jueves, 8 de mayo de 2008

Del ser humano masculino y femenino



Del ser humano masculino y femenino
Carta a P.J. Proudhon

Por Joseph Déjacque



¿Qué es el hombre? Nada. - ¿Qué es la mujer? Nada. - ¿Qué es el ser-humano? - TODO.


Del fondo de Louisiana donde me deportó el flujo y el reflujo del exilio, pude leer en un periódico de los Estados Unidos, la Revista del Oeste, un fragmento de correspondencia entre usted, P.J. Proudhon, y una dama llamada d’Héricourt.

Algunas palabras de la Señora d' Héricourt citadas por este periódico me hacen temer que el antagonista femenino no sea capaz –polémicamente hablando– de luchar contra el sonido brutal de su masculino adversario.

No conozco nada de la Señora d' Héricourt, ni de sus escritos, si escribe, ni de su posición en el mundo, ni de su persona. Pero para argumentar bien sobre la mujer, como para argumentar bien sobre el hombre, el espíritu no basta: hay que haber visto mucho y mucho meditado. Habría que, tal como creo, haber sentido todas las pasiones personales para poder toparse con todos los ángulos de la sociedad; desde las cuevas de la miseria hasta los picos de la fortuna; desde las cimas plateadas donde se pone en movimiento esa masa compacta que provoca la feliz avalancha del vicio, hasta el fondo de los barrancos donde rueda con desenfreno miserable. Entonces, de esta piedra humana, tan frotada de choque a choque, podría la lógica, esa chispa de verdad, brotar.

Me gustaría ver tratar esta cuestión de la emancipación de la mujer, por una mujer que hubiera vivido mucho y de diversas formas, y que, por su vida pasada, conociera tanto a la aristocracia como al proletariado, al proletariado sobre todo; porque la mujer de la buhardilla tiene más capacidad de penetrar con su vista y pensamiento en el seno de la vida lujosa, oficial o secreta, en el seno de la gran dama, de la que la mujer de salón tiene de divisar la vida de privación, aparente o escondida, de la chica del pueblo.

Sin embargo, a falta de esta otra magdalena que difunda fecundas gotas de rocío de su corazón para enjugar los pies de la Humanidad crucificada y mueva el badajo de su alma hacia un mundo mejor; a falta de esta voz de civilizada arrepentida, creyente de la Armonía, chica anárquica; a falta de esta mujer que alta y públicamente abjura de todos los perjuicios de sexo y de raza, de leyes y de costumbres que todavía nos relacionan con un mundo pasado; ¡Pues bien! Yo, ser humano de sexo masculino, voy a tratar de abordar, hacia y contra usted, aliboron-Proudhon, esta cuestión de la emancipación de la mujer que no es más que la emancipación del ser humano de ambos sexos.

¿Es verdaderamente posible, célebre propagandista, que bajo su piel de león haya tanta burricie?

Usted tiene en las venas las pulsaciones más poderosas y revolucionarias cuando habla del trabajo manual y el estómago, usted tiene en este aspecto los arrebatos más fogosos, pero a su vez posee una estupidez totalmente reaccionaria, en todo lo que se refiere al trabajo del corazón, al trabajo del sentimiento. Su nerviosa y poco flexible lógica en las cuestiones de producción y consumo industriales no es más que una endeble caña sin fuerza en las cuestiones morales de la producción y consumo. Su inteligencia, viril, plena para todo lo que ha traicionado al hombre, es como si estuviera castrada para lo que trata de la mujer. Cerebro hermafrodita, su pensamiento tiene la monstruosidad del doble sexo bajo el mismo cráneo, del sexo-luz y el sexo-oscuridad, y se desarrolla y se retuerce en vano sobre sí mismo sin poder llegar a parir la verdad social.

Otra Juana de Arco de género masculino, durante cuarenta años ha guardado intacta su virginidad, hasta que las maceraciones del amor ulceraron su corazón; los celosos rencores le gotean; usted grita: “¡Guerra a las mujeres!” Como la Virgen de Orleans gritaba: “¡Guerra a los Ingleses!” -los Ingleses la quemaron viva... ¡Las mujeres le han convertido en marido, en santo varón, mucho tiempo virgen y siempre mártir!

Padre Proudhon, usted sabe lo que digo: cuando habla de mujeres, da la impresión de un colegial que creer ser el más alto y fuerte, y que, a tontas y a locas, y con impertinencia, trata de darse importancia hablando de lo que no sabe a fin de impresionar a sus adolescentes oyentes.

Después de haber profanado su carne en soledad durante cuarenta años, ha logrado salir de allí y, de polución en polución, ha acabado por profanar públicamente su inteligencia, elucubrando impurezas, y salpicando con ellas a la mujer.

¿Es esto, Narciso-Proudhon, lo que usted llama la cortesía viril y honrada?

Cito sus palabras:
"No, señora, usted no sabe nada de su sexo; usted no conoce ni la primera palabra de la cuestión que usted y sus honorables coaligadas agitan con tanto ruido y tan poco éxito. Y si usted no la comprende; si en las ocho páginas de respuestas que da usted a mi carta hay cuarenta razonamientos falsos, eso se debe precisamente, como ya le he dicho, a su imperfección sexual. Por esta palabra, cuya exactitud no puede reprocharse, entiendo la calidad de su entendimiento, que no le permite captar la relación de las cosas si nosotros, los hombres, no se las hacemos tocar con el dedo. Hay en ustedes las mujeres, tanto en cerebro como en el vientre, cierto órgano incapaz por sí mismo de vencer su inercia innata, y que sólo el espíritu masculino puede hacer funcionar, cosa que no logra siempre. Ese es, señora, el resultado de mis observaciones directas y positivas: lo dejo a su sagacidad obstetricia y para que calcule, para su tesis, las consecuencias incalculables”.

Por tanto -el viejo jabalí no es más que carne de cerdo-, si es verdad, y si tal y como usted dice, la mujer no puede dar a luz ni con el cerebro ni con el vientre sin el socorro del hombre - y esto es verdad-, también es verdad -pues la cosa es recíproca- que el hombre no puede producir ni por la carne ni por la inteligencia sin el socorro de la mujer. Esta es la lógica, la buena lógica, Maestro-Madelon-Proudhon, que un alumno, que siempre fue, también, un sujeto desobediente, puede arrancarle de sus manos y echársela en cara.

La emancipación o la no emancipación de la mujer, la emancipación o la no emancipación del hombre ¿qué quiere decir? ¿Es que -naturalmente- puede haber derechos para uno que no lo sean para el otro? ¿Es que el ser humano no es el mismo ser humano en plural que en singular, en femenino que en masculino? ¿Acaso no es cambiar la naturaleza tratar de escindir los sexos? ¿Y las gotas de lluvia que caen de las nubes y atraviesan el aire serían menos gotas de lluvia si cayeran en poca cantidad que si cayeran en mucha, si su forma tuviera tal dimensión o tal otra, tal configuración masculina o tal configuración femenina?

Plantear la cuestión de la emancipación de la mujer a la vez que la cuestión de la emancipación del proletario, hombre-mujer o, por decir la misma cosa con otras palabras, hombre-esclavo -carne de harén o carne de taller- se comprende, y es revolucionario; pero poner esa cuestión en relación con el hombre-privilegio, ¡oh! entonces, desde el punto de vista del progreso social carece de sentido, es reaccionario. Para evitar cualquier equívoco, habría que hablar de emancipación del ser humano. En estos términos, la cuestión queda completa; plantearla de este modo es resolverla: el ser humano, en sus rotaciones de cada día, gravita de revolución en revolución hacia su ideal de perfectibilidad, la Libertad.

Pero el hombre y la mujer que marchan juntos, al mismo tiempo y con el mismo corazón, unidos y fortificados por el amor, avanzando hacia su destino natural, la comunidad anárquica; pero la aniquilación de todos los despotismos, y la nivelación de todas las desigualdades sociales; pero el hombre y la mujer que entran así -cogidos del brazo y pudiendo mirarse de frente- en el jardín social de la Armonía; pero este grupo humano, este sueño de felicidad realizado, este tablero animado del futuro; pero todos estos murmullos y brillos igualitarios suenan mal en sus oídos y le hacen deslumbrarse.
Su entendimiento, atormentado por las pequeñas vanidades, le hace ver la posteridad del hombre-estatua, erigido sobre el pedestal-mujer como hombre-patriarca, de pie ante la mujer-sirviente.

Escritor fustigador de las mujeres, siervo del hombre absoluto, Proudhon-Heynau, que tiene por látigo la palabra, como el verdugo croata, y parece disfrutar de todas las lubricidades de la codicia al desvestir a sus bellas víctimas sobre el papel del suplicio y flagelarlas con sus invectivas. Anarquista a medias, liberal y no LIBERTARIO, exige usted el libre cambio para el algodón y otras naderías y preconiza sistemas de protección del hombre contra la mujer en la circulación de las pasiones humanas; clama contra las altos barones del capital y quiere reedificar la alta baronía del hombre sobre el vasallo mujer; filósofo con anteojos, ve al hombre por el cristal de aumento y a la mujer por el reductor; pensador afectado de miopía, no sabe distinguir más que lo que deja tuerto en el presente o en el pasado, y no puede descubrir nada de lo que está arriba o a distancia, la perspectiva del devenir: ¡Es usted un inválido!

La mujer, sépalo, es el móvil del hombre como el hombre es el móvil de la mujer. No es una idea en vuestro deforme seso como en los sesos de otros hombres que no hubieran sido fecundados por mujer; ninguna acción de su brazo o de su inteligencia hubiera deseado hacerla si no fuera por la mujer, tanto las que le agradan, como las que menos, incluso sus insultos. Todo lo que el hombre hizo bello, todo lo que el hombre produjo de grande, todo las obras maestras del arte y de la industria, los descubrimientos de la ciencia, la titánica escala del hombre hacia lo desconocido, todas las conquistas como todas las aspiraciones del genio masculino son debidas a la mujer que se las impuso, a el caballero, como reina del torneo, a cambio de un pedazo de su favor o de una sonrisa dulce. Todo el heroísmo masculino, todo su valor físico y moral le viene de este amor. Sin la mujer, todavía arrastraría su vientre por el suelo a cuatro patas, todavía pacería la hierba o las raíces; sería igual en inteligencia al buey, al bruto; es algo superior sólo porque la mujer le dijo: ¡Sea!, ¡Es la voluntad de ella la que lo creo a él, lo que él es hoy es el resultado de intentar satisfacer las sublimes exigencias del alma femenina que intentó cumplir las más sublimes cosas!

He aquí lo que la mujer le hizo al hombre; veamos ahora lo que el hombre le hizo a la mujer.

¡Qué desgracia! Para gustarle a su dueño y señor, no necesitó un gran gasto de fuerza intelectual y moral. Tener un gesto agradable en sus muecas y monerías; ceñirse o perforarse los abalorios de las jugueterías en el cuello y las orejas; vestirse con trapos ridículos, y hacerse unas caderas de madre Gigogne o de Venus hotentote con la ayuda de la crinolina o del mimbre; saber utilizar un abanico o manejar la espumadera; aporrear el piano o poner a hervir la marmita; esto era todo lo que su sultán pedía de ella, todo lo que le hacía falta para poner el alma masculina en júbilo, el alfa y el oméga de los deseos y de las aspiraciones del hombre. Este es el hecho, la mujer había “conquistado el pañuelo”.

La que, encontrando vergonzoso un papel desigual y éxitos desiguales, quiso dar prueba de buen gusto y de gracia, juntar el mérito a la belleza, testimoniar su corazón y su inteligencia, ésa misma fue despiadadamente lapidada por la multitud de Proudhons pasados y presentes, perseguida por el nombre de “literata” (marisabidilla) o de algún otro sarcasmo imbécil, y forzada por la fuerza a replegarse. Para esta muchedumbre de hombres sin corazón y sin inteligencia, había pecado por demasiado corazón y demasiada inteligencia: la sepultaron bajo una piedra; y muy raramente pudo encontrar al hombre-tipo que, cogiéndola de la mano, le dijera: Mujeres levántense, ustedes son dignas de amor y dignas de Libertad.

No, lo que le hace falta al hombre, es decir al que usurpa este nombre, no es la mujer en toda su belleza física y moral, la mujer con sus formas elegantes y artísticas, con la aureola en la frente de la gracia y el amor, con un corazón activo y tierno, dotada de un pensamiento entusiasta, con un alma enamorada del poético y humanitario ideal; no, a este bobo curioso, corredor de ferias, lo que hace falta es una figura de cera iluminada y empenachada; ¡A este gastrónomo de bestialidad, extasiado delante de las tablas del carnicero, lo que hace falta, le digo, es un cuarto de ternera adornada con guipures! ¡Si fuera verdad que, harta del hombre al que encontraba tan cretino, hastiada del qué buscaba en vano su órgano del sentimiento, la mujer -es la historia la que lo dice, quiero creer que es una fábula, un cuento, la Biblia- la mujer ¡Oh! Vélense, castos ojos y castos pensamientos- La mujer habría pasado del bípedo al cuadrúpedo...

Un asno para un asno, era natural, después de todo, que se dejara seducir por la bestia de calibre más grueso. Luego por fin, como la naturaleza la había dotado de facultades morales demasiado robustas para ser aniquiladas por el ayuno, dio la espalda a la Humanidad y fue a los templos de la superstición, a las aberraciones religiosas del espíritu y del corazón, para poder alimentar las aspiraciones pasionales de su alma. ¡A falta del hombre soñado por ella, le dio sus sentimientos de amor a un dios imaginario, y, para las sensaciones, el sacerdote reemplazó el asno!

¡Ah! Si en este mundo hay tantas criaturas hembras abyectas y tan pocos hombres y mujeres ¿a qué recurrir? Dandin-Proudhon, ¿de qué os quejáis? Vosotros lo habéis querido...

Y no obstante, está usted provisto, lo reconozco, de formidables ataques al servicio de la Revolución. Ha llegado hasta la médula del tronco secular de la propiedad, y ha hecho volar lejos los resplandores, ha despojado de su corteza el objeto y lo ha expuesto en su desnudez a la mirada de los proletarios; ha hecho resquebrajarse y caer a su paso, del mismo modo que las ramas secas o las hojas, los impotentes rebrotes autoritarios, las teorías renovadas de los Griegos del socialismo constitucional, incluida la vuestra; ha arrastrado con usted, en la carrera de fondo a través de las sinuosidades del futuro, toda la jauría de los apetitos físicos y morales. Ha hecho camino. Se lo ha hecho hacer a otros. Está cansado y querría descansar; pero las voces de la lógica están ahí y le obligan a seguir con sus deducciones revolucionarias, a seguir hacia adelante, bajo el riesgo de, si desdeña el anuncio fatal, sentir las zancadillas de los que pueden destrozarle.

Sea pues, franca y enteramente anarquista, y no un cuarto, un octavo o un dieciseisavo de anarquista, del mismo modo que se es un cuarto, un octavo o un dieciseisavo de agente de cambio y bolsa. Empuje hasta la abolición del contrato, la abolición no sólo de la espada y del capital, sino de la propiedad y de la autoridad bajo toda forma. Llegue de allí a la comunidad anárquica, es decir el estado social donde cada uno será libre de producir y de consumir a voluntad y todo cuanto imagine, sin tener que ejercer o sufrir ningún tipo de control, cualquiera que sea y sobre quién sea; donde el equilibrio entre la producción y el consumo se establecería de forma natural, no por la detentación preventiva y arbitraria en las manos de unos u otros, sino por la circulación libre correspondiendo a las energías y necesidades de cada uno. A los flujos humanos no se les puede poner diques; deje pasar las mareas libres: ¿O acaso estas no vuelven por sí solas cada día a su nivel?, ¿Necesito, por ejemplo, apropiarme del sol, de la atmósfera, del río, del bosque, de todas las casas y de todas las calles de la ciudad?, ¿Acaso tengo derecho a convertirme en poseedor exclusivo, en propietario, y privar de tales cosas a los demás, cuando todas representan el mismo provecho para nuestras necesidades?, ¿Si no tengo este derecho, de donde saco mi razón para robar, por medio del sistema de los contratos, cómo puedo medir lo que le corresponde a cada uno -según sus accidentales fuerzas de producción- y lo que debe devolver de todas esas cosas?, ¿Cuántos rayos solares deberá consumir, cuántos cubos de agua o de aire, o cuántas fanegadas de paseo por el bosque?, ¿Cuál será el número de casas o la porción de una casa que tendrá derecho a ocupar; el número de calles o de pavimento dónde le estará permitido poner sus pies y el número de calles o de pavimento de donde tendrá prohibido marcharse?, ¿Acaso, con o sin contrato, consumiré más estas cosas de las que me pida mi naturaleza o de las que soporte mi temperamento?, ¿Acaso puedo absorber individualmente todos los rayos del sol, todo el aire de la atmósfera, todo el agua de los ríos?, ¿Acaso puedo invadir y atestar de mi persona todas las sombras del bosque, todas las calles de la ciudad y todo el pavimento de la calle, todas las casas de la ciudad y todas las habitaciones de una casa?, ¿Y esto no es cierto también para todas las cosas que son de consumo humano, sea un producto bruto crudo, como el aire o el sol, o un producto elaborado, como una calle o una casa?, ¿Para qué entonces un contrato que no puede añadir nada a mi libertad, y que no obstante puede atentar contra ella, y que muy ciertamente atentará contra ella?

¿Y ahora, en cuanto a la producción, acaso el principio activo que yo poseo se desarrollará más cuanto más se me oprima, cuantas más trabas se me impongan? Sería absurdo presentar y defender una tesis igual. El hombre llamado libre, en las sociedades actuales, el proletario, producirá mejor y mucho más que el hombre llamado negro, el esclavo. Y si fueran realmente y universalmente libres: la producción se centuplicaría. -¿y las personas perezosas, dirá usted? Las personas perezosas son un incidente de nuestras sociedades anormales, es decir que otorgándosele a la ociosidad todos los honores y el trabajo todo el desprecio no es sorprendente que los hombres se cansen de un trabajo que sólo les trae frutos amargos. Más en un sistema de comunidad-anárquica y tal y como las ciencias se han desarrollado en nuestros días, no podría existir en tales circunstancias nadie semejante. Habría por supuesto, como hoy, unos seres más lentos en la producción que otros, pero a su vez, más lentos en consumir, y por otro lado también habría seres más vivos que otros en producir, y por consiguiente, más vivos en consumir: la ecuación existe naturalmente. ¿Le hace falta una prueba? Tome al azar a cien trabajadores de entre los proletarios, y usted verá que los que más consumen son también los que más producen. -¿cómo figurarse que el ser-humano, cuyo organismo está constituido por tantos instrumentos preciosos y de cuyo empleo obtiene una multitud tan grande de goces, el instrumento del brazo, el instrumento del corazón, el instrumento de la inteligencia, cómo figurarse que voluntariamente los dejaría roer por la herrumbre? ¡Helo aquí! En el estado de naturaleza libre y dotado de todas las maravillas industriales y científicas, en el estado de exuberancia anárquica donde todo recordaría al movimiento y todo el movimiento a la vida. ¡He aquí! ¿El ser-humano sabría buscar la felicidad sólo en una inmovilidad imbécil? ¡Vayamos pues! Solo lo contrario es posible.

En el terreno de la verdadera anarquía, de la libertad absoluta, existiría sin contradicción la diversidad entre los seres, habría personas en la sociedad de distinta edad, sexo o aptitudes: la igualdad no es la uniformidad. Y esta diversidad de todos los seres y de todos los instantes es justamente lo que hace imposible cualquier gobierno, cualquier constitución o contracción. ¿Cómo comprometerse por un año, por un día, o por una hora, cuando en una hora, un día o un año se puede pensar de forma totalmente diferente al momento en que uno se ha comprometido? Con la anarquía radical habría mujeres, como habría hombres, de mayor o menor valor relativo; habría niños como habría ancianos; pero todos indistintamente serían seres humanos y serían igual y absolutamente libres de moverse en el círculo natural de sus atracciones, libres de consumir y producir como les conviniera sin que ninguna autoridad paternal, marital o gubernamental, sin que ninguna reglamentación legal o restrictiva pudiera alcanzarles.

En una sociedad así comprendida -y debe usted comprenderla de este modo si alardea de ser anarquista- ¿qué tiene que decir sobre la inferioridad sexual de la mujer o del hombre entre los seres humanos?

Escuche, maestro Proudhon, no hable de la mujer o, antes de hablar, estúdiela; vaya a la escuela. No se considere anarquista, o séalo hasta el final. Háblenos, si quiere, de lo conocido y lo desconocido, de Dios que es el mal, de la Propiedad que es el robo. Pero cuando hable del hombre, no haga de él una divinidad autocrática, porque yo le responderé: ¡el hombre es el mal! No le atribuya un capital de inteligencia que no le pertenece por derecho de conquista, por el comercio del amor, riqueza usurera que le viene por entero de la mujer, que es el producto de su dueño; no lo engalane con los despojos de otro, porque entonces yo le responderé: ¡La propiedad es un robo!
Alce la voz, al contrario, contra esta explotación de la mujer por el hombre. Dígale al mundo, con ese vigor argumentativo que le hizo un agitador atlético, que el hombre podrá desatascar la Revolución, arrancarla de su fangoso y sangriento carril, sólo con la ayuda de la mujer; que él sólo es impotente; que le hace falta el muro de carga que sustenta el corazón y la inteligencia de la mujer; que sobre el camino del Progreso social ambos deben marchar a la par, codo a codo y cogidos de la mano; que el hombre no sabría alcanzar la meta, vencido por el cansancio del viaje, si no tuviera para sostenerlo y fortificarlo las miradas y las caricias de la mujer. Diga al hombre y diga a la mujer que sus destinos son acercarse y comprenderse mejor; que tienen un solo y único nombre como son un solo y único ser, el ser-humano; es lo que son, que se vuelvan el uno hacia el otro, que unan su brazo derecho y su brazo izquierdo, y que, la identidad humana, sepa formar de sus corazones un sólo corazón y de sus pensamientos un solo pensamiento. Todavía dígales, que solo con esta condición podrán irradiarse luz el uno al otro, perforar, en su marcha fosforescente, las sombras que separan el obsequio del futuro, la sociedad civilizada por la sociedad armónica. Dígales por fin, que el ser-humano -en sus proporciones y manifestaciones relativas, el ser-humano es como la luciérnaga: ¡Brilla sólo por el amor y para el amor!

Sea más fuerte que sus debilidades, más generoso que sus mezquindades; proclame la libertad, la igualdad, la fraternidad, la indivisibildad del ser humano. Diga eso: es por salud pública. Declare a la humanidad en peligro; convoque en masa al hombre y a la mujer para que rechacen fuera de las fronteras sociales los prejuicios invasores, proponga uno, dos y tres de septiembre contra esa alta nobleza masculina, esa aristocracia del sexo que querría llevarnos al Antiguo Régimen. Diga eso: ¡Es necesario! Dígalo con pasión, con genio, fúndalo en bronce, hágalo retumbar... y habrá logrado mérito para los demás y para usted.



Nueva Orleans, Mayo de 1857