísica y la religión, cualquiera religión que sea, siempre que enseñe, como por lo demás lo hacen todas, la paciencia, la resignación, la sumisión.

Este encarnizamiento que ponen en defenderla nos prueba cuán necesario es para nosotros combatirlas y derribarlas.

¿Es preciso recordaros, señores, hasta qué punto las influencias religiosas desmoralizan y corrompen a los pueblos? Matan en ellos la razón, el principal instrumento de la emancipación humana, y los reducen a la imbecilidad, fundamento principal de toda esclavitud, llenando su espíritu de divinos absurdos. Matan en ellos la energía del trabajo, que es su gloria y su salvación: pues el trabajo es el acto por el cual el hombre, al convertirse en creador, forma su mundo, las bases y las condiciones de su humana existencia y conquista al mismo tiempo su libertad y su humanidad. La religión mata en ellos ese poder productivo, haciéndoles despreciar la vida terrestre, en vista de una celeste beatitud, representándoles el trabajo como una maldición o como un castigo merecido, y la desocupación como un divino privilegio. Mata en ellos la justicia, esa guardiana severa de la fraternidad y esa condición soberana de la paz, haciendo inclinar siempre la balanza en favor de los más fuertes, objetos privilegiados de la solicitud, de la gracia y de la bendición divinas. En fin, mata en ellos la humanidad, reemplazándola en sus corazones por la divina crueldad.

Toda religión está fundada en la sangre, porque todas, como se sabe, reposan esencialmente en la idea de sacrificio, es decir en la inmolación perpetua de la humanidad a la inextinguible venganza de la divinidad. En ese sangriento misterio el hombre es siempre la víctima, y el sacerdote, hombre también, pero hombre privilegiado por la gracia, es el divino verdugo. Esto nos explica por qué los sacerdotes de todas las religiones, los mejores, los más humanos, los más dulces, tienen casi siempre en el fondo de su corazón, y si no en su corazón al menos en su espíritu y en su imaginación -y se sabe la influencia que uno y otra ejercen sobre el corazón-, algo de crueles y de sanguinarios; y por qué, cuando se agitó en todas partes la cuestión de la abolición de la pena de muerte, sacerdotes católicos, ortodoxos moscovitas y griegos, protestantes, se declararon todos unánimemente por su mantenimiento.

La religión cristiana más que ninguna otra, fue fundada en sangre e históricamente bautizada en sangre.¡Que se cuenten los millones de víctimas que esta religión del amor y del perdón ha inmolado a la venganza cruel de su dios! ¡Que se recuerden las torturas que ha inventado y que ha infligido! ¿Es hoy más suave y más humana? No, quebrantada por la indiferencia y por el escepticismo, sólo se ha vuelto hoy impotente, o más bien mucho menos poderosa, porque desgraciadamente la potencia del mal no le falta aún hoy mismo. Y ved en el país en que, galvanizada por las pasiones reaccionarias, parece revivir: su primera palabra, ¿no es siempre la venganza y la sangre, su segunda palabra no es la abdicación de la razón humana y su conclusión no es la esclavitud? En tanto que el crístianismo y los sacerdotes cristianos, en tanto que una religión divina continúen ejerciendo la menor influencia sobre las masas populares, la razón, la libertad, la humanidad, la justicia no triunfarán sobre la Tierra; porque en tanto que las masas populares queden sumergidas en la superstición religiosa servirán siempre de instrumento a todos los despotismos coaligados contra la emancipación de la humanidad.

Nos importa mucho pues, libertar a las masas de la superstición religiosa, no sólo por amor a ellas, sino por amor a nosotros mismos, para salvar nuestra libertad y nuestra seguridad. Pero no podemos llegar a este fin más que por dos caminos: el de la ciencia racional y el de la propaganda del socialismo.

Entendemos por ciencia racional aquella que, habiéndose libertado de todos los fantasmas de la metafísica y de la religión, se distingue de las ciencias puramente experimentales y críticas, primero en que no restringe sus investigaciones a tal o cual objeto determinado, sino que se esfuerza por abrazar el universo entero, en tanto que conocido, porque no tiene nada que hacer con lo desconocido; y además en que no se sirve, como las ciencias mencionadas, exclusiva y solamente del método analítico, sino que permite también recurrir a la síntesis, procediendo muy a menudo por analogía y por deducción, teniendo buen cuidado de no atribuir nunca a esas síntesis más que un valor hipotético, hasta que hayan sido enteramente confirmadas por el más severo análisis experimental o crítico.

Las hipótesis de la ciencia racional se distinguen de las de la metafísica en que esta última, al deducir las suyas como consecuencias lógicas de un sistema absoluto, pretende forzar la naturaleza a aceptarlas; mientras que las hipótesis de la ciencia racional, nacidas, no de un sistema trascendente, sino de una síntesis que no es nunca más que el resumen o la expresión general de una cantidad de hechos demostrados por la experiencia, no pueden tener nunca ese carácter imperativo y obligatorio, al contrario, son presentadas siempre de modo que se pueda retirarlas tan pronto como se encuentren desmentidas por nuevas experiencias.

La filosofía racional o ciencia universal no procede aristocráticamente, ni autoritariamente, como la difunta metafísica. Organizándose ésta siempre de arriba a abajo, por vía de deducción y de síntesis, pretendía reconocer también la autonomía y la libertad de las ciencias particulares, pero en realidad las obstaculizaba horriblemente, hasta el punto de imponerles leyes y hechos, e impedirles entregarse a experiencias cuyos resultados habrían podido reducir a la nada todas sus especulaciones. La metafísica, como se ve, obraba según el método de los Estados centralizados.

La filosofía racional, al contrario, es una ciencia completamente democrática. Se organiza de abajo a arriba y tiene por fundamento único la experiencia. Nada de lo que no ha sido realmente analizado y confirmado por la experiencia o por la más severa crítica puede ser aceptado por ella. Por consiguiente dios, lo infinito, lo absoluto, todos esos objetos tan amados por la metafísica son absolutamente eliminados de su seno. Se aparta de ellos con indiferencia, mirándolos como otros tantos milagros o fantasmas. Pero como los milagros o los fantasmas constituyen parte esencial del desenvolvimiento del espíritu humano, puesto que el hombre no llega ordinariamente al conocimiento de la simple verdad más que después de haber imaginado, agotado, todas las ilusiones posibles, y como el desenvolvimiento del espíritu humano es un objetivo real de la ciencia, la filosofía natural les asigna su verdadero puesto, no ocupándose de ellos más que desde el punto de vista de la historia y se esfuerza por mostrarnos al mismo tiempo las causas tanto psicológicas como históricas que explican el nacimiento, el desenvolvimiento y la decadencia de las ideas religiosas y metafísicas tanto como su necesidad relativa y transitoria en las evoluciones del espíritu humano. De este modo les da toda la justicia a que tienen derecho y después se aparta de ellas para siempre.

Su objeto es el mundo real y conocido. A los ojos del filósofo racional no hay más que un ser en el mundo y una ciencia. Por consiguiente tiende a abarcar y a coordinar todas las ciencias particulares en un solo sistema. Esa coordinación de todas las ciencias positivas en un solo saber humano constituye la filosofía positiva o la ciencia universal. Heredera y al mismo tiempo negación absoluta de la religión y de la metafísica, esa filosofía, presentada y preparada desde hace largo tiempo por los más nobles espíritus, fue concebida por primera vez como un sistema completo, por un gran pensador francés, Augusto Comte, que trazó su primer plan con una mano sabia y atrevida.

La coordinación que establece la filosofía positiva no es una simple yuxtaposición, es una especie de encadenamiento orgánico por el cual, comenzando por la ciencia más abstracta, la cual tiene por objeto el orden de los hechos más simples, las matemáticas, se eleva de grado en grado a las ciencias comparativamente más concretas que tienen por objeto hechos más y más complejos. Así, de las matemáticas puras se eleva a la mecánica, a la astronomía, después a la física, a la química, a la geología y a la biología (comprendiendo en ella la clasificación, la anatomía y la fisiología comparadas de las plantas primero, y después del reino animal) y se acaba por la sociología, que abarca toda la humana historia en tanto que desenvolvimiento del ser humano colectivo e individual en la vida económica, política, social, religiosa, artística y científica. No hay entre todas esas ciencias que se suceden desde las matemáticas hasta la sociología inclusive, ninguna solución de contínuidad. Un solo ser, un solo saber y en el fondo siempre el mismo método, pero que se complica necesariamente a medida que los hechos que se presentan se vuelven más complejos; cada ciencia que sigue se apoya amplia y absolutamente en la ciencia precedente, y en tanto que el estado actual de nuestros conocimientos reales lo permite, se presenta como su desenvolvimiento necesario.

Es curioso observar que el orden de las ciencias establecido por Augusto Comte es casi el de la Enciclopedia de Hegel, el más grande metafísico de los tiempos presentes y pasados, que ha tenido la dicha y la gloria de llevar el desenvolvimiento de la filosofía especulatíva a su punto culminante, lo que hizo que, impulsada en adelante por su dialéctica propia, debiese destruirse a sí misma. Pero hay entre Augusto Comte y Hegel una enorme diferencia. En tanto que el segundo, como verdadero metafísico que era, había espiritualizado la materia y la naturaleza, haciéndolas proceder de la lógica, es decir del espíritu, Augusto Comte ha hecho todo lo contrario, materializó el espíritu, fundándolo únicamente en la materia. ¡Es en eso en lo que consiste su gloria inmensa!

Así, la psicología, esa ciencia tan importante, que constituía la base misma de la metafísica, y a quien la filosofía especulativa consideraba como un mundo casi absoluto, espontáneo e independiente de toda influencia material, no tíene en el sistema de Augusto Comte otra base que la físiología, y no es otra cosa que el desenvolvimiento de ésta; de suerte que lo que llamamos inteligencia, imaginación, memoria, sentimiento, sensación, voluntad no son a nuestros ojos más que las diferentes facultades funciones o actividades del cuerpo humano.

Desde este punto de vista, el mundo humano, su desenvolvimiento, su historia -que habíamos visto hasta entonces como una manifestación de una idea teológica, metafísica y jurídico-polítíca, y del cual debemos recomenzar hoy el estudio, tomando por punto de partida toda la naturaleza y por hilo director la propia fisiología del hombre- se nos aparecerán bajo una luz nueva, más natural, más humana, más amplia y más fecunda en enseñanzas para el porvenir.

Es así como se presenta ya en este camino el advenimiento de una ciencia nueva: la sociología, es decir la ciencia de las leyes generales que presiden todos los desenvolvimientos de la sociedad humana. Será el último término y el coronamiento de la filosofía positiva. La historia y la estadística nos prueban que el cuerpo social, como cualquier otro cuerpo natural, obedece en sus evoluciones y transmutaciones a leyes generales que parecen ser tan necesarias como las del mundo físico. Derivar estas leyes de los acontecimientoe pasados y de la masa de los hechos presentes, tal debe ser el objeto de esta ciencia. Aparte del inmenso interés que presenta ya al espíritu, nos promete en el porvenir una gran utilidad práctica; porque lo mismo que no podemos dominar la naturaleza y transformarla, según nuestras necesidades progresivas, mas que gracias al conocimiento que hemos adquirido de sus leyes, no podremos realizar nuestra libertad y nuestra prosperidad en el medio social mas que teniendo en cuenta las leyes naturales y permanentes que la gobiernan. Y desde el momento en que hemos reconocido que no existe de ningún modo el abismo que en la imaginación de los teólogos y de los metafísicos pretendía separar el espíritu de la naturaleza, debemos considerar la sociedad humana como un cuerpo, sin duda mucho más complejo que los otros, pero completamente natural y que obedece a las mismas leyes, más las que le son exclusivamente propias. Una vez admitido esto, se hace claro que el conocimiento y la estricta observancia de estas leyes es indispensable para que sean viables las transformaciones sociales que emprendemos.

Pero por otra parte sabemos que la sociología es una ciencia apenas nacida, que busca aún sus elementos, y si juzgamos esta ciencia, la más difícil de todas, según el ejemplo de las demás, debemos reconocer que serán precisos siglos, un siglo al menos, para que se constituya definitivamente y se transforme en una ciencia seria, suficiente y compleja. ¿Cómo hacer entonces? ¿Será preciso que la humanidad doliente espere aún un siglo o más para liberarse de todas las miserias que la oprimen, hasta el momento en que la sociología positiva, defínitivamente constituida, venga a declararle que está, en fin, en estado de darle las indicaciones y las instrucciones que reclama su transformación racional?

¡No, mil veces no! Primero, para esperar algunos siglos todavía sería necesario tener la paciencia ... cediendo a un viejo hábito, íbamos a decir la paciencia de los alemanes, pero nos hemos detenido, reflexionando que en el ejercicio de esa virtud han sobrepasado hoy otros pueblos a los alemanes. Y además, suponiendo que tuviésemos la posibilidad y la paciencia para esperar, ¿qué sería una sociedad que no nos presentara más que la traducción en la práctica o la aplicación de una ciencia, aunque esa ciencia fuera la más completa del mundo: una miseria? Imaginaos un universo que no contuviera nada más que lo que el espíritu humano ha percibido hasta aquí, reconocido y comprendido, ¿no sería una mísera pequeñez al lado del universo que existe?

Estamos llenos de respeto hacia la ciencia y la consideramos como uno de los más preciosos tesoros, como una de las glorias más puras de la humanidad. Por ella se distingue el hombre del animal, hoy su hermano menor, antes su antepasado, y deviene capaz de ser libre. Por lo tanto es necesario reconocer también los límites de la ciencia y recordarle que no es todo, que no es más que una parte y que el todo es la vida: la vida universal de los mundos, o, para no perdernos en lo desconocido y en lo indefinido: la de nuestro sistema solar o la de nuestro globo terrestre sólo, o bien, restringiéndonos aún más, el mundo humano, el movimiento, el desenvolvimiento, la vida de la humana sociedad sobre la Tierra. Todo esto es infinitamente más amplio, más extenso, más profundo y más rico que la ciencia, y no será nunca agotado por ella.

La vida, tomada en su sentido universal, no es la aplicación de tal o cual teoría humana o divina -es una creación, hubiéramos dicho de buena gana si no temiésemos dar lugar a un malentendido con esa palabra-; y comparando los pueblos creadores de su propia historia a artistas, preguntaríamos si los grandes poetas han esperado alguna vez que la ciencia descubriese las leyes de la creación poética para crear sus obras maestras. ¿No han hecho Esquilo y Sófocles sus magníficas tragedias mucho antes de que Aristóteles hubiese calcado sobre sus obras mismas la primera estética? Shakespeare, ¿se ha dejado inspirar en alguna ocasión por una teoría? ¿Y Beethoven, no amplió las bases del contrapunto por la creación de sus sinfonías? ¿Y qué sería una obra de arte producida según los preceptos de la más bella estética del mundo? Una vez más, una cosa miserable. ¡Pero los pueblos que crean su historia no son, probablemente, ricos en instinto, ni menos poderosos creadores, ni más dependientes de los señores sabios que los artistas!

Si vacilamos en hacer uso de esta palabra: creación, es porque tememos que se asocie a ella un sentido que nos es imposible admitir. Quien dice creación parece decir creador, y nosotros rechazamos la existencia de un creador único, tanto para el mundo humano como para el mundo físico, pues ambos no son sino uno solo a nuestros ojos. Al hablar de los pueblos creadores de su propia historia, tenemos la conciencia de emplear una expresión metafórica, una comparación impropia. Cada pueblo es un ser colectivo que posee sin duda propiedades tanto fisiológico-psicológicas como político-sociales particulares, que al distinguirlo de todos los demás pueblos, lo individualizan en cierto modo; pero no es nunca un individuo, un ser único e indivisible en el sentido real de esta palabra. Por desarrollada que esté su conciencia colectiva y por concentrada que pueda encontrarse en el momento de una gran crisis nacional, la pasión, o lo que se llama la voluntad popular hacia un solo fin, jamás llegará esa concentración a la de un individuo real. En una palabra, ningún pueblo, por unido que se sienta, podrá jamás decir: ¡nosotros queremos! Sólo el individuo tiene el hábito de decir: ¡Yo quiero! y cuando oís decir en nombre de un pueblo entero: ¡él quiere!, estad bien seguros que un usurpador cualquiera, hombre o partido, se oculta tras eso.

Con la palabra creación no nos referimos aquí ni a la creación teológica o metafísica, ni a la creación artística, docta, industrial, ni a no importa qué creación tras la cual se halle un individuo creador. Entendemos simplemente por esa palabra, el producto infinitamente complejo de una cantidad innumerable de causas muy diferentes, grandes y pequeñas, algunas conocidas, pero la inmensa mayoría desconocidas aún y que en un momento dado, habiéndose combibinado, no sin razón, pero sí sin plan trazado de antemano y sin premeditación alguna, han producido el hecho.

Pero entonces, se dirá, la historia y los destinos de la humana sociedad, ¿no presentarían ya más que un caos y no serían ya más que juguetes del azar? Al contrario, desde el momento en que la historia esté libre de toda arbitrariedad divina y humana, entonces y sólo entonces es cuando se presenta a nuestros ojos en toda la grandeza imponente y al mismo tiempo racional de un desenvolvimiento necesario, como la naturaleza orgánica y física de la que es continuación inmediata. Esta última, a pesar de la inagotable riqueza y variedad de los seres reales de que está compuesta, no nos presenta de ningún modo el caos, sino al contrario un mundo magníficamente organizado, y donde cada parte conserva, por decirlo así, una relación necesariamente lógica con todas las demás. Pero entonces, se dirá, ¿ha habido un ordenador? Muy lejos de ello, un ordenador, aunque fuese un dios, no hubiera podido más que obstaculizar por su arbitrariedad personal la ordenación natural y el desenvolvimiento lógico de las cosas, y hemos visto que la propiedad principal de la divinidad en todas las religiones es ser precisamente superior, es decir contraria a toda lógica, y no tener nunca más que una sola lógica propia: la de la imposibilidad natural, o la del absurdo . Porque, ¿qué es la lógica sino la corriente o el desenvolvimiento natural de las cosas, o bien el procedimiento natural por el cual muchas causas determinantes producen un hecho? Por consiguiente, podemos enunciar este axioma tan sencillo y al mismo tiempo tan decisivo:

Todo lo que es natural es lógico, y todo lo que es lógico está realizado o debe realizarse en el mundo real, en la naturaleza propiamente dicha y en su desenvolvimiento posterior: en la historia natural de la humana sociedad.

La cuestión es, pues, saber: ¿qué es la lógica en la naturaleza y en la historia? No es tan fácil de determinar como se puede imaginar al primer momento. Porque, para saberlo perfectamente, de modo que no se engañe uno jamás, será preciso tener conocimiento de todas las causas, influencias, acciones y reacciones que determinen la naturaleza de una cosa y de un hecho sin exceptuar una sola, aunque fuese la más lejana y la más débil. ¿Y cuál es la filosofía o la ciencia que puede vanagloriarse de poder abarcarlas todas y agotarlas mediante su análisis? Será preciso ser muy pobre de espíritu, muy poco consciente de la infinita riqueza del mundo real para pretenderlo.

¿Hay que dudar por eso de la ciencia? ¿Es preciso rechazarla porque no nos da lo que no puede darnos? Eso sería una locura mucho más funesta aún que la primera. Abandonad la ciencia, y por falta de luz volveréis al estado de los gorilas, nuestros antepasados, y os será forzoso rehacer durante un millar de años todo el camino que debió recorrer la humanidad a través de los resplandores fantasmagóricos de la religión y de la metafísica, para llegar de nuevo a la luz imperfecta, es verdad, pero al menos muy segura que poseemos hoy.

El triunfo más grande y decisivo obtenido por ella en nuestros días fue, como lo hemos observado ya, el haber incorporado la psicología a la biología; el haber establecido que todos los actos intelectuales y morales que distinguen al hombre de las demás especies animales, tales como el pensamiento, el acto de la humana inteligencia y las manifestaciones de la voluntad reflexiva, tienen su fuerza única en la organización, sin duda más completa, pero sin embargo material, del hombre, sin sombra de intervención espiritual o extramaterial; que son, en una palabra, productos surgidos de la combinación de diversas funciones puramente fisiológicas del cerebro.

Este descubrimiento es inmenso, tanto desde el punto de vista de la ciencia como del de la vida. Gracias a él la ciencia del mundo humano, comprendidas en ella la antropología, la psicología, la lógica, la moral, la economía social, la política, la estética, la teología, la metafísica, y también la historia; en una palabra, toda la sociología, deviene posible. Entre el mundo humano y el mundo natural no hay ya solución de continuidad; pero como el mundo orgánico, bien que sea el desenvolvimiento ininterrumpido y directo del mundo inorgánico, se distingue sin embargo de éste, profundamente, por la introducción de un elemento activo nuevo: la materia orgánica, producida, no por la intervención de una causa extramundana cualquiera, sino por combinaciones de la materia inorgánica, desconocidas para nosotros hasta el presente, combinaciones que producen a su vez, sobre la base y en las condiciones de ese mundo inorgánico, de que es ella misma el resultado más elevado, todas las riquezas de la vida vegetal y animal. Lo mismo el mundo orgánico, que es también la continuación inmediata del mundo inorgánico, se distingue esencialmente de él por un nuevo elemento: el pensamiento, producido por la actividad completamente psicológica del cerebro y que produce al mismo tiempo, en medio de ese mundo material y en sus condiciones orgánicas y anorgánicas, de las cuales es por decirlo así el último resultado, todo lo que llamamos el desenvolvimiento intelectual y moral, político y social del hombre: la historia de la humanidad.

Para los hombres que piensan realmente con lógica, y cuya inteligencia se ha elevado a la altura actual de la ciencia, esa unidad del mundo o del ser es en adelante una verdad adquirida. Pero es imposibe desconocer que ese hecho tan simple, y de tal modo evidente que todo lo que le es opuesto se nos aparece en lo sucesivo como absurdo; que ese hecho, decimos, esté en flagrante contradicción con la conciencia universal de la humanidad que, abstracción hecha de la diferencia de las formas en que se ha manifestado en la historia, se ha pronunciado siempre unánimemente por la existencia de dos mundos distintos: el mundo espiritual y el mundo material, el mundo divino y el mundo real. Desde los fetichistas que adoran en el mundo que les rodea la acción de un poder sobrenatural, encarnado en algún objeto material, todos los pueblos han creído, todos creen todavía hoy en la existencia de una divinidad cualquiera.

Esa unanimidad imponente, según la opinión de muchas personas, vale más que todas las demostraciones de la ciencia; y si la lógica de un pequeño número de pensadores consecuentes, pero aislados, le es contraria, tanto peor, dicen, para esa lógica, porque el consentimiento unánime, la adopción universal de una idea, han sido consideradas siempre como la prueba más victoriosa de su verdad y eso con mucha razón, porque el sentimiento de todo el mundo y de todos los tiempos no podría engañarse; debe tener su raíz en una necesidad esencial, inherente a la naturaleza misma de toda la humanidad. Pero si es verdad que, conforme a esa necesidad, el hombre tiene absoluta necesidad de creer en la existencia de un dios, el que no cree en ella, cualquiera que sea la lógica que lo arrastre a ese escepticismo, es una excepción anormal, un monstruo.

He ahí la argumentación favorita de muchos teólogos y metafísicos de nuestros días, hasta del ilustre Mazzini mismo, que no puede vivir sin un buen dios para fundar su República ascética y para hacerla aceptar por las masas populares, de las cuales sacrifica sistemáticamente la libertad y el binestar a la grandeza de un Estado ideal.